ES necesario insistir, ante la reiteración de la adhesión frentista a la horrenda tiranía de Fidel Castro en momentos en que ésta genera la reprobación de la propia izquierda internacional, en el verdadero significado que reviste esa solidaridad con el vitalicio dictador comunista, mantenida contra viento y marea desde 1959.
Frente a ese hecho, cabe lógicamente preguntar: ¿por qué hay tantos compatriotas que no advierten que si el F. A. llegara al poder correría serio riesgo la convivencia democrática en el país? ¿Por qué se piensa que quienes aplauden invariablemente a un déspota marxista leninista, lo que conduce lógicamente a pensar que profesan esa ideología totalitaria, se comportarían democráticamente en las alturas del gobierno? ¿Por qué se cree que quienes en el pasado quisieron asaltar el poder por la violencia, quienes siempre encuentran pretextos para defender el terrorismo criminal de la ETA, van a ejercer la tolerancia y el respeto por las ideas y los derechos ajenos si llegan a tener la sartén por el mango?
ESAS creencias falsas, ingenuas, divorciadas de la realidad pero que, lamentablemente, anidan en la mente de muchísimos uruguayos distraídos, nos mueven a reproducir, una vez más, los lúcidos conceptos que el Dr. Washington Beltrán estampara en su histórico editorial del 21 de noviembre de 1999, en vísperas del balotaje.
Escribió entonces nuestro inolvidable ex Director que esa crucial instancia electoral constituía "un verdadero plebiscito sobre nuestro destino como país, sobre cuál queremos que sea el estilo de vida, los principios de convivencia que rijan en esta bendita tierra en el siglo que se iniciará".
"La disputa —añadió— no es alrededor de un nombre, la controversia a definir es sobre el ámbito en el que queremos vivir, en el que queremos, sobre todo, que vivan nuestros hijos, nuestros nietos, las generaciones venideras, si en ámbitos de libertad, de tolerancia, de respeto a la dignidad humana, o en ámbitos donde impere el miedo, rija implacable el fanatismo y el ser humano quede reducido a la condición de triste guiñapo".
TAN formidable advertencia no era el fruto de una prevención exagerada ni de una invención de peligros inexistentes. Desde la hermosa montaña de sus años y a la luz de múltiples antecedentes más que preocupantes, nacionales e internacionales, recientes y distantes, pudo el Dr. Beltrán, además de señalarnos el camino, iluminarlo con la cita de hechos más que preocupantes. Penosos los más, lamentables todos. Recordó, por ejemplo, el bloqueo de la Ciudad Vieja por el sindicato omnibusero, el desacato multitudinario a una sentencia judicial en el Filtro —nada más ni nada menos que para impedir la extradición de unos cuantos etarras—, 40.000 firmas falsas presentadas por los frentistas en uno de los tantos referéndum, así como los excesos, demasías y actos de violencia patoteril consumados en la elección nacional del 31 de octubre anterior, sin excluir tres agresiones a la viuda de Wilson Ferreira Aldunate.
A ese rosario de tropelías cabía agregar el calvario vivido por el extinto Dr. Batalla y su familia, en su barrio de La Teja, cuando en 1995 accedió a la vicepresidencia de la República. A tal grado llegó el hostigamiento de que fue objeto, que lo determinaron a exiliarse dentro de su ciudad. O sea, a mudarse a otra zona montevideana.
TRANSCURRIERON, desde entonces, tres años y medio. Y, por supuesto, las manifestaciones de intolerancia, de prepotencia sindical protagonizada siempre por militantes frentistas, de agresión a los derechos ajenos, prosiguieron.
¿O hemos olvidado los inadmisibles escraches, practicados so pretexto —según consigna que lucen muchos muros capitalinos— de que "Si no hay justicia hay escrache". Vale decir, que si la justicia penal no hace lo que nosotros queremos, ya que no procesa a ciertas personas, venimos en patota los extremistas, los violentos, y los condenamos sin forma de proceso y en la vía pública, mediante el escrache. ¿O hemos olvidado, asimismo, las concentraciones hostiles frente a juzgados cuyos titulares no estaban dispuestos a someterse a la presión sindical? ¿Y qué decir del vergonzoso episodio en que se impidió a una Juez de Paz celebrar una audiencia porque en ella iba a comparecer el coronel Gavazzo?
Y podemos seguir con las ocupaciones de liceos, el saqueo de comercios durante el feriado bancario, los insultos al presidente Batlle y al Dr. Sanguinetti, la descalificación de éste para integrar un jurado literario por intelectuales tan izquierdistas como intolerantes, y la violencia verbal y soez practicada despiadadamente contra el intendente Arana, el señor De los Campos y demás jerarcas comunales, durante la huelga municipal de octubre pasado.
Trátase, se nos responderá miopemente, de fuerzas y expresiones minoritarias. No piensa ni actúa así, se añadirá, la mayoría de la dirigencia frentista. Pero no será ella la que marcará el rumbo y el ritmo de los acontecimientos, si el conglomerado procastrista llegara al poder. La Historia enseña que toda vez que una corriente transformadora se enseñoreó del gobierno, fueron las minorías extremistas las que pautaron la hondura de los cambios e impusieron sus procedimientos radicales y violentos. Así ocurrió en la Revolución Francesa como en la comunista de 1917, donde los minoritarios bolcheviques rusos coparon el gobierno y se impusieron a los mencheviques socialdemócratas. Lo propio sucedió en España, antes de la guerra civil y durante su transcurso: comunistas y anarquistas desbordaron a los gobernantes socialistas. Y también los extremistas le pasaron por arriba a Allende, en Chile. ¿Será necesario recordar cómo concluyeron, en tiranías más o menos prolongadas y horrorosas, todas esas experiencias de gobiernos radicales e izquierdistas?
¿Es eso, ese espanto, esa anarquía, esa violencia, lo que muchos uruguayos quieren traer a nuestro país mediante su voto? ¿Cuándo van a reaccionar y salir de su tremendo error?