Por Alicia Mendrzycki
La invitación me cayó del cielo... del de los Andes que les juro que parece distinto a cualquier otro que haya visto en toda mi vida. No sé por qué y me resulta difícil poder explicarlo... En todo caso, llegué a San Martín de los Andes después de veinte horas de viaje en ómnibus desde Buenos Aires. Este pueblo de 20.000 habitantes se encuentra situado entre dos montañas —Bandurrias y Currinca— y a ellas debe su encanto. Sus casitas son de película y todas mantienen un mismo diseño arquitectónico. Pasear por su calle principal, la Avda. San Martín, es ir poco a poco metiéndonos en un cuento de Hanzel & Grettel. Y allí justamente llegué con unas expectativas de novela para reencontrarme con Marcela, una amiga del alma.
De todo un poco. Menos esquiar, durante el resto del año en San Martín de los Andes se puede hacer absolutamente de todo: dedicarse a descansar y a la pura contemplación de una naturaleza deslumbrante; pescar truchas hasta saciarse en ríos que atraen mosqueros fanáticos de todo el mundo; navegar el Lago Lácar en barco, en gomón, en kayak, en canoa; hacer excursiones a caballo de dos horas o de cuatro días; nadar en una soledad tan completa que se tiene la impresión de estar en un río privado; buscar el rinconcito más acogedor de un bosque para hacer un picnic o un asado, o preferir las elaboradas delicias de cocineros magistrales... Es que San Martín creció hasta convertirse —sin dejar su encanto de pueblo chico, su predilección por las cabañas de estilo montañés, su apego a la naturaleza— en uno de los lugares de mayor oferta del sur argentino. Deportes de aventura que nos atrapan desde su nombre: rappel, trekking, mountain bike, rafting, cabalgatas... y quién sabe qué más. Obviamente con todas las montañas que hay en sus alrededores la escalada es otra de las mil aventuras vivibles por aquí. Además de aquellos que quieran pasar por los lagos y degustar los deliciosos chocolates de la zona.
Emociones a granel. La elección de la Patagonia para recibir una buena dosis de adrenalina pura no es casual, porque todo el tiempo nos presenta una alta diversidad, en el amplio sentido de la palabra, para la práctica de apasionantes deportes. Cuando vuelvo a revivir mis sensaciones al hacer rappel me corre un escalofrío por la espalda. Y sí, mejor confesarlo: al principio uno no sabe dónde hay que poner los pies, si va a caer al vacío... Pero para qué... Los instructores están preparados, los equipos son tremendamente seguros y los amigos se encargan de hacer la hinchada. Ni modo de no animarse y de disfrutar de una vista sin igual colgada de arneses en dirección al lago.
El verano ya pasó, la nieve todavía no llega, y es tiempo de delicia. Otoño en San Martín de los Andes: un bosque de duendes y perfumes. Naturaleza a pleno, tiempo para disfrutar, con todos los sentidos abiertos a nuevas sensaciones, invitándonos a los más variados placeres: caminatas por el bosque, un paseo a orillas del lago, un excelente chocolate a la tarde, y el encanto de sus pequeños y grandes restaurantes con todas las delicias de la cocina regional. Lo mejor del cuento es que terminamos tomando un té patagónico... fantabuloso. Pero para poder llegar a disfrutarlo hicimos 4 horas de trekking al Cerro Colorado... Casi 2.000 m. Las vistas son increíbles así como también el cambio tan radical de la vegetación.
Conquistar las alturas. El día perfecto: la escalada al Lanín. El paisaje va cambiando a cada paso. Comienza con el bosque de araucarias o pehuenes que balconea al Curruhué Chico. Vale la pena descender y sentirse hormiga ante estos ejemplares endémicos de Neuquén, tan asociados a su tierra como los mapuches. Hay que seguir hasta el Curruhué Grande y el Escorial de lava solidificada del volcán Huanquihue, a orillas del Epulafquen. De allí, sin escalas hasta el Huechulafquen, cuyas aguas bañan la silueta inquietante del Lanín. Aunque el volcán es irresistible, encarar su escalada no es para cualquiera. Si no estás en forma, es mejor limitarse a la observación desde la planta baja. Para prolongar el idilio, es posible hospedarse en la Hostería Huechulafquen y volver cuando después de tanto verlo te lo sepas de memoria.
Salir por la noche, atiborrarse de ahumados, patés y truchas en La Tosca y Mendieta, hacer amigos, y al otro día gastar las horas hasta que cae el sol y elegir un restaurante de pastas como Pionieri o la cocina étnica de Avataras por la noche. En cuestiones de gastronomía, San Martín de los Andes, incorpora una práctica cuya aceptación crece en los centros urbanos: los winebar. Tal el caso de Alén, en el complejo Paihuén, o la tradicional casa de té Arrayán, en el sendero del Chapelco, ahora restaurante de vinos, que sugiere alterar las normas: elegir primero el vino y, con la ayuda de un sommelier, definir el menú.
Pero si un día la pereza le gana, todo le duele demasiado, o va simplemente en carácter de consorte y ni se les cruza la idea de calzarse algún calzado especial para practicar un deporte, también está en el lugar indicado. Un paseo por el Lácar —el lago propio de la villa—, las vidrieras de la avenida San Martín —especialmente Origen, La oveja negra, Raíces y Luma Pampa— y la cascada Chachín son parte de las alternativas que excluyen el plano inclinado. También es posible tomar las excursiones diarias a Hua Hum de día completo que zarpa por la mañana. Es ideal para conocer los bosques de araucarias —el árbol de la provincia de Neuquén— siguiendo los senderos, con el rumor del agua de fondo. El particular sonido de las suelas de los borceguíes sobre el camino aviva el paso de la gente y confirma la intensidad del silencio circundante. Una versión más breve –de sólo medio día- implica embarcarse en el paseo a Quila Quina, conocido enclave mapuche que hoy se ve enaltecido por la presencia de flamantes casas de veraneo. También se puede llegar en auto, por un camino a través de un bosque que vale la pena por sí solo. Otro deber —también en lancha, por el Lácar y el Nontehué, o en auto, atravesando una tupida selva valdiviana— es llegar hasta el río Hua Hum y cruzar a Chile en gomón. Y, por supuesto, hacer una excursión hasta el Lago Huechulafquen para ver de cerca la impactante, inconfundible silueta del Lanín.
Si está listo... ajustese el cinturón, arnés, chaleco salvavidas o simplemente las botas de trekking, y atrévase a incursionar en el turismo de aventura y en los deportes extremos, todos realizados en medio del fantástico entorno natural que le ofrece la Patagonia.
¡Y a disfrutar de la libertad!