Sigue dando criollos el tiempo. Así lo atestigua la 78a. edición de la Criolla del Prado, con tribunas llenas para apreciar el coraje de los jinetes y la bravura de los potros y con otras miles de personas caminando incesantemente entre stands, muestras, restaurantes y auditorios con payadas, concurso de canto, magos y todo tipo de espectáculos.
A las tres de la tarde de ayer había una cola de una cuadra de gente que esperaba paciente para sacar su entrada. Entre el público eran mayoría las edades extremas: ancianos y niños colmaban las instalaciones. Los montevideanos respondieron a la convocatoria del Prado y también la gente del interior, que tradicionalmente es más o menos la tercera parte del público.
Marta Porto es una de las fanáticas del ruedo. Ayer llegó desde Malvín a la criolla, como hace todos los años, con su esposo, porque ya los nietos "están muy grandes". Lo que más le gusta a Porto son las jineteadas, especialmente las montas en pelo. "Me recuerda cuando vivía mi padre, que es de Tacuarembó, y me traía a ver todo este espectáculo", señala.
El ruedo estaba repleto y el público vibraba con las alternativas de las jineteadas, tanto si el jinete salía airoso como si el caballo lograba hacerle morder el polvo.
Francisco González (79) era uno de los entusiastas. Llegó al Prado con cuatro nietos, como hace todos los años: "Es una rutina, una tradición, algo agradable", explicó.
La Criolla es algo que vale la pena apreciar, según González, porque "es una cosa nuestra, que no se ve todos los días y una oportunidad para volver a épocas pasadas".
Walter Peña (59) era uno de los protagonistas, pero no como jinete, sino que es el dueño de la tropilla La Minifalda, del establecimiento El Relincho, de Fray Marcos, Florida. Llegó con veinte equinos y asegura que van a arrastrar una cuantas montas.
La más peligrosa de las que llevó Peña al Prado es La Bandera, una yegua azabache de cinco años, bellaca como pocas, pero tampoco es de desdeñar el Potro Luz Roja, según avisa Peña.
Los caballos reciben una puntuación, al igual que el jinete, y de la suma de los 16 caballos que trae cada establecimiento, surge el puntaje de la tropilla. La de Peña salió segunda en su primera visita al Prado, el año pasado, pero ha tenido sus días de gloria en sus 15 anos de competencia en la criolla del Roosevelt.
Cada día hay 108 montas en el Prado, con jinetes de Uruguay, Argentina y Brasil, en distintas modalidades con y sin montura. Mario Pereira (21) llego desde Colonia San Bartolomé, Córdoba, y compite en pelo internacional y también en basto (montura) uruguayo, aunque su especialidad es basto argentino. "A los argentinos se nos da más el nuestro, pero yo me clasifiqué el año pasado en basto uruguayo y acá estoy", dice el jinete.
Pereira jinetea potros indomables desde los trece años y no lo asustan las revolcadas. De las fiestas criollas a las que ha concurrido, la del Prado es la que le gusta más, por la cantidad de días y de gente. Y se toma en serio el asunto: "Yo ni salgo de acá. Doy una vuelta por ahí y escucho alguna payada, pero antes de las 11 ya me voy a dormir".
La moda es cosa de gauchos
La moda es cosa seria entre los gauchos. Así lo afirma Gregorio de los Santos, dueño de la fábrica de botas y talabartería Las Nazarenas, de Tacuarembó, quien no se pierde ninguna de las grandes fiestas gauchas del Uruguay, y mucho menos a la fiesta reina, la Criolla del Prado.
De los Santos tiene un stand en el Prado, pero también ofrece sus cosas dentro del predio donde están los jinetes y caballos, detrás del ruedo. "A muchos les gusta más acá, con las cosas más desordenadas y sin demasiada gente", explica.
El fabricante es un experto en moda gauchesca y afirma que es algo muy importante: "Muchos se preocupan más de la moda que las mujeres modernas", exagera".
De los Santos está al tanto de los cambios en esa moda: "antes se usaba el sombrero panza de burro, pero ahora la moda es el sombrero aludo". En cuanto a las botas, tampoco da lo mismo cualquier cosa: "Lo que hay que tener es la bota de medida, modelada al pie como una media y con el taquito alto".
Al hombre no se le mueve un pelo cuando asegura que todo cambia y que ya no se usa el pañuelo grande y cuadrado, de 60 por 60 sino que "está de moda el pañuelín de 15, triangular".
En cuanto a las bombachas, "ya paso la costumbre de usarlas bien anchas, casi como polleras; ahora son más angostas, como un pantalón ancho con puño". Los colores cambian, también, pero "este año es un arco iris, se usan todos los colores".
El cinto es cosa más complicada. El último grito es el cinto con solapa, que es el usaban los pialadores. Es que la fiesta del Prado es la más importante, y para estar a la altura de ese honor, no es cuestión de ir así nomás.