JOSE LUIS AGUIAR
Con frecuencia se piensa que una figura de fuerte personalidad irradia su energía de tal forma que su presencia se nota apenas entra en una estancia, aunque lo haga sigilosamente. Yo estaba en una silla en la antesala del despacho presidencial en la Casa Rosada, leyendo el diario "La Nación", cuando entró el Dr. Duhalde, pero no me percaté de ello hasta que se dirigió a mí. "¿El enviado de El País?", preguntó.
El fotógrafo argentino que me acompañaba, Rodrigo Néspolo, me había mencionado momentos antes un rasgo interesante que se advertía en Duhalde. "En los primeros meses de su presidencia, cuando debía enfrentarse a varios problemas nuevos todos los días, estaba tan tenso que tenía un rictus permanente en la boca, como si sonriera de lado", me comentó. "Desde las elecciones del 27 de abril ha cambiado: se ríe a carcajadas, está distendido... Las cosas han mejorado mucho en estos últimos meses".
Cuando el Dr. Duhalde entró en la antesala donde estábamos el fotógrafo y yo, y dos funcionarios de la Presidencia, lo primero que reparé fue en la comisura de sus labios. "Está tenso", pensé.
Penetró como una tromba en su despacho desplazándose con pasos cortos y rápidos, y volteando la cabeza para hablar.
"¿De Peñarol o de Nacional?", me disparó. "De Peñarol", respondí. "Pero mi hijo es de Nacional", agregué para evitar cualquier discusión. "¡Ah, la familia está dividida!", dijo. "Como el peronismo", pensé, pero no dije nada.
El Dr. Duhalde se sentó en el sillón presidencial ("no es el de Rivadavia, como cree todo el mundo", me explicó; "es el sillón del presidente Roca").
Observé entonces al mandatario con más atención. Es bajo, pero de aspecto vigoroso. El traje azul le da una apariencia robusta. La cabeza es llamativa: compacta y cuadrada (en algunos mundos, el cuadrado es una virtud). El cabello, que parece cepillado, le da un aire de español del norte. La mirada es recelosa.
Apareció un hombre del servicio y Duhalde preguntó: "¿Toma un cafecito?" Volví a responder que sí por enésima vez.
CAFE Y MATE. Yo había llegado al mediodía a la Casa Rosada con el fotógrafo de "La Nación" y tras franquear la entrada habíamos circulado por interminables escaleras, pasillos y salitas. En cada una de ellas, a medida que nos íbamos acercando al despacho presidencial, nos hacían esperar y nos ofrecían "un cafecito". Cuando venía el mozo, apenas tenía tiempo de llevarme el pocillo a los labios, porque aparecía un funcionario y nos conducía a otra sala, donde volvían a ofrecernos otro cafecito. Pero nunca llegaba a tomarlo porque el ritual se repetía y debíamos marcharnos dejando el café humeante en la mesa. Tres o cuatro tazas de café quedaron intactas en distintos despachos de la Casa Rosada, hasta que pude tomarme al fin un café con el Dr. Duhalde.
"A mí, tráigame el mate", le dijo al mozo. "Me encanta el mate; he estado tomando mate toda la mañana", comentó, ya distendido.
Le agradecí que hubiera recibido a "El País" a sólo dos semanas de abandonar la Casa Rosada, en un momento clave, sin duda el de mayor brillo de su corto y agitado mandato (un año y cinco meses).
—Ud. asumió la Presidencia en los días más terribles de la democracia argentina, Dr. Duhalde. El próximo domingo se realiza el balotaje. Dentro de dos semanas entregará la banda presidencial a su sucesor. ¿Se siente satisfecho de lo que ha realizado?
