Cuando se avecina una fecha tan significativa como desde hace quince años se ha transformado el 15 de marzo, miles de uruguayos aprovechamos los recuerdos, las anécdotas y la siempre gigante figura de Wilson Ferreira Aldunate, para hacer un alto en nuestras actividades y meditar sobre todo lo que nos ha legado. Máxime en estos tiempos en los que tan necesaria es la reflexión.
Es que la relevancia de la personalidad política que marcara la historia de nuestro país durante los momentos más dramáticos de la segunda mitad del siglo XX, no deja margen para que a lo largo y ancho del Uruguay, aunque sea por una instante, no se les aparezca a la mayoría de nuestros compatriotas —en este nuevo aniversario de su desaparición física—, la imagen espléndida de Wilson, en cualquiera de las multifacéticas etapas de su vida.
Unos recordarán su paso como gobernante, pensando, analizando el corazón de un Uruguay tangible el que, a paso de gigante infatigable, dinamizaba la producción; otros mirando el banderín que decía "estamos con Ferreira Aldunante", procurado después de un entusiasta discurso o una letal interpelación. Otros por su aguda ironía, otros por esa voz salida de los grabadores, que eran seguidos por un silencio sepulcral que mi impertinencia de gurí chico perturbaba, recibiendo el merecido rezongo de mis mayores.
Concordia, Porto Alegre, la Operación Carpincho, el 16 de junio, las cacerolas frente a la Corte y mucho, mucho más, de un período que permitió que los blancos, nuevamente, escribieran, gracias a su impronta las mejores páginas de nuestra historia reciente.
Pero estos recuerdos y estas enseñanzas de vida lamentablemente están solo reservadas para sus contemporáneos, siendo, en la actualidad, algo semidifuso para las nuevas generaciones.
Sólo los que afortunadamente tuvimos una obstinación militante familiar y fuimos felizmente inducidos a vivir esas épocas teniendo apenas 8 años, podemos con veracidad y con la piel erizada dar testimonio de estas épocas. No somos pocos, pero tampoco muchos.
Hoy entre los íconos juveniles de los uruguayos menores de 28 años, no lo encontramos a Wilson como el verdadero referente que debería ser. Muchos jóvenes idolatran figuras que surgieran en los años sesenta, a mercenarios extranjeros, en la etapa más luctuosa y de enfrentamientos fratricidas padecida por nuestra sufrida América Latina, cuando, al decir de Wilson, las grandes superpotencias armaban el escenario de confrontación y nuestros pueblos con lo único que participaban era con sus muertos; otros jóvenes, los que tienen mayores oportunidades, vibran con sus logros personales y muchos más, los de menos oportunidades, se han ido del país o piensan hacerlo, como sucediera en los años que emergiera la figura de Wilson en la escena política nacional; y finalmente, como también sucediera en aquél período, la mayoría de los jóvenes descree de la actividad política como tal.
Wilson, en su tiempo, contribuyó decisivamente a revalorizar la acción política por su grandeza y amplitud de miras, colocando por encima de sus intereses personales y partidarios, los intereses de la nación en su conjunto. No dudó en realizar los grandes sacrificios que estoicamente soportara, cuando estuvo en juego la reconquista de la libertad y de la paz, en las que hasta el día de hoy vivimos y convivimos.
Ahora, es esa misma grandeza política y amplitud de miras desplegadas por Wilson, las que podrán llevarnos a sortear las grandes dificultades en las que nuevamente se encuentra sumergida nuestra sociedad, encontrando los caminos que pongan fin a tantas divisiones absurdas, para construir, entre todos, ese país más libre, justo y solidario.
Aunque sea por los jóvenes cambiemos por favor.