Esvásticas y estrellas de David

| La película se basa en un libro del historiador norteamericano de origen judío Bryan M. Rigg

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JORGE ABBONDANZA

Se trata de un documental cinematográfico de largo metraje, cuyo título ya se convierte en un curioso enigma: Los soldados judíos de Hitler (Hitlers jüdische Soldaten). Filmado por un equipo alemán, con libreto y dirección de Heike Mundzeck, se apoya mayormente en las investigaciones genealógicas emprendidas por el historiador norteamericano Bryan Mark Rigg. Desde comienzos de la década del 90, Rigg (un egresado de la Universidad de Yale) comