No es un partido más el de hoy en el Centenario. Para Peñarol, porque debe ganar sí o sí, con tal de llegar al clásico con posibilidades —de todo tipo: anímicas y matemáticas— de pelear por el campeonato. Y para este Fénix de Alzamendi, que en la nueva era está invicto con dos partidos ganados y dos empatados, hay —como ya se percibió ante algunos reclamos de su hinchada en los partidos pasados— algo así como una cuestión de competencia, que lleva a que el equipo tenga la íntima necesidad de marcar, en puntos y estilo, un perfil distintivo de la era "pos Carrasco".
La importancia, incluso, se nota en el hecho de que tanto Aguirre como el "Hormiga" introducen variantes. Que no son cualquier cambio. Es más, parecen estar emparentadas entre ambas: sabedor de que enfrenta al segundo equipo más goleador, Peñarol vuelve a juntar a Cesaro y Rotundo para recontrareforzar el mediocampo. Y para equilibrar esa zona de la cancha, Fénix corre a Carballo desde el fondo a la función de volante de marca, incluyendo a Souza y sacando a Cámpora, para jugar con dos, en vez de tres atacantes.
En una palabra: el Hornos hoy no está para bollos. Sobre todo para Peñarol, que enfrenta a un rival en el que juega el goleador del campeonato, y en el intento de cerrar la guardia hace una movida de ajedrez, que inevitablemente arrastra a su adversario.
Por Jorge Savia