El cuidado del medio ambiente, del entorno vital del ser humano, de la atención a la suerte y destino del planeta, que considerado como nuestra casa impone responsabilidades solidarias, hace unos decenios era la inquietud de unos pocos, hoy es preocupación de las naciones, de sus gobiernos, de sus sistemas educativos, de la sociedad internacional y de buena parte de los habitantes de la Tierra.
En algunos de esos puntos nuestro país ocupa un puesto de privilegio en América.
Pero hay otra clase de polución en la que solemos no reparar. Es probable que nos haya invadido más de la cuenta, en creciente intoxicación. Quizás nos hemos habituado tanto a ella, que toda señal de prevención, hasta la reputemos que es propia de espíritus proclives a los alarmismos, casi siempre infundados. Es una clase de polución que no hace al ambiente físico, sino al espiritual; no contamina cuerpos sino conciencias, no debilita nuestras defensas orgánicas, aunque sí las que hacen a nuestras relaciones humanas y a nuestras libertades.
Es en definitiva la polución que encuentro denunciada como al pasar, en estos párrafos de Savater en donde se habla de la agonía, y aún de la muerte de la filosofía en nuestros tiempos.
Dice así:
"La mató su cariño no correspondido por la ciencia; el salvaje conflicto generacional que la enfrentó con las últimas de sus hijas, la psicología y la sociología, que abandonaron como el resto de sus hermanas la casa del padre; pudo sobrevivir, anciana como era, a los horrores de dos guerras mundiales y al sutil espanto de la polución de las conciencias por la propaganda totalitaria".
"El sutil espanto de la polución totalitaria" ¿cómo andamos por aquí? No hay laboratorio que la registre, ni aparatos que la detecten, pero sí manifestaciones y señales que van marcando su paso y su presencia, así como también la predisposición para que una polución incipiente se propague con facilidad, tal vez confiados los ánimos en que ha perdido toda su nocividad.
¿Cuáles son algunos de esos signos? A modo de prueba, podemos citar algunos: uno de ellos es, por ejemplo el nivel de la simpatía o de la solidaridad que se manifiesta hacia los regímenes que son emporio y ejemplo de esa polución, pues son otros tantos símbolos totalitarios.
Es tanto más expresivo ese signo, cuanto esa adhesión aparece como más cálida y más apasionada que la que la que se presta a la del propio país, aunque este se funde en la libertad y la riqueza plural del pensamiento.
Otro de esos signos asoma cuando la política se convierte en universo que todo lo que toca, lo politiza o pretende hacerlo: desde el carnaval hasta los galardones intelectuales, desde la educación, hasta el deporte, desde la función pública, hasta la concesión que se otorga, desde la beneficencia hasta el sindicato, desde los libros que se recomiendan para enseñar, hasta los tribunales literarios.
Signo inquietante de polución es cuando la intolerancia ya no es una aparición esporádica hija del apasionamiento, que se puede reflejar en este o aquel episodio, sino que se hace componente esencial de una mentalidad, forma parte de un comportamiento, asoma como un reflejo condicionado ante el oponente al que agrega el rápido trazado de zanjones morales en las diferencias de ideas, que apunta a la marginación, al desprecio o a la violencia sobre aquellos que son sus adversarios.
Una de sus expresiones es el odio como cultivo y el escrache como sistema.
Por distintos que sean, recogen algunos de los vientos oscuros que se llaman estrellas amarillas de los nazis, o también "gusanos" de la isla.
¿Conocemos algo de esta polución? No es envidiable la situación de los pueblos que la descubrieron tardíamente.