Un premio a la tolerancia

| Jorge Abbondanza

La tolerancia es todo un tema. El pintor israelí Moshe Gershuni, que a los 67 años es una de las figuras consagradas dentro del arte plástico de su país, había sido elegido para recibir el Premio de Israel, "la recompensa más prestigiosa concedida por el Estado hebreo" en el campo de la expresión visual. Pero el artista se negó a asistir a la ceremonia de entrega, sosteniendo —en una carta dirigida a las autoridades— que "el momento no era propicio para celebraciones". Cabe señalar que Gershuni se opone a la ocupación de los territorios palestinos y muestra una posición crítica frente al conflicto que Israel mantiene en Cisjordania y Gaza desde el comienzo de la segunda intifada.

Ante la resistencia del pintor a concurrir a la ceremonia, la ministra Limor Livnat, titular de la cartera de Educación, resolvió retirarle el premio, que es un galardón anual otorgado con motivo de la fiesta nacional israelí. En la fundamentación de esa medida, la ministra acusó a Gershuni de "manifestar su desprecio hacia las instituciones electas, al negarse a participar en dicha ceremonia de entrega de premios". El artista contestó sosteniendo que "la ministra no acepta más que un arte a las órdenes del gobierno", luego de lo cual decidió apelar al Tribunal Supremo para recuperar la distinción que se le había concedido y luego se le retiraba.

La obra pictórica de Gershuni se inspira habitualmente en temas judíos y a través de ella "ha denunciado durante los últimos tiempos la represión que padecen los palestinos". En declaraciones formuladas al diario"Yediot Aharonot", el plástico manifestó: "Hace treinta años realicé una obra para protestar cuando unos árabes fueron agredidos por judíos de Hebrón. Pero, ¿quién presta atención a eso en nuestros días?". En todo caso, la atención que le presta una ministra del gabinete no es demasiado favorable, y habrá que ver lo que opina el Tribunal Supremo sobre este caso que confiere nuevo interés al ejercicio de la tolerancia.

La historia de los premios y de los ganadores que no han querido o no han podido recibirlos, es pintoresca y larga en medio de las más variadas circunstancias. El norteamericano Marlon Brando se negó a aceptar el segundo Oscar de su vida (por el papel protagónico de El padrino) invocando las injusticias con que eran tratados los pieles rojas en el cine de Hollywood, su colega George C. Scott también rechazó ese trofeo (que la Academia le otorgaba por Patton) al discrepar con el significado mismo de los premios artísticos y el ruso Boris Pasternak debió rechazar el Premio Nobel de literatura cuando recibió presiones del gobierno soviético de su época, en buena medida por la notoriedad que la novela Doctor Zhivago había obtenido en Occidente. Esas y otras conductas similares suelen desencadenar episodios de apoyo o discrepancia que tienen su propia agitación, pero reivindican al fin y al cabo el derecho de todo talento a aceptar o rechazar las distinciones que se le conceden, junto al hecho saludable de que un individuo destacado pueda expresarse con esos márgenes de autonomía.

El caso Gershuni en Israel trasluce la crispación de ciertas conductas en un período de la vida nacional donde los atentados y enfrentamientos sensibilizan extraordinariamente a muchos observadores, tanto del lado israelí como en el campo palestino. Hay ejemplo al respecto: hace poco la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas emitió un voto de condena a Israel por la destrucción de miles de viviendas palestinas durante los operativos militares que emprendió en los territorios ocupados y en la franja de Gaza. El reflejo de tales situaciones puede percibirse en el endurecimiento de muchos terrenos de actividad, incluido por lo visto el artístico. Pero más allá del episodio concreto y del lugar geográfico en que ocurre, lo importante es que un ciudadano pueda apelar a una instancia judicial para obtener el amparo al que cree tener derecho, lo trascendente es que las dos posiciones enfrentadas cuenten con fundamentaciones y respaldos morales aceptables, lo definitivo y superior es que no se cancele la cuota de tolerancia que debe dominar cualquier litigio, cualquier polémica y cualquier acto cultural. En el reverso de esa tolerancia sólo figuran el enardecimiento, el repudio irreflexivo, la negación fanática y hasta la destrucción bélica o el saqueo de bienes históricos. Lamentablemente, algo de eso puede verse hoy en varios puntos del planeta.

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