Crónica de una noche en el infierno

| Nacieron hace 64 años como murga de niños. Hace tiempo que pertenecen a la mejor tradición del carnaval

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GUSTAVO TRINIDAD.

Ellos viven en las oscuras entrañas del anonimato y de la cordura, pero cuando llega el crepúsculo emergen lentamente. Se van juntando y conjuran el pandemónium que libera los espíritus dionisíacos de la música.

Se los puede ver ya en la tardecita asomándose a la puerta del sindicato del vidrio, en una esquina del corazón de La Teja. Visten como si fueran hombres pero sus cabezas con orejas puntiagudas, groseras protuberancias, calvas a lunares rosados y barbillas verdes, delatan su condición de diablos.

Hace 64 años que estos demonios se organizaron y algunos aseguran que a esta altura son inmortales.

En el fondo del local bajo un techo de parrillero muchos hombres esperan con paciencia la herejía de la transformación. La alquímica tarea de maquillaje empieza a las diez de la mañana y termina cerca de las 19 horas. En la sesión, que transforma a los hombres en diablos, se habla saltando de un tema a otro. Los recuerdos se hilvanan al azar. Mientras un endiablado Charly Alvarez pincha a otro con el tridente, uno ve su imagen en el espejo y se queja:" en vez de un diablo parezco el lagarto Juancho".

Con la cabeza de lado, otro recuerda el carnaval de 1989 cuando el desfile inaugural se hizo en el Estadio Centenario. "Fue un desastre, esperamos cuatro horas al rayo del sol y desfilamos quince minutos, una vuelta a la cancha y afuera".

Leonardo Preziosi, responsable de los libretos y la puesta en escena, llegó carpeta bajo el brazo y ajusta detalles con Andrés Atai, director y arreglador coral. Hablan sobre el ritmo y el tiempo del espectáculo.

Un diablo avisa a voz en cuello que quedan 10 minutos para salir rumbo al Teatro de Verano y queda claro que no hay tiempo que perder.

ENSAYO Y MAGIA. Tres ómnibus cargan a la gente del barrio. Un grupo de niños, los futuros murguistas, son los primeros en zambullirse donde viajará la murga. Se acomodan bien al fondo para tocar golpeando en los asientos y cantar la letra de la murga. A veces discuten sobre los tonos que están empleando.

Apenas se arranca hacia el teatro Andrés toma la guitarra y se sienta en un posa brazo en medio del ómnibus. Toda la murga se arrima y empieza un mágico ensayo que va recorriendo las calles de Montevideo. El sol agoniza y la noche nace lenta. El canto de la murga se derrama por las calles. Los brazos de cientos de vecinos se elevan para saludar. Un borracho, botella en mano, caminaba cabizbajo cuando escuchó el canto de la murga. Saludó con gritos ininteligibles y ensayó algún baile inolvidable. En esas la murga lo deja atrás.

El ómnibus desemboca en la bahía montevideana, "mirá aquella nube" señala un murguero y el silencio reina por un instante mientras observan como la nube tiene forma de diablo. Sobre la playa Ramírez la efigie de Iemanja es saludada por el director y varios integrantes con la mano en el corazón. Casi en el mismo instante un canto corre entre la murga como un reguero de pólvora: "No diga que somos mejores, no diga que nadie nos gana, sólo diga Diablos Verdes y festeje hasta mañana".

La murga llega a las puertas del Teatro de Verano como un cuadro de fútbol sale a la cancha. Entre palmas y buzos que se revolean al aire todos se paran y algunos ya están saltando al son de la consigna. La gente agolpada en la puerta vive el arribo como una alucinación. Una turba de diablos ha llegado con la noche para hacer de las suyas.

Al trasponer la puerta principal un mortal abrió paso y en plena reverencia exclamó: " Adelante señores, primeros los diablos".

SIETE NIÑOS. Uno de los siete niños que fundaron la murga hace 64 años, horas antes de la función definitoria del concurso está sentado detrás de un escritorio solucionando innumerables problemas que surgen a cada momento. Las paredes del cuarto están colmadas de decenas de sombreros que la murga uso en distintas temporadas. El nombre de Diablos Verdes fue sugerido por una vecina y nadie sabe en que se inspiró pero fue aceptado de inmediato. Era el año 1939 y nadie podía imaginar, ni niños, ni adultos, que le estaban dando el puntapie inicial a una murga que entraría en la mejor historia del carnaval. Antonio Iglesias fue uno de aquellos siete niños y hoy es el productor de la murga. Iglesias fue desvinculado a la fuerza del conjunto durante la dictadura pero igual la murga siguió saliendo.

"En estos últimos cinco años incorporamos gente joven, con ideas frescas, algo imprescindible para revitalizar el grupo", explicó Iglesias a El País. Diablos Verdes fue mimada por el éxito. En estos últimos cuatro años la murga ganó dos primeros premios y dos segundos premios.

EL PANDEMONIUM. Nadie podría imaginarse sin verla, la cantidad de gente que corre y se agita detrás del escenario cumpliendo las más disímiles tareas.

