BAGDAD | FRANCISCO PEREGIL
"EL PAIS" DE MADRID
No se ve todos los días un Rolls Royce rosado en los márgenes de una carretera. Ni siquiera en el "día después" en que familias enteras se han echado a la calle para desvalijar organismos oficiales, palacios, algunas tiendas y hasta hospitales.
Ni siquiera en un día en que podía verse gente robando frigoríficos, neveras, aspas de ventiladores, impresoras, ruedas de camiones, sillones giratorios, motocicletas de gran cilindrada, colchones, percheros, alfombras, bombillas, cunas, refrescos, pelotas de fútbol.
Ni siquiera en un día en que se veían niños con maletines de negocios y la gente cargaba las cosas en sus propias espaldas, en coches, furgonetas, tractores, autobuses, carromatos arrastrados por burros.
Ni siquiera en un día en que los niños pobres iban con los coches a pedales de los niños ricos en plena autopista. Ni siquiera el jueves era normal ver un Rolls Royce rosa dulcemente echado sobre el borde de una carretera estrecha.
El coche parecía decir "llévame contigo" y los muchachos que pasaban por su vera parecían contestar "sólo me llevaré una rueda o una puerta".
Convenía hacer un alto en el camino para contemplar aquello, para hacerle una foto al Rolls. Pero el conductor, Abbas Salman Al-Jafayi, un ingeniero de telecomunicaciones, casado con tres mujeres y padre de once hijos, aconsejaba: "No, por favor, espere un minuto que esto no es nada. Estamos llegando a la casa de campo de Udai Hussein. Aquí es donde tiene su colección de coches, ahora la verá. Esto no es nada".
DE PELICULA. Efectivamente, el Rolls Royce rosa no era más que un Rolls Royce. Dentro había decenas de ellos. Y muchos Porsches y Ferraris y Mercedes y otros coches que parecían sacados de películas de James Bond. Y los jóvenes se los llevaban.
Y si no podían llevárselo, porque ya los habían dejado sin motor, se llevaban la puerta o los sillones, o el motor y dejaban el coche allí. Y sonreían y decían "Saddam, no; Saddam, no". Había once garajes inmensos, todos ellos con coches de lujos.
"Esto que ve usted ya no es nada comparado con lo que había ayer", comentaba el ingeniero de telecomunicaciones. "Yo calculo que anoche, cuando empezaron a llevárselos, habría aquí unos 1.200 o 1.300 vehículos. Y todos de lujo. Quedan sólo unos noventa o cien porque nos los hemos llevado. Yo mismo tengo en mi casa cinco".
Cierto. Abbas Salman Al-Jafayi no se sabía muy bien las marcas de los vehículos, pero allí en su casa estaban los cinco. Había un coche impresionante color violeta. "Este no sé que marca es. Vamos a ver. Ah, sí, mire, aquí lo pone: un Rolls Royce. Mire éste Mercedes, está blindado... Pero el mejor es el que tengo aquí al lado del refugio.
Y allí había un coche de marca o modelo Zimmer, con un águila en la cabecera del capó y unos cláxones y un diseño espectacular. Uno de sus doce hijos le decía que quería uno de los coches nuevos que había traído. Y Abbas Salman, que dice que está alegre porque ya han echado a Hussein, reía con las cosas de su hijo.
IMPACTOS DE BALA. Pero volvamos atrás, a los garajes del hijo de Saddam Hussein. Allí la gente no tenía cara de estar haciendo nada malo. Al contrario, sonreían y se prestaban para las fotos. "Aquí en mi barrio, todos nos hemos llevado tres o cuatro coches", decía un iraquí.
Uno de los hangares se encontraba todo lleno de coches calcinados. En otro había un Mercedes pintado como de purpurina. Enfrente, varias limusinas. Más allá, el Porsche en el que ametrallaron hace tres años a Udai Hussein, con los impactos de bala en el capó y en los asientos. En otro garaje, un Ferrari deportivo de dos puertas que se abren hacia arriba, un Fleetwood Brougham de los que sólo se ven una o dos veces en la vida.
En el mismo barrio de lujo, entre palmeras, naranjos y eucaliptos, al lado del río Tigris, podían encontrarse también las casas del hijo menor de Saddam y de su hija. También eran desvalijadas, sin que hubiese rastro de los militares americanos.
DESVALIJADOS. En uno de los palacetes de los hijos de Saddam, frente a un lago artificial del tamaño de medio campo de fútbol, muchachos y adultos arrasaban con el whisky, las vasijas, las águilas de la pajarera, los libros del corán, las cunas blancas, los zapatos de tacón de las mujeres, los botes de nescafé, los lavabos, los retretes, las botellas de agua.
Y todo se hacía en orden. Los grupos se iban organizando ellos mismos. En la mayor parte de los sitios, todo transcurría con aire festivo.
Jamás se vio una ciudad con tantas sillas de ruedas en medio de la calle. Todo Bagdad parecía de mudanza. Los que iban a desvalijar estacionaban sus coches con los cristales abiertos y la conciencia tranquila de que no sería el coche de ellos el que sería robado.
"Esto parece la cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones", comentó un compañero. "A lo mejor los cuarenta ladrones eran los que estaban antes aquí" le contestó otro.