ANTONIO ALVAREZ
Susana Ratti no puede más. Hace semanas que no para de llorar. Y tiene dos buenas razones para hacerlo: los señores Bush y Saddam Hussein.
Aquí no hay una consigna pacifista. Es el llanto de una madre que tiene a sus dos hijos, uno en cada punta de la guerra entre Estados Unidos e Irak. Pura casualidad, aunque eso no mitigue el sufrimiento.
En el hemisferio occidental de su corazón está Pablo, de 37 años, quien reside en Miami desde hace cuatro años. Se dedica a la venta y distribución de vinos franceses. Se fue hace casi cuatro años con esposa y un hijo en edad preescolar.
En el hemisferio oriental de su corazón está Bruno, de 32 años, que hoy pasa sus días en Kuwait, a escasos kilómetros de la zona en guerra. Se fue detrás del amor de una diplomática libanesa y hoy dedica buena parte de su tiempo a exponer sus pinturas y las de otros artistas plásticos uruguayos en un elegante centro cultural del emirato.
Nada que ver con las armas químicas, ni con el eje del mal, ni con el choque de civilizaciones. Lo de Susana es desesperación por el peligro que corren sus hijos, eventuales e involuntarios trofeos de caza para terroristas y soldados
Cansada de no encontrar la respuesta en las olas que golpean Playa Grande, ni en la porcelana en frío, ni en los amigos y familiares, ella tomó el teléfono y pidió en esos servicios de informes de guía algún lugar donde ir a llorar.
Soy una madre que extraña a sus hijos. ¿Podría decirme si existe alguna asociación o algo así de padres con hijos en el exterior? Algo así como Alcohólicos Anónimos, Neuróticos Anónimos, Jugadores Anónimos...
Susana se preguntó a sí misma si el manotazo de ahogado no era una locura, o si estaba participando de una escena involuntariamente graciosa. El ruido de la computadora del operador resultó interminable y no por los 9 pesos más IVA el minuto.
"Pensé que me iban a mandar a pasear, pero sí, había un lugar donde podían escucharme", cuenta sonriendo Susana, ahora que sabe de la existencia de organización a la medida de su drama.
Como tantas otras madres llegó llorando a la primera reunión de la Asociación de Padres con Hijos en el Exterior (APHIE). Y se encontró con varias sorpresas. ¿La primera? Que no estaba sola en su dolor. La segunda que había un método para tratar lo que le estaba pasando. Y tercero, que tarde o temprano podría ayudar a otros a pasar el duro trance de vivir cerca de los hijos.
"Uno aprende a relativizar el problema. Uno cree que es la persona que más sufre del universo, la que está más sola del mundo. Y acá no solo aprendemos que no estamos solas. Vemos personas que están en peor situación que nosotros. Y lo que es más interesante es que después se descubre que ayudar a los demás nos ayuda a nosotros mismos a reafirmarnos como personas y a elevarnos por encima de la soledad y el sufrimiento", dice Susana Ratti.
PUENTE IMAGINARIO. Como Susana Ratti, más de 400 padres y madres uruguayos reunidos en APHIE descubren los resortes de la adicción al amor por los hijos que están lejos. A cambio se hacen adictos a los teléfonos, vencen los temores a navegar en Internet y lloran sobre la tinta derramada en cientos y cientos de cartas para la posteridad.
"La consigna es tender un puente imaginario con nuestros hijos. El secreto es asumir el golpe y encontrar explicaciones adultas al problema. Cuando los hijos se van hay muchas culpas que quedan en los padres. Este es un lugar para dar el primer paso", dice Lydia Gumiel, una docente jubilada y actual presidenta de la asociación de padres.
Gumiel nunca fue una mujer fácil de doblegar. Como maestra recorrió todo el escalafón, desde el puesto más humilde hasta la Inspección Técnica de Educación Primaria, una de las máximas distinciones a las que puede acceder un docente uruguayo. Antes había luchado a brazo partido para vencer la ignorancia y los entornos de pobreza de las escuelas con la decisión de un leñador de la Siberia.
Sin embargo, cuando a fines de 1991 se fue su hijo del país para trabajar como piloto de helicópteros se cayó el bosque de seguridades de Lydia. "Como toda madre sentí que se iba porque algo habríamos hecho mal, no sé qué. Pero lo cierto es que yo tenía claro -al menos de manera consciente que mi hijo se iba a ver el mundo, a buscar nuevas oportunidades", cuenta Lydia.
Lloró. Y siguiendo llorando hasta que un día se enteró que había una reunión informal de algunas personas con hijos en el exterior. Eran encuentros sociales sin ningún fin específico. Apenas conocerse y llenar horas muertas por la ausencia de los hijos.
