Por Miguel Alvarez Montero
Enviado a Buenos Aires
La intensa mirada de ojos hundidos de Evita Perón arrebata al visitante no bien se trasponen las puertas del museo que con su nombre y sus cosas se inauguró medio año atrás, en la calle Lafinur casi Las Heras, en pleno barrio Palermo.
El retrato es de la Evita de sus últimos tiempos, el de la enfermedad, cuando el coloreado y redondeado rostro había dejado paso a esa delgadez enfermiza que, empero, le hizo ganar intensidad al rostro, le agudizó la mirada y le dio inmensa personalidad a su hermosísimo perfil de nariz afilada.
Luego el museo da paso a diversas salas con la infancia de Eva, su trayectoria de actriz, el terremoto de San Juan que le permitió conocer al joven coronel Juan Perón, el casamiento y su ajetreada vida de Primera Dama endiosada, de luchadora social, movilizadora de masas como nadie. Y entonces el visitante de estos días, de esta Buenos Aires apática y descreída ante estas elecciones de mañana, no puede dejar de comparar aquella solidificación del peronismo en torno a una mujer con este disperso peronismo de hoy, diversificado en tibias preferencias por tres candidatos.
Los tiempos cambian, claro. No en vano pasó más de medio siglo en una Argentina que vivió, después de la muerte de Eva Duarte de Perón, tantas alternativas políticas como jamás hubiera imaginado la propia Evita, que era la protectora de los desamparados, la que mediaba ante el Estado para socorrer a quienes la precisaban.
DIGNIDAD. El propio museo, por ejemplo, se asienta en lo que fuera un hogar para madres indigentes creado por ella, que las mantenía con una dignidad propia de princesas hasta que el Estado les asignara un trabajo con el que mantenerse en una vivienda propia y digna.
Las diferencias están a la vista. Los peronistas de hoy no se aglutinan en torno a una sola y excluyente figura, perdieron la veneración por su candidato, lo votan sin mayor entusiasmo, por descarte de los otros. Ni Menem, ni Kirchner ni Rodríguez Saá tienen, ni por asomo, el grado de adhesión que tuvo el fundador del movimiento ni su mítica esposa. Ni siquiera el entusiasmo que manifestaron en su momento hacia el Menem de la primera elección, la de 1989.
En todo caso apenas subsiste —pero en un bajo porcentaje, por cierto— la nostalgia de aquellos que hoy, empobrecidos, recuerdan haber vivido mejor en los tiempos presidenciales del riojano. O los que todavía se aferran al caudillismo bonaerense de Duhalde y siguen por obediencia a Kirchner. O los que se dejan ilusionar por las promesas con algo de "Macondo" de Rodríguez Saá. Pero todos ellos son pocos.
Los más, simplemente, van a cumplir con el voto sin entusiasmarse, sin dejarse envolver por la pasión, sin creer que el suyo será un voto decisivo para cambiar la situación y devolverle mediante la política la grandeza económica y espiritual a la nación argentina.
Los peronistas van a ir a votar, por supuesto, y elegirán a uno de los tres entre los suyos, pero ya no esperan aquella generosidad que desde el Estado prodigaba Evita, ya no creen en el manto protector que les deparará una vida bien cobijada desde el poder.
¿En qué creen, entonces? Pues no sólo los peronistas, sino todos los argentinos, creen en una salida por sus propios medios sin la varita mágica de las promesas del poder político. Y acaso sea una forma de madurez que les dio la sucesión de crisis.
TRAMITE. Lo que este periodista ha venido palpando en esta Argentina pre-electoral es que los ciudadanos bonaerenses van a ir a votar con el sentido del trámite obligatorio. Pero no esperan que el futuro gobierno, gane quien gane, les solucione su situación personal ni de grupo. Pretenden, sí, que no se vuelva a caer en descalabros propiciados por el propio poder y por eso elegirán con cierto cuidado, pero no votan como votaron a Perón ni como lo hubieran hecho por Evita, esperando la solución de todos y de cada uno.
Los argentinos de hoy, los de "después de la crisis", entienden que el país nunca va a tocar fondo, que la actividad, por mínima que sea, siempre seguirá. Y entonces, cada uno en lo suyo. Cada uno en su trabajo, tratando de crecer como se pueda, tratando de subsistir por sus medios prescindiendo del gobierno.
Eso se nota, eso se palpa en el Buenos Aires de hoy donde la industria parece ir creciendo, el comercio céntrico exhibe un dinamismo que se contradice con la crisis, donde los espacios gastronómicos están llenos, los exportadores hacen lo suyo y, en general, todos los ámbitos de actividad laboral muestran buenos síntomas.
Por supuesto que también se ve en el propio Centro cartoneros revolviendo basura, que los semáforos también tienen sus malabaristas, que el acoso mendicante está en cada cuadra y que el desempleo sigue exhibiendo cifras preocupantes, pero ni siquiera esos esperan ya una Evita.
DEMOCRACIA. Y si en algunos aspectos esa prescindencia por la solución política y la creencia que la actividad tiene que seguir más allá de quien ostente el poder es sana, en otro aspecto puede no serlo.
Es bueno que crean en sus propias fuerzas, en su propia capacidad individual para continuar una actividad que hace que el país nunca se derrumbe, pero tampoco parece bueno que no esperen casi nada de la política, que al fin y al cabo es la esencia de la democracia.
Mañana, los argentinos votarán y los peronistas lo harán por uno de sus tres candidatos, pero ya nadie recuerda lo que Evita daba. Por algo, en su museo, durante el recorrido, este periodista apenas se cruzó con dos visitantes más.
"Si vas a ver a Menem, ojo el bolsillo"
El comunicado oficial para la prensa señalaba que para el acto final de campaña de Menem, realizado el jueves a partir de las 20 horas en el estadio de River Plate, los periodistas debían estar antes de las 18 horas si querían ocupar un palco especial.
Pese a las advertencias de colegas, este periodista decidió prescindir de tanta anticipación y llegar sobre la hora de inicio, sorteando en un taxi los inconvenientes del tránsito por la aglomeración de autobuses que acarrearon adherentes a la candidatura del ex presidente. "Cuidado con los bolsillos, vestite como ellos", había sido advertido.
Este periodista hizo caso: no llevó billetera y se puso lo más viejo que encontró en la valija.
La tribuna principal estaba a las 20 horas repleta. Alguna damajuana denunciaba ciertas intenciones; muchos no estaban quietos en sus asientos sino moviéndose en grupo de un lado para el otro, también. Después de haber sido "tanteado" en los bolsillos tres veces, este periodista decidió que ya era hora de abandonar el sitio. Al fin y al cabo, no era votante.
Lo que el periodista logró ver antes de huir sin ver afectados los pocos bienes que llevaba, fue un acto muy parecido a un recital de Shakira, por ejemplo. Un estrado tipo rock, pantallas gigantes que reproducían lo que un helicóptero filmaba desde el aire, fuegos artificiales, un cantante bailantero que repitió hasta el cansancio el canto que identifica al candidato ("Que vuelva Carlos") y, antes de la demorada aparición de Menem, Horacio Guarani cantando chacareras.
Cuando apareció Menem, este periodista ya había considerado oportuno retirarse, pero supo que al final subió Cecilia Bolocco al escenario, lanzando besos al público.
El enviado de EL PAIS se perdió el ósculo.