"He odiado muchos trabajos que hice"

| Tras una larga carrera artística, Renán tiene sus reproches así como buenos y malos recuerdos

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Magdalena Herrera

Sergio Renán está de vuelta en los escenarios. Luego de una pausa de 13 años, el actor regresó al teatro en la piel de George Bernard Shaw. Junto a su colega Norma Aleandro debutó hace seis meses en el Maipo de Buenos Aires, y hoy y mañana ambos se presentan con la obra Mi querido mentiroso en Montevideo, en el Stella.

El retorno del actor no fue fácil. Estuvo cargado de inseguridades, tanto que le hizo recordar la ansiedad que sintió cuando debutó como director teatral con Las criadas en 1970, o como cuando hizo en 1974 su primera incursión como realizador en La Tregua (primer film argentino que fuera candidato al Oscar). "Sentí inseguridad pero no lo viví como algo necesariamente malo, sino como un estímulo. Mi relación con el actor siempre fue bastante especial. Interrumpí esa carrera en un momento en que yo sentía que estaba por producir saltos favorables. Se trata de una fantasía, imposible de comprobar", señala Renán.

—¿La inseguridad no se la dieron los años lejos del teatro sino su propia valoración?

—Tengo una relación de gran exigencia con mi trabajo, incluido el de actor. Si me preguntás que me gusta de lo que he hecho, las respuestas serían breves. Encuentro momentos que me gustan en películas como Castigo al traidor (1966), Los siete locos (1973) o El poder de las tinieblas (1979). En cambio, en otros me detesto. No he visto films por tener la certeza absoluta que me iba a odiar. (Renán participó en 28 películas como actor y 8 como director y guionista).

—¿En teatro le sucede lo mismo?

—No hay testimonio de las imágenes así que me gusta pensar que estuve bien en La vuelta al hogar y La fiesta de cumpleaños de Pinter. En cuanto a las últimas cosas que he hecho, me importó más la dirección y la concepción general del espectáculo que el lucimiento personal como en el caso de Drácula, Lejos del silencio y M. Butterfly.

—¿Por que buscó a Aleandro para su retorno al teatro?

—Porque es la gran actriz argentina. Compartir el escenario con un gran actor o actriz en una obra de dos personajes se convierte en algo esencial.

—¿Se arrepiente de haber dejado al actor por tanto tiempo?

—No podría decir que me arrepiento. Igual, no dejo de pensar en eso con cierta melancolía. Quisiera tener trabajos que me gustaran más, que quizás lo hubiera conseguido.

—¿Qué queda del director de "La Tregua"?

—Lo esencial está, así como los métodos de trabajo. Pero el hombre que filmó La Tregua es menos bueno ahora, que entonces. No lo particularizo solo en mi, sino en todos aquellos que vivimos las instancias históricas que nos tocaron. Es muy difícil no salir peor. De todos modos, mi mirada hacia el hombre sigue siendo piadosa y a pesar de todo hasta con cierta simpatía.

—¿Cómo se trasmitió esa mirada más y menos benévola en el transcurso de sus films?

—Por ejemplo, mis dos primeras películas, La tregua y Crecer de golpe, no tienen villanos. Los mayores reparos que se le puede encontrar a algún personaje son la puerilidad, la fanfarronería o la vanidad. Después aparecieron los films con villanos, aunque siempre me cuidé de no caer en el maniqueísmo que se ve en cine. Para los héroes selecciono cuidadosamente conductas deplorables y para los villanos, conductas loables.

—Su debut como director teatral en "Las críadas" estuvo marcado por el éxito. ¿Cómo influyó en su trabajo posterior?

—Además de mi debut como director, Las críadas constituyó la formación de un grupo de trabajo que tenía ideales y un proyecto de continuidad en la vida. Permanentemente, yo alertaba a los actores (Bidart, Alterio, Brandoni, Picchio, Dumont, entre otros) contra la presión del éxito. Sin embargo también he cedido al éxito. Y me torturo pensando en eso. Me hubiera gustado que mi carrera fuera sin concesiones.

—¿Tiene recuerdos agradables o desagradables de su paso por el Teatro Colón?

—Predominantemente agradables en mi primera etapa de siete años y medio, y desagradables en la segunda etapa de año y medio. Los agradables están relacionados con lo que creo que fueron grandes temporadas artísticas. Al asumir el Colón sabía que no era un lecho de rosas, pero fue más complejo de lo que creí. Tanto el gobierno de la ciudad de Buenos Aires como el sector gremial se encargan de que el director pase una vida muy dura. Pero en la primera etapa pude hacer algunas temporadas y hechos artísticos de las cuales estoy francamente orgulloso. En la segunda etapa se presentaron cosas muy buenas también. Yo mismo hice Lady Macbeth, que fue de lo más complejo que dirigí nunca, en donde se alternaba la ortodoxia operística, el teatro de prosa, el cine y la televisión. Lamentablemente, la degradación de la vida argentina no hizo su excepción en la cultura y en el Teatro Colón. Mejor fue mi tránsito por Cancillería y por el Fondo para las Artes.

—¿Cuándo se lo verá dirigiendo una nueva película?

—Espero que pronto. Mi último film, La soledad era esto, es español y se estrena en Buenos Aires el mes que viene. Es una película de la que estoy bastante contento y la definiría como linda. Se parece bastante a lo que quise hacer. Por otra parte, estoy muy entusiasmado con una próxima (ya terminé el guión junto a dos excelentes y jóvenes escritores) que está basada en un viejo cuento de Juan José Saez, El taximetrista. Siento un entusiasmo que no recuerdo haber tenido en ninguno de mis proyectos anteriores. Esta historia, que creo se llamará Tres de corazones, puede ser una muy buena película.

—¿Le interesa el cine argentino que surgió en los últimos años de la mano de nuevos directores?

—Mucho, a tal punto que tengo discusiones con colegas de mi generación. Ellos dicen algo esencialmente cierto: que es un cine cuyos personajes, ámbitos sociales e historias satisfacen una demanda previa que viene de Europa o de Estados Unidos. Se cumple con todos los requisitos de lo que se quiere ver como película latinoamericana. Pero, yo creo que además de eso, son buenas. Existe un compromiso muy notorio con respecto a las historias que se cuentan de parte de realizadores como Trapero, Caetano o Martel, entre otros. Es una generación muy talentosa y superior a la del 60, de la que tanto se habla.

Las cartas de dos amantes

Esta noche y mañana, Sergio Renán y Norma Aleandro presentan Mi querido mentiroso en el Teatro Stella, en el marco de una gira que vienen realizando por Argentina y que luego culminará con una temporada de dos meses en España. La obra del dramaturgo Jerome Kilty se basa en el centenar de cartas que intercambiaran George Bernard Shaw y su amante, la actriz inglesa Stella Campbell.

—¿Qué aporta esta versión a los uruguayos con diferencia a otras también realizadas por grandes actores?

—No he visto las versiones que se realizaron en Uruguay, por lo que no puedo comparar. De todas maneras, nuestra propuesta tiene matices diferentes desde el momento que no se leen las cartas que se enviaron Bernard Shaw y Stella Campbell. Con Norma estábamos de acuerdo en dramatizar todo lo dramatizable, y de esa manera generar un hecho esencialmente teatral. La desaparición de la lectura le aporta acción, vitalidad y también diversión al espectáculo. Creo también que la diferencia puede estar en las distintas personalidades de los actores que han interpretado Mi querido mentiroso. Si fuera director y buscara actores para interpretar a Bernard Shaw y a Campbell, intentaría encontrar actores de personalidad.

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