La sala china

| Jorge Abbondanza

Mañana a las 19 horas en la calle Paraguay 1217, la Alianza Cultural Uruguay-Estados Unidos inaugura la "Sala China Zorrilla" del Teatro Alianza. El hecho merece destacarse porque alude a una actriz uruguaya de formidable carrera rioplatense, cuyo registro para el humor ha sido largamente festejado pero cuya cuerda dramática merece una estima similar. Figlia d’arte, Concepción Zorrilla de San Martín se formó en una familia de copiosos antecedentes literarios y escultóricos, pero agregó a ese respaldo hogareño una personalidad y un estilo de actuación que la despegaron de colegas y coetáneos desde su debut juvenil en teatros de aficionados de los años 40. Cursó estudios en la inmediata post-guerra en un Londres todavía herido por el blitz, emergiendo de la Royal Academy of Dramatic Arts para aterrizar en un Montevideo donde recién empezaba a operar la Comedia Nacional. Se incorporó a ese elenco y con él llegó a ofrecer labores perdurables (Las de Barranco, Fin de semana, La casamentera, El honor no es cosa de mujeres) para apartarse a comienzos de la década del 60 y sumarse a la aventura profesional del Teatro de la Ciudad de Montevideo.

Allí siguió esparciendo su espectacular sentido del humor (La pulga en la oreja, Un enredo y un marqués, Una farsa en el castillo) junto a su aptitud para el drama (La gaviota, Los días felices), saltando luego a la etapa en que figuró como cabeza de compañía (El tobogán, Plaza Suite, Grito). A partir de 1971 ha vivido mayormente en Buenos Aires, reclamada por el cine (Un guapo del 900) y luego por el teatro y la televisión de la Argentina, terrenos en los que cosechó una popularidad enorme, sólo comparable al apego que le tienen sus compatriotas. Ha seguido en actividad hasta hoy mismo: con 80 cumplidos, Zorrilla mantiene viva su chispa luego de obtener elogios múltiples y éxitos de magnitud (Emily, Eva y Victoria), hasta desembocar en el notable rendimiento personal que entrega en El camino a La Meca, todavía en cartel en la calle Corrientes.

Ahora se permitirá el lujo montevideano de disponer de una sala teatral que llevará su nombre, reconocimiento que parece muy apreciable, justiciero y oportuno. Lo único desafortunado —que sin embargo no debe empañar la celebración de una figura consagrada— es el momento en que tiene lugar este bautismo, porque la destrucción, pillaje e incendio de los mayores centros culturales y artísticos de Bagdad, cometidos por grupos de vándalos luego de la llegada de las tropas norteamericanas y llevados a cabo sin que esas fuerzas hicieran nada por evitar el desastre, condicionan todo emprendimiento (y toda alianza) cultural, a causa del estado de ánimo que sufre cualquier individuo medianamente sensibilizado y capaz de espantarse ante el episodio. Sin duda alguna, esa sensación debe afectar especialmente a entidades artísticas vinculadas con Estados Unidos, como la sede montevideana en que mañana homenajearán a Zorrilla. Pero al margen de todo lo señalado, y pensando en la actriz uruguaya, hay que felicitarla en su papel de flamante titular de un recinto teatral y compartir una satisfacción personal que ella por cierto merece como pocas colegas.

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