Algunos barren el piso, decenas de utileros se cruzan a las corridas sin chocarse cargando enormes trastos, otros clavan la escenografía, en el techo se ajustan y prueban las luces, varios periodistas y cámaras de televisión ensayan apuradas entrevistas, los más allegados a la murga vienen a dar el último abrazo, otros gritan constantemente para que la puerta de acceso esté siempre libre, algún murguista se aparta para afinar el canto, la batería se pone a tono.

Faltando dos minutos los diablos van quedando solos en el escenario de cara al telón cerrado, es el momento del saludo entre ellos. La energía crece al máximo.

El presentador anuncia a la murga y miles de almas explotan en un solo grito. El telón se abre partiéndose en dos. Poco a poco la gente empieza a ver a los diablos que durante algunos instantes estarán quietos, envueltos en un griterío infernal. El pandemónium va a empezar.

La arrolladora energía de un gran "pecador"

n Sobre una mesa en el fondo del Sindicato del Vidrio cocía una peluca negra que dos horas más tarde usaría para bailar entre las llamas ante miles de personas. Es un hombre de teatro que según afirma sufrió mucho para entrar al carnaval. Su destino era trabajar en una empresa marítima, pero ahora está feliz de la elección y se emociona cuando habla de sus experiencias.

En escena libera una energía atrapante. Charlando mano a mano se nota que es una persona hiperactiva, sus ojos y sus gestos nerviosos parecen esconder un ser franco, para el cual la ética juega un papel primordial en la vida. Charly Alvarez descolló este año en el cuplé de "La caldera del Diablo".

"Creo que lo que me ha pasado en carnaval se lo debo a Leonardo Preziosi, a Andrés Atai y a este grupo maravilloso que me ha tocado en suerte" dijo Alvarez a El País.

El primer año que quiso salir en carnaval se probó en un grupo de parodistas pero fue descartado porque es calvo. Ahora se ríe de aquello pero gracias a que ha pasado el tiempo. Ha tenido enormes satisfacciones en la fiesta carnavalera pero si lo apuran elige dos. "En la segunda rueda del Teatro de Verano me pasó algo que no me había pasado en la primera. Antes de correr el telón, cuando me subo a la tarima para arrancar con el Diablo Verde veo por arriba del telón todo una franja de público y levanto los brazos y todo el mundo levanta los brazos y empieza a gritar Charly, Charly, de ese momento no me voy a olvidar más".

El otro recuerdo retrocede bastante en el tiempo y tiene que ver con el propio grupo humano que lo acompaña. "Era el segundo ensayo que tuve con Diablos Verdes y tenía que aprenderme un monólogo de una página de un día para otro. Por la mitad del ensayo me quedé en blanco y creí que era el fin de todo. Pero todos mis compañeros me empezaron a aplaudir. Esos dos momentos uno al principio y otro tan reciente son los que no olvidaré", expresó Alvarez.

El insomnio del director frente al espejo

n "La caldera del Diablo" es un espectáculo que inventa un infierno de leyes absurdas, arbitrarias, un infierno tan injusto como hipócrita y decadente.

Rápidamente el espectador comprende que es un espejo de nuestro mundo terráqueo, real, cuerdo, democrático. La risa y la reflexión van de la mano. Ocioso sería repetir las excelencias de todos sus rubros pero hay uno que permite la reiteración. Se trata del manejo sutil y pensado de los tiempos escénicos. En casi cuarenta músicas distintas la puesta se permite arrancar con un pulso avasallante que parece difícil de mantener. Sin embargo mediante juegos de tensión y distensión "La caldera del Diablo" no sólo crece sino que mantiene en vilo toda la función.

A las cuatro de la mañana del día en que el grupo cumpliría su tercera función en el Teatro de Verano, su director, Andrés Atai, se afeitaba la cabeza frente al espejo y repasaba mentalmente cada tono, cada tiempo, cada "pie", cada remate del espectáculo. Los Plidex no habían hecho efecto frente a la excitación de semejante responsabilidad.

Asegura que la función del Teatro de Verano es un vértigo siempre aunque la experiencia se tenga de años. "Hay gente que dice que es lo mismo el Teatro que un tablado y yo creo que eso es una postura", dijo Atai a El País.

Para Atai la característica más saliente de la murga este año es que "la protagonista es la murga. Es el año que cantamos más. De 45 minutos cantamos 42. Trabajamos el ritmo de forma que fuera un vértigo constante. Para esto necesitamos una concentración extrema, dos segundos de distracción a un "pie" y se desbarata todo el ritmo".

Atai confía en que se logró que el espectáculo no diera respiro. "Luego de la función quedamos extenuados pero felices es un espectáculo que lo disfrutamos a pleno", dijo el director coral. Atai además de "Diablos Verdes" dirigió a "La Bohemia" (1993), "Araca la Cana" (1994), "Los Pierrots" 1996, "Momolandia" 1997 y desde 1998 dirige "Diablos Verdes".

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