Con este equipaje de palabras resonando en mi recuerdo, llegué por primera vez a Marrakech, a conocer los paisajes del deseo, de las fantansías cambiantes.
"Pídeme lo que quieras" parece susurrar la ciudad, mientras como un tajine —uno de los platos marroquíes más populares— en un mundo aparte, en el zoco —o suq— un microcosmos de callejuelas con todo lo necesario para sobrevivir en él sin tener que abandonarlo.
Viajar hacia la luz, hacia el sur, hacia los demás, con el cuerpo y el alma libres, hacia el desierto. Y escribir —escribir como viajar, es una sabia manera de conocerse a sí mismo reconociéndose en los otros—, la propia experiencia del viaje. Así, el viaje se transforma plenamente en lo que es una metáfora de la vida una búsqueda, una forma de conocimiento, una visión, un libro, donde todo es posible, efímero y eterno, personal y transferible. Marrakech son dos ciudades unidas por una plaza: Djemaa el Fna. La ciudad vieja —la medina— se extiende hacia el cementerio, al lado del cual está la antigua puerta de la ciudad. El palmeral va más allá de la puerta y rodeada por la kasba rojiza, las casas de los artesanos, contadores de historias, aguadores, bailarines y encantadores de serpientes emergen de la tierra. A pie o en calesa podemos adentrarnos en este mundo donde los fardos de hierbabuena aguardan sobre el suelo, junto con los pollos apilados sobre una carretilla y las mujeres caminan con el cántaro sobre la cabeza hasta la fuente del barrio donde buscan del agua necesaria para cocinar, lavar y otras faenas. Llegar hasta la Plaza de Djemaa el Fna es fácil, solo hay que guiarse por la Kutubia para tomar la dirección adecuada. A pie se llega tras media hora de trayecto desde Mohamed V, en calesa de caballos el paseo es mucho más breve, pero más intenso, especialmente tras un té en la terraza del hotel, con el aroma de los buenos tés, gracias a la resistencia y a la menta. Aún conservo el sabor aterciopelado de aquel té. ¡Gracias!.
La ciudad moderna posee discotecas, pizzerías, hamburgueserías... pero el aire del Diamante Negro es diferente; las luces son las mismas y la música sin demasiadas variantes podría ser semejante, pero aquí está prohibida la invasión de la pista de baile con los vasos. El cuerpo entero se estremece al compás de la música y con pasos cortos las caderas juguetean buscando la complicidad.
El día comienza con visitas a lugares que guardan la otra cara de la historia. El Palacio de El Badii construido por Ahmed El Mansour nos habla de épocas donde se realizan trueques y así por un kilo de azúcar obtenían uno de mármol. Fuentes, columnas, suelos de mármol, techos de madera tallada, estuco y azulejos en las paredes. Paseando por las estancias de las cuatro esposas, con sus jardines interiores en cuyo centro duerme la fuente, mi mano derecha cubierta con gena recibió un regalo: flores de jazmín. Desde la Menara esta vez sólo se distingue la base del Atlas, las nubes cubren las cimas nevadas. El olivar al igual que el palmeral son tan frondosos, que resulta difícil imaginarlos de otra manera. Y en las pequeñas salas desde las que se alimentan las acequias, las mujeres siguen con sus ofrendas: sostenes, gena, flores,... en busca de fertilidad.
La música tiene la cualidad de transportarnos a través del tiempo. Es agradable el reencuentro con personas que te han mostrado un repliegue de la realidad, donde el comercio es una filosofía que transciende los valores monetarios para alcanzar la comunicación intercultural. Nuevos comerciantes aparecen en este viaje donde sé muy bien lo que deseo. La lámpara que voy a comprar es el fruto de un mes de trabajo y lleva la firma del artesano. Vueltas y revueltas entre los puestos del zoco buscando ese lámpara imaginaria. Cuatro veces el chico va y viene con distintas lámparas hasta que trae lo que busco. Mezquitas donde rezar y relajarse, cafetines y puestos de comida, tiendas y talleres de artesanos, forman un conglomerado donde las relaciones personales y comerciales se manifiestan de forma genuinamente árabe. Paseando por sus calles apreciaremos que los zocos se estructuran por oficios que toman el nombre del artículo que confeccionan. Así encontramos el de los herreros, reconocible a la distancia por el ruido del martillo; el de los tintoreros con sus calderas gigantes y las telas secándose al sol; el de los curtidores, con su olor nauseabundo; el de los carpinteros con su aroma a cedro y limonero...
De vuelta en Djemaa el Fna, porque todas las callejuelas del zoco desembocan en la plaza, por primera vez la rugosidad de la serpiente de cascabel llega a nuestro cerebro a través de la piel. El puesto número cincuenta y dos nos sirve jugo de naranjas recién exprimidas y levantamos nuestros vasos para brindar. En el carro veinticinco cenamos sentados en un banco corrido: harira (sopa espesa); unos pinchos (carne o cordero asados al carbón); kefta (hechas con carne picada), ensalada y un té exquisito. Hasta el humo de la plancha nos envuelve en un aire misterioso, mágico, con ayuda de la música alegre, los bailes, las predicciones de la echadora de cartas que me pronostica la existencia de dos amores en mi vida, juntos, con la llegada de uno de ellos en camello, y me define como una mujer con mucho coraje.
"Hay mucho que ver". Desde luego aquí las miradas hablan y el cuerpo prosigue el discurso de los ojos. Los hombres jóvenes con los que te cruzas te miran y se vuelven diez metros más allá esperando un nuevo contacto visual, una sonrisa. En cambio los hombres mayores sentados sobre los cartones de huevos, frente a una de las muchas fuentes de azulejos que hay en la medina juegan a las damas con piedras planas que al voltearlas cambian de color y este distintivo que les otorga el privilegio de sobrevolar de un extremo al otro del tablero en un movimiento. Concentrados en el juego viven la partida como si fuese lo primero, lo único que existe. La verdadera ingenuidad está en creer que los arquetipos pueden modificarlos una estancia en otra realidad cultural. Marrakech merece ser paseada mil veces. Y especialmente al crepúsculo y disfrutar del tiempo eterno, todos los tiempos, porque allí el tiempo no pasa sino que rueda lentamente, da vueltas y regala ensueños, y se queda, como una noria extrae el agua del subsuelo, riega la tierra y da frutos. El reloj de arena de los otros ha dejado caer sus últimos granos de arena y ya están dándole la vuelta para medir el tiempo de volver al trabajo, al mundo cotidiano. Ya no tengo reloj de arena.Estoy nuevamente en Montevideo.
INFO UTIL
- Las especulaciones sobre cual es la fórmula mágica para obtener un precio razonable en una compra con regateo es un gran tema de conversación. Por muchas vueltas que le demos nunca encontraremos la ecuación que nos permita saber que el beneficio obtenido por el vendedor no es exagerado. No la hallaremos porque no existe. El precio de un artículo puede variar desorbitadamente en cuestión de minutos.
- Árabes y bereberes en su mayor parte, pero también judíos y cristianos, han vertido en los fogones marroquíes los ingredientes y técnicas necesarias para crear platos de marcada tradición mediterránea.
- La cocina es muy gustosa, los guisos se elaboran con aceite de oliva, ingrediente que aporta sabores muy familiares para nosotros, las especias añaden el toque oriental.
- La riqueza natural y la diversidad de hábitats convierten a Marruecos en un país idóneo para el amante de la naturaleza en sus más variadas facetas.
- Cumbres nevadas, desiertos y oasis, bosques frondosos, dehesas y campos, llanuras inalcanzables, costas vírgenes, altiplanos y valles acogen a numerosas especies animales y vegetales, entre los que destacan notables endemismos y rarezas.
- El derecho malikí no permite la entrada de los no musulmanes a las mezquitas. Esto puede chocar a aquellos que hayan viajado a Turquía, Egipto o a otros países del islam, donde existen otras normas jurídicas y nunca han tenido problemas.
- En el Magreb las antiguas guerras contra los cristianos, seguida de la virtual ausencia de los mismos, hicieron olvidar estas medidas. Paradójicamente, su aplicación procede del régimen colonial francés, interesado en dejar a los magrebíes un espacio donde sentirse a sus anchas.
ALICIA MENDRZYCKI
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