Elizabeth Stone trabaja en la Universidad de Nueva York y es una eminencia en arqueología babilónica. Enterada de que el Museo Nacional de Bagdad acaba de perder 170.000 piezas de la antigüedad mesopotámica por efecto del pillaje, sostuvo lo siguiente: "En términos de civilización, esta pérdida sólo puede compararse con la quema de la Biblioteca de Alejandría hace 2.000 años o el saqueo de Constantinopla bajo la Cruzada de 1204". Otros especialistas han comparado en estos días el desastre de Bagdad con "la destrucción de tesoros precolombinos producida en América por los conquistadores". Mientras aquel museo iraquí era devastado por asaltantes que no sólo tenían las llaves de la bóveda sino que sabían muy bien dónde estaba lo más valioso para llevárselo —destrozando al paso buena parte de lo que desechaban— también era saqueada la Biblioteca Nacional de Bagdad, luego de lo cual fue incendiada provocando la pérdida de un millón de libros, entre los que figuraban varias de las ediciones más antiguas del Corán, junto a muchos incunables.
También resultó destruída la única Escuela de Bellas Artes que existía en la capital de Irak, a la que concurrían 3.000 alumnos. El local fue desvalijado y después quemado, pulverizando la sala de cine, el taller de pintura, el teatro, la sala de instrumentos y todos los registros de la asistencia escolar durante largos años. "Ha sido una pesadilla horrible, pero no queremos que la historia de este crimen termine aquí —dijo el director Yusef Rashid— y suplico a la Unesco que nos ayude a reparar el daño", agregó con optimismo. Todo lo señalado ocurrió luego de la llegada de las tropas norteamericanas a Bagdad: desde un comienzo, esas fuerzas custodiaron rigurosamente el edificio del Ministerio de Petróleo, que por supuesto se salvó casi intacto, pero no pusieron vigilancia alguna delante de las sedes de organismos culturales y artísticos, de manera que los saqueadores tuvieron el camino abierto.
En Washington, el principal consejero cultural de la Casa Blanca, que se llama Martin Sullivan, junto a Gary Vikan, miembro del Comité Asesor para Bienes Culturales de esa presidencia, renunciaron a sus cargos "ante la destrucción sin sentido del Museo Nacional de Bagdad y ante ese saqueo que pudo evitarse". Por su parte, Mounir Bouchenaki, subdirector de Unesco, declaró que "se están reuniendo destacados arqueólogos para buscar formas de recuperar el pasado cultural de Irak" aunque teme que "las piezas robadas ya estén en camino de coleccionistas de Europa, Estados Unidos y Japón". De hecho, dice France Presse que "se tiene noticia de que 400 piezas están siendo ofrecidas en el mercado negro de Francia y otras 42 fueron detectadas en la frontera con Jordania", aunque esa cantidad es ínfima ante el volumen del despojo, el más escandaloso del último siglo.
Según recuerda ahora la prensa, Saddam Hussein se había apropiado de los objetos más valiosos del Museo de Kuwait luego de la invasión iraquí de agosto de 1990, pero al cabo de la Guerra del Golfo devolvió esas reliquias bajo la supervisión de Unesco. Ahora, en descargo del desamparo en que las fuerzas norteamericanas dejaron al museo y la biblioteca de Bagdad, se afirma que "dos tanques custodian en estos días la entrada del Museo Nacional, pero llegaron cuando ya no quedaba prácticamente nada que robar". Curiosa omisión, porque una vasta delegación de arqueólogos de varios países se había reunido con autoridades norteamericanas en Washington antes de que comenzara la invasión, para ponerlas expresamente al tanto de los valores inestimables cobijados por aquel museo que nadie vigiló. El planteo de esos expertos no pudo destapar los oídos militares.
Como prueba de ello, "el ejército norteamericano hizo caso omiso de las recomendaciones de la Oficina para la Reconstrucción y la Ayuda Humanitaria, que depende directamente del Pentágono, que le encargaba custodiar el Museo de Bagdad" según publicó The Observer en Londres, mientras "convertía en una fortaleza inexpugnable el Ministerio de Petróleo" ubicado a pocas cuadras del Museo, como informó AFP. Entre las pérdidas mayores del Museo figuran la estatua de bronce de Basitki (de la época del imperio Akkad, año 2.300 antes de Cristo) cuyo gran peso no impidió el robo, y el Vaso Secreto de Warka encontrado en Uruk (año 3.000 a.C.).
Gran parte del mundo se estremeció en el año 2001 cuando la secta talibán de Afganistán dinamitó los grandes Budas de Bamiyán, barridos por "una furia iconoclasta fundamentalista". Ahora habría que definir a qué furia pertenece la que cometió los pillajes de Bagdad, a qué mafias internacionales obedecen quienes los llevaron a cabo y en qué categoría de la negligencia humana corresponde incluir la distracción de quienes debieron velar por ese colosal patrimonio sumerio, babilónico, asirio, persa, griego y árabe que sin embargo se perdió. Con cierto candor, la Interpol envía ahora un equipo de investigadores a Bagdad, mientras se anuncia que el 5 y 6 de mayo en Lyon habrá una reunión de expertos y delegados de Unesco, Consejo Internacional de Museos y Organización Mundial de Aduanas, para trazar una estrategia que "permita afrontar el robo de bienes culturales de Irak". Como vergüenza indeleble de la civilización que integramos, esos envíos y esa reunión llegan tarde.