—Me voy con la conciencia de haber cumplido una etapa terriblemente difícil, de haber timoneado este barco que hoy está, por fin, en aguas tranquilas. Yo agarré en mis manos una bomba que estaba por estallar, un país en el que estaba en riesgo el sistema democrático. Se había producido el derrumbe de un modelo económico nefasto para Argentina, y de un sistema de convertibilidad que tuvo dos etapas: nos vino bien para resolver los problemas de fines de la década del 80, pero a mediados de los 90 ya mostraba aspectos profundamente negativos, como concentración de la riqueza y empobrecimiento cada día más acelerado de las capas medias de la sociedad. Gracias a Dios hemos ido saliendo a flote. Siempre digo que el nuestro era un país que estaba en terapia intensiva y desahuciado, y ahora es un país que está en terapia intermedia y ha empezado a caminar.
—¿Cuál es, a su juicio, el principal legado que dejará a su sucesor?
—La idea de un nuevo modelo económico. Totalmente distinto. Un modelo que algunos tildan de "neodesarrollista" y que pone el acento en la producción nacional. El modelo anterior se apoyaba en cambio en una economía financiera, usurera, en la que la parte del león de la riqueza que se producía no quedaba en el país. Por distintas vías, se iba al exterior. El presidente que surja de las urnas el domingo va a tener el caudal de votos más alto de la historia argentina, y a partir de ese impulso creo que podrá poner en marcha reformas que son imprescindibles para seguir avanzando en este modelo de producción y de trabajo.
—En el momento que asumió la presidencia había en Argentina un ambiente caótico: disturbios sociales, protestas callejeras, una ola de inseguridad temible, bancos cerrados y tapiados con vallas de metal; el país, como usted dijo alguna vez, estaba "fundido". Teniendo en cuenta los antecedentes de la historia, muchos observadores pensaban que los militares podían intervenir, que podía producirse un golpe de Estado. ¿Cómo fue su relación con las Fuerzas Armadas en esas circunstancias? ¿Llegó a temer la posibilidad de un golpe?
—No, no, para nada. Desde hace ya años los militares en Argentina están absolutamente subordinados al poder civil. No ha habido siquiera insinuaciones, a pesar de que las Fuerzas Armadas están con dificultades enormes de financiamiento, y hasta con dificultades operativas en virtud de un ajuste que se ha ido acentuando en los últimos años.
—¿Esta prueba por la que pasó Argentina a finales del 2001 y comienzos del 2002 significa la consolidación definitiva de la democracia en su país?
—Eso es nuestra aspiración.
—En el legado del futuro presidente hay un desafío inmediato: la negociación de un nuevo acuerdo con el Fondo Monetario. La Sra. Anne Krueger, subdirectora del FMI, con la que usted mantuvo discrepancias públicas al inicio de su mandato, ha manifestado hace poco su sorpresa por la recuperación argentina. ¿Qué le diría ahora?
—Ella no creía en el modelo que nosotros proponíamos. Insistía en aplicar una receta que tiene el Fondo —curiosamente la misma para todos los países—; fórmulas basadas en unos consensos muy viejos, de los años 80. Nosotros insistíamos que eran recetas absolutamente inadecuadas para países que están en recesión; los ajustes que proponían realmente empeoraban la situación. Esa fue nuestra discusión desde el primer momento. A los 15 días de haber asumido me pidieron que dejáramos 400.000 empleados públicos en la calle. ¡Era como echar nafta a un incendio! ¡Tremendo! Yo dije que la Argentina no podía hacer eso. Y así nos mantuvimos durante todo un año: discutiendo, pulseando, rechazando algunas cosas, aceptando algunas otras. Llegamos a un acuerdo provisorio, al final advirtieron que teníamos razón.
En el mes de marzo, o en abril (de 2002), yo decía que en julio íbamos a empezar a salir de la recesión. No me creyeron. La historia demostró que yo decía la verdad: llevamos tres trimestres de crecimiento continuo. Y el Fondo se ha sorprendido porque todas las metas que establecimos en el acuerdo se han cumplido con creces. Ellos vaticinaban una inflación de entre el 40 y el 45 por ciento para este año; nosotros la establecimos en 22 por ciento, aunque decíamos que iba a ser menor; y si sigue a este ritmo la inflación anual no va a llegar al 10 por ciento.
