El peligro de lanzar la Operación Guerra Eterna

En la película "Lawrence de Arabia" hay una secuencia inolvidable en la que un atormentado Lawrence se resiste mientras un comandante británico en El Cairo lo presiona para que regrese al desierto y encabece la rebelión árabe contra los turcos otomanos:

—Lawrence: Maté a dos personas. A una de ellas ayer. Era apenas un chico, y lo conduje hacia las arenas movedizas. A la otra... bueno... antes de Aqaba. Tuve que ejecutarla con mi pistola, y hubo algo al respecto que no me gustó.

—Gral. Allenby: Es de esperar.

—Lawrence: No, fue otra cosa.

—Gral. Allenby: Bueno, que sirva de lección.

—Lawrence: No... otra cosa.

—Gral. Allenby: ¿Qué fue, entonces?

—Lawrence: Lo disfruté.

Nunca dudamos de que íbamos a ganar la guerra en Irak. Que íbamos a presenciar algún momento triunfal, como aquel que mostró anteayer la cadena Fox, a la 1.30, cuando dos soldados estadounidenses hicieron flamear una bandera con el típico bulldog de la Universidad de Georgia frente al palacio presidencial en Bagdad, mientras otros, maliciosamente, subían por las escaleras para tratar de arrancar los accesorios de oro que tenía Saddam en su baño principal.

La gran pregunta sobre la guerra era: ¿cuánta sangre podrían los norteamericanos soportar?

Donald Rumsfeld y Dick Cheney estaban determinados a sacar a los Estados Unidos de su incómoda situación, después de lo ocurrido en Vietnam y Mogadiscio, por la fuerza y con bajas, para cambiar la cultura y lograr que se acepte la guerra como una parte natural de la función de una superpotencia en el mundo.

Tanto encuestas como entrevistas muestran que, en su propósito de hacer que los norteamericanos estén menos alarmados y consternados por la guerra, Rumsfeld y Cheney tuvieron éxito: la mayoría de los norteamericanos muestra una actitud estoica respecto de los muertos y heridos hasta ahora. (Acaso esa tolerancia respecto del dolor se debe al hecho de que gran parte de ese dolor no se ve por televisión, por más periodistas que acompañen a las tropas).

"Wolfowitz de Arabia" y los otros halcones del gobierno están emocionados con el militarismo expansionista norteamericano. Cuando Wolfowitz estuvo, el domingo último, en el programa "Meet the Press", sus asesores se sentaron en la sala verde frente a la pantalla y aclamaban la actuación de su jefe frente a la cámara.

Mientras las fuerzas norteamericanas comenzaban con sus estocadas blindadas sobre Bagdad, en la cabeza de los halcones bailoteaban imágenes de un ataque contra Damasco.

El ex director de la CIA, James Woolsey, amigote de Wolfowitz y posible administrador en la ocupada nación iraquí, les dijo tajantemente a estudiantes de la Universidad de California la semana pasada que para reconfigurar Medio Oriente, los Estados Unidos deberán pasar años y quizá décadas librando la cuarta guerra mundial (contó la Guerra Fría como la tercera guerra mundial).

Identificó a los enemigos de los Estados Unidos de la siguiente manera: el Consejo Islámico que rige Irán; el Hezbollah respaldado por Irán; los miembros fascistas del Partido Baath en Irak y Siria, y los sunnitas islamistas que manejan a Al-Qaeda y sus ramificaciones terroristas.

El éxito de esta campaña bélica no debería dejarnos flechados por la guerra. La tolerancia de la opinión pública norteamericana respecto de las bajas no debería confundirse con la voluntad de absorber un interminable sacrificio norteamericano en interminables frentes de combate.

El triunfo en Irak será un acontecimiento histórico, pero será excesivamente raro y peligroso si el gobierno norteamericano convierte a los Estados Unidos en una Esparta. Queda pendiente el tema de Osama bin Laden. Pero el fin de la Operación Libertad Iraquí no debería significar el comienzo de la Operación Guerra Eterna.

© "The New York Times"

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar