De Basora a Bagdad, Irak festeja y saquea todo

| "Nos cuesta creer que todo esto ha terminado. ¡Lo hemos soñado tanto y durante tanto tiempo!", dijo una iraquí

BAGDAD | AFP

La macabra sucesión de tanques iraquíes carbonizados en la autopista 8 es el signo indiscutible de que Bagdad está cerca. Al sur quedan más de 550 km, los mismos que recorrieron las tropas extranjeras en las últimas tres semanas, en los cuales cientos de ciudadanos celebraban ayer con más libertad la caída del régimen.

A las afueras de Basora, la segunda localidad del país situada al sur, la caída de Saddam Hussein era festejada en el único comercio con televisión, donde un grupo de ciudadanos contemplaba ensimismado las imágenes de la destrucción de la estatua del líder en el centro de Bagdad retransmitidas por la cadena kuwaití, la única que reciben desde hace días. La incredulidad inicial dejó paso a tímidas sonrisas y finalmente, a la euforia.

"Nos cuesta creer que todo esto ha terminado. ¡Lo hemos soñado tantas veces durante tanto tiempo!", aseguró Ahmed, comerciante en la ciudad, ocupada por las tropas británicas hace cuatro días.

PAISAJE. Más al norte, en el pequeño pueblo de Hatma, todavía localizado en medio de este desierto de paisajes lunares de una pobreza dolorosa, varias decenas de ciudadanos salen con pancartas a la carretera.

Al cruzar el río Eúfrates, se multiplican los niños que venden cigarrillos y dinares con la imagen de Saddam Hussein a cambio de dólares. Los signos de la victoria y los inocentes agradecimientos de pequeños y mayores a los soldados son más expresivos conforme los automóviles se acercan a Bagdad.

El paisaje va cambiando y poco a poco, el desierto se transforma en jardines con palmeras, frescas arboledas y pequeños oasis en medio de esta autopista desierta.

Algunos automóviles se cruzan en el camino. Todos ellos van en dirección sur, procedentes de Bagdad, con banderas blancas, cargados con sus pertenencias o de bienes que han robado en las últimas horas aprovechando el caos provocado por los bombardeos y la entrada de los blindados estadounidenses en la capital.

En un momento, dos tanques iraquíes carbonizados cortan la carretera y obligan a los automóviles a cruzar los campos para seguir adelante.

COMO LOCOS. Diez kilómetros más adelante, en la periferia de Bagdad, los saqueos se multiplican y los controles del ejército estadounidense son precisos e implacables.

"No han parado de robar como locos en las últimas horas", asegura el sargento estadounidense Fritz en uno de los retenes, contemplando impasible los saqueos en este barrio de la periferia sur de Bagdad, donde han tenido que disparar al aire durante todo el día para dispersar a los ladrones, que se cuentan por decenas.

"Incluso cuando les sorprendemos en pleno robo, se nos acercan sonrientes a darnos las gracias", explica el militar en el puesto de control.

Finalmente, Bagdad y su aeropuerto, completamente inoperante e invadido por soldados estadounidenses, aparecen tras cuatro impresionantes columnas de humo provocadas por la quema de petróleo en las zanjas, una táctica que fue utilizada para dificultar la visibilidad de los aviones de combate.

"¡Que Dios los saque vivos de ese infierno!", dice una mujer apuntando con un dedo a la ciudad.

SAQUEOS. En Bagdad, todo el mundo anda ocupado saqueando al prójimo. La gente desvalija ministerios, oficinas del Partido Baath y residencias de miembros del círculo íntimo de Saddam Hussein.

Los saqueadores han aparecido hasta en la villa que pertenecía a Tarek Aziz, viceprimer ministro de Hussein.

Se llevaron todo, incluido cuadros y cortinas, y arrancaron los cables de electricidad de la planta principal. También saquearon la biblioteca de Aziz. Entre los libros que no se llevaron había uno de geopolítica escrito por el ex presidente de Estados Unidos Richard Nixon, así como novelas sobre la mafia del escritor Mario Puzo, autor de "El Padrino".

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