—Hablábamos de Anne Krueger. Sigamos hablando de mujeres. Parecen tener un peso formidable en la política argentina, sobre todo en el seno del peronismo. Uno lo advierte en su esposa, Hilda González, "Chiche"; en Cristina Fernández —la señora de Kirchner—, y en Cecilia Bolocco, la señora de Menem. ¿Cuánta influencia ejercen en realidad?
—En mí, mucha influencia. En otros, no sé. La verdad es que mi esposa ha trabajado tan bien durante tanto tiempo, en todo lo vinculado con el desarrollo humano y social, que se ha ganado un gran reconocimiento de la gente. Es la persona en la que más confío, una dirigente extraordinaria. Soy su primer admirador.
—¿Y qué me dice de Cristina Fernández?
—Cristina es una de las mujeres más luchadoras en la política argentina. Muy firme. Tiene mucho tesón, mucho carácter.
—¿Y Cecilia Bolocco?
—A Bolocco no la conozco.
—Usted irá a Montevideo el miércoles para dar una charla en la Asociación de Dirigentes de Marketing. ¿Qué le dirá a los uruguayos?
—No sé si lo voy a decir en esa reunión, pero sí se lo voy a decir a usted: Yo amo a Uruguay. Tengo sangre charrúa. De Durazno vienen los Duhalde; de Fray Bentos, los Goroztegui. Mi familia paterna tiene las raíces en Uruguay. Yo creo que somos, uruguayos y argentinos, una gran nación. De todos los hermanos latinoamericanos, hay dos Hermanos con mayúscula que somos nosotros. Yo tengo un gran cariño y admiración por su pueblo. A tanto llega mi admiración que siempre digo que los mejores argentinos están en Entre Ríos, porque se parecen mucho a los uruguayos.
—De su relación con el presidente Batlle, supongo que no guarda resentimientos.
—No, no (hace un gesto con la mano, como si espantara una mosca). Lo que ha pasado no tiene ninguna importancia. Nuestra hermandad supera cualquier entredicho, cualquier malentendido.
—¿Diría que es un presidente que hace apuestas equivocadas?
—El presidente Batlle es un hombre muy temperamental, espontáneo, pero le repito que esas cosas no tienen importancia. Realmente, yo tengo un gran concepto de él.
—¿Qué hará después de dejar la presidencia?
—Trabajar. Desde la Universidad. Yo estoy convencido de que el sistema político tal cual lo conocemos debe ser reformado. La crisis de los partidos es muy profunda en mi país. Por otro lado creo que debemos analizar muy seriamente el sistema presidencialista, si es conveniente seguir con él o debemos prepararnos para un sistema parlamentario, que creo que es más adecuado para la idiosincrasia de nuestros pueblos. Voy a trabajar en esas ideas, voy a trabajar en el Movimiento Productivo Argentino que es una creación mía en la que participan todas las fuerzas políticas. Trabajo voy a tener.
—Usted ha comentado en alguna ocasión que el poder lo abruma. ¿Es el poder, o la exposición pública lo que lo abruma? ¿No lo seduce, como a muchos, "el poder en la sombra"?
—No, realmente no. Yo hace 30 años que ocupo cargos ejecutivos. Fui dos veces Intendente de Lomas de Zamora, un municipio de 800.000 personas. El día que me fui no volví a pisar el municipio. En la Gobernación me pasó igual. Jamás volví por allí ni pedí favores a nadie. No es mi forma de hacer política. En el futuro podré colaborar con esas ideas a las que hacía referencia, propiciando modificaciones legislativas —tengo muchos amigos en el Parlamento—, pero nada más.
—Después de culminar su mandato, de haber pacificado el país y estabilizado la economía, no podrá evitar convertirse en una figura de referencia obligada en la política argentina. Desde esa posición de privilegio, ¿intentará jugar algún papel para recomponer el movimiento justicialista, que hoy aparece dividido y peleado?
—Esa es una creencia errónea. El Justicialismo en esta elección tuvo tres candidatos y sacó, en conjunto, el 62 por ciento de los votos. La división de hoy es una división de las cúpulas, pero el Justicialismo tiene una característica: después se junta, siempre ha sido así. Después del balotaje, gane quien gane, el peronismo se volverá a juntar para apoyar al triunfador. De eso no tenga ninguna duda. Ahora se habla de una pelea tremenda entre Menem y Duhalde. Sin embargo, durante mi gobierno el menemismo siempre me acompañó en el Congreso. Tenga en cuenta que el Justicialismo no es un partido; es un movimiento. No tiene la rigidez de las estructuras partidarias. Dentro de una estructura partidaria, cuando una persona no piensa como quien conduce, rompe y se va. En el Justicialismo no es así: se quedan todos. Y el que se va, se va con muy pocos.
—¿Qué va a pasar en el futuro con su relación con Menem? ¿Tendrá dificultades para reconciliarse con él?
—Menem es un hombre con el que es muy fácil llevarse bien. Es un hombre de buen trato, muy amable, seductor. Es muy difícil tener una mala relación personal con él. Y yo, más allá de lo que se diga o de lo que él piense, no tengo ningún sentimiento de odio hacia su persona. Lo que pasa es que pienso totalmente distinto. Yo creo en la producción nacional y en el trabajo. Ningún país serio del mundo abandona su producción y regala su mercado interno como lo ha hecho Argentina. ¡Ningún país! Menem creyó en otra cosa. Creyó en la apertura irrestricta. Una estupidez total, porque los países que la propugnan son, en algunas materias, proteccionistas muy severos. Nosotros abrimos de par en par nuestras puertas, y así quedamos.
—En aras de una reconciliación con Menem, ¿usted aceptaría ser el padrino de su hijo?
—Yo no tengo problema. De todas maneras, a mí no me gusta mezclar la política con la farándula.
Cuando me despedía del Presidente, en el momento que me marchaba, me acerqué y le pregunté con tono de complicidad: "¿Y, cómo están las encuestas, Dr. Duhalde? ¿Seguimos arriba?"
"Hay como 40 puntos de diferencia", respondió sonriendo. "No hay modo de descontar esa ventaja".
"Sólo me llevo a la Virgen de Luján"
En la oficina presidencial de la Casa Rosada sólo hay un detalle revelador de la personalidad del Dr. Eduardo Duhalde: una imagen de la Virgen de Luján, que él entronó al comienzo de su mandato con la bendición de ritual.
Está en una repisa de madera, detrás del sillón presidencial, y asoma por encima del hombro izquierdo del mandatario, como un guardaespaldas.
El despacho es un gran salón, muy amplio, con sobrecogedora decoración. Entrando, a la izquierda, hay una espaciosa chimenea. En el centro, sobre una alfombra con dibujo de estilo persa sobre fondo rojo, hay una gran mesa rectangular de cristal con una docena de sillas alrededor. Varios cuadros adornan las paredes, entre ellos uno que ejerce una atracción irresistible ("Puerto Madero, Dársena Sur", de Justo Lynch). También son notables "La Primera Junta", de Julio Vila y Prades, y "Los Sauces", de Luis Isabelino Aquino.
Al fondo del despacho está ubicada la mesa de roble del Presidente.
"¿Dejará aquí esa imagen de la Virgen de Luján cuando se vaya de la Casa Rosada?", le pregunté.
"¡No!", repondió casi ofendido. "Esa Virgen es mía, me la llevó conmigo. Soy un gran devoto de la Virgen de Lujan. Tengo otra idéntica en Olivos que le presté a Franco Macri la semana pasada, cuando secuestraron a su hija".
"¿Le prestó la Virgen?"
"Sí, la que tenía en Olivos. Cuando secuestraron a su hijo, a Mauricio, yo también le mandé a Macri una virgencita, más chiquita, una réplica muy similar a la que tengo aquí. Pero esta vez le mandé la que tenía en Olivos, que es igual.
"¿Y qué otra cosa se llevará de aquí cuando entregue el gobierno?"
"De acá, prácticamente nada. No me hecho siquiera una foto oficial. Ni un retrato con la banda presidencial tengo", respondió con un dejo de pena.