"Una de las cosas que pasan es que tenemos a todo el mundo cansado con el problema. Y entonces se crea un círculo vicioso, muy perjudicial para los afectos que quedan aquí. Encontrar un lugar de gente que le pasa lo mismo que a uno, permite llevar el problema fuera de casa y al mismo tiempo ser comprendido en su totalidad", dice Lydia Gumiel.
En 1999, las reuniones de padres cada vez eran más numerosas. En el año 2000, las estadísticas se hacían insoportables a la vista. Por un lado llorosas y abundantes despedidas en el Aeropuerto de Carrasco. Por otro, llorosas y abundantes historias de uruguayos deportados, sobre todo desde Miami y Madrid.
Estos hechos se reflejaban en el aumento exponencial de los asistentes. Había que ponerle un nombre a aquel movimiento migratorio interior. Había que hacer algo con el dolor y la empatía acumulada.
"Primero pedimos la personería jurídica y luego fuimos a ver algunos psicólogos jóvenes que querían dar una mano. Sentimos que existía la necesidad de dar un apoyo más allá de un abrazo protector", asegura Lydia Gumiel.
Así surgieron los grupos de terapia y los ciclos de reflexión sobre las cuestiones migratorias.
Son dos estrategias distintas y complementarias. Sesiones de terapia grupal para trabajar el yo interior a cargo de psicólogos y encuentros de debate para ordenar el afuera a cargo de antropólogos.
La psicóloga Marcela Grub dice que la primera dificultad a vencer por parte de los padres es desintelectualizar a los hijos. "El mayor problema es entender que la persona que se fue y la que ahora está en el extranjero son dos personas diferentes.
Aprender a aceptar esa diferencia y llegar a disfrutarla inclusive es una necesidad", afirma.
Con cuatro años de experiencia en este tipo de terapias, Grub dice que ella misma tuvo que vencer sus prejuicios acerca del problema de la emigración. "Yo estaba convencida que el problema era la pobreza del país y la falta de oportunidades. Son factores reales, pero no los únicos. También hay un problema de maduración, de crecimiento personal detrás de estos viajes. Y que a veces no tienen que ver con los padres", dice Grub.
La psicóloga comprobó esto en los propios padres. Una vez que se comienza a ahondar en el drama interior, lo que queda del llanto por los hijos es realmente poco o al menos en un sitio marginal.
"En la terapia lo que se encuentra luego del dolor por los hijos es la necesidad de atención ante la inminencia de la vejez, el temor ante la muerte. No es casual que este movimiento esté en 90 por ciento formado por mujeres, en su mayoría solas. Los hombres procesan las cosas de otra manera. Son más renuentes a exteriorizar el dolor", reflexiona la psicóloga.
EL COSTO PAIS. Para la mayoría de las madres, la emigración tiene peligro de contagio. A más de las madres le pasa que un hijo arrastra al otro al exilio. El otro axioma es quien se va último es el hijo que más duele.
Es el caso de María Loureiro que tiene sus hijos en España. El primero que se llama José Luis (34) se fue hace trece años y le va bárbaro en Barcelona. Con ese espejo delante tuvo que dar el visto bueno para que a fines del año pasado Pablo (35) se radicara en Valencia con su esposa y dos hijos gemelos.
En la terapia se permitió sacarse culpas por no poder retenerlo en el país. Su hijo era docente de historia de mañana, adscripto de liceal noche. Y aunque parezca sorprenden, de tarde trabajaba de guarda de Cutcsa para complementar sus ingresos. "En total dormía dos horas y media por día. Era horrible verlo así, pero al principio no entendía por qué se iba. En terapia vi que la emigración era la historia de mi propia familia", dice Loureiro, hija de humildes inmigrantes gallegos.
A la presidenta Lydia Gumiel la experiencia terapéutica también le sirvió de mucho. En vez de llorar por los rincones, salió a flote gracias a esta verdadera cruzada contra la decepción. Pero además, tanto vigor le permitió afrontar una de las grandes aventuras de su vida sin quebrarse: en el último verano pudo abrazar y besar a su hijo después de once años.
Cayó de sorpresa en su casa de veraneo. Fueron cuatro días inolvidables para ella. Y lo mejor es que pudo disfrutarlos, sin pensar otra vez en los despojos de la partida. "Es que llorar es un aprendizaje", dice Gumiel, con doble vocación magisterial.
Su otra hija es la antropóloga Lydia de Souza, que se unió a la asociación para coordinar los grupos de reflexión y ayuda a los padres a entender el entorno social en que se da la problemática. "Por un lado entender el propio país en que se la la emigración. Y por otro lado entender que sus hijos se van a encontrar en otros países con problemáticas complejas como la discriminación", asegura la antropóloga.
Para de Souza, el Estado en algún momento deberá medir el impacto económico y poblacional que tendrá la ola migratoria de principios de la década. "Para las mujeres el problema está en la ausencia afectiva y entre los hombres el mayor dolor a superar es la interrupción de la continuidad que se da entre padres e hijos y de hijos a nietos", asegura la antropóloga.
El impacto social y macroeconómico de la emigración quedará en manos de los expertos y en el mejor de los casos de los gobiernos que vendrán en las futuras décadas. En la asociación tienen algo muy claro: que el "costo país" no está en las estadísticas de los pasos de frontera. Quizás pueda encontrarse algún dato en los pañuelos de tres generaciones de uruguayos que vieron rotos los sueños de familia unida.
Cursos de idiomas, pasajes baratos y atención 24 hs.
APHIE busca la cesión de un local para atender las 24 horas del día. Una verdadera paradoja: ellos, que luchan contra desarraigo, no tienen un sitio fijo donde funcionar. Hasta el momento, la asociación de padres trabaja repartida en tres locales: los encuentros de directiva de los miércoles se realizan en el Centro Latinoamericano de Economía Humana, la sesiones de terapia psicológica en el Centro Comunal N? 1 y las reuniones plenarias mensuales en el Ateneo de Plaza Cagancha.
Lydia Gumiel asegura que el crecimiento de la institución demanda un funcionamiento de 24 horas al día. Pero al tratarse de una institución sin fines de lucro, con financiación cero, la única posibilidad de funcionar sería a través de la cesión de algún local.
"Mucha de la gente que llega hasta nosotros necesita un lugar donde estar y compartir. Sería muy bueno poder tener servicio de atención psicológica permanente", afirma.
De todos modos, la asociación ya logró varios beneficios para sus socios: descuentos en pasajes (únicamente a los países donde estén radicados los hijos) en empresas como Jorge Martínez y Asociados y Jetmar Viajes. También ya se están brindado cursos de varios idiomas como forma de acercar a los padres a la cultura de sus hijos y nietos. La directiva también estableció contacto con las embajadas para estar informados sobre la situación de uruguayos en el exterior. La idea es ayudar e intervenir en caso de que los hijos tengan problemas. En caso de mayor crecimiento, la asociación estudia además crear subgrupos de trabajo de padres por países de radicación de sus hijos. De hecho, ya ha sucedido que padres se han hecho tan amigos como sus respectivos hijos gracias a la existencia de la asociación.
Los jóvenes le echan la culpa al país
Como estudiante de Antropología, Lydia de Souza decidió emprender varios trabajos con la emigración como objetivo. Una de esas investigación aún inédita titulada "Percepciones en torno al uruguayo emigrante" trata la problemática del acto de irse del país. Toma como centro del planteo la letra del hit de Jaime Roos: "volver no tiene sentido/ tampoco vivir allí/ el que se fue no es tan vivo/ el que se fue no es tan gil/ por eso si alguien se borra/ qué le podemos decir/ no te olvides de nosotros/ y que seas muy feliz.
El análisis de de Souza y Beatriz Di Conca señala "un nosotros que se queda frente al que se fue".
La monografía toma como ejemplo de este comportamiento uruguayo a lo foros virtuales como Rodelú. "Si rastreamos al interior de estas comunicaciones advertimos que "los de adentro" se autoperciben como legitimados por el territorio, en tanto "los de afuera" se autorrepresentan en un territorio imaginario, sin fronteras que comparten. (...) El emigrante es mucha veces concebido como aquel que diera la espalda a su propia identidad y , sin embargo él, a su vez, se siente traicionado".
Estas tesis de antropología aplicada intenta sentar bases para sondear la verdad sobre los uruguayos en la diáspora y qué sucede con la nación, la desintegración familiar y el compromiso social entre los de afuera y los de adentro, asegura de Souza.
En otro de los trabajos, "El camino del afuera" encuestó a jóvenes entre 21 y 29 años. Tres de cada 4 de esos uruguayos dijeron que "es un país de viejos que no da lugar a los más jóvenes". Un 47 por ciento dijo que en el exterior "se vive mejor", en tanto que un 41% se animó a decir que fuera de Uruguay "hay más oportunidades".
En términos de percepción, en una pregunta abierta a más de una opción, un 84% de los jóvenes consideró que el emigrante "es un arriesgado", un 77% lo tildó de "aventurero", un 66% dijo que se trata de un "interesado" y un 47% dijo que el que se va es un "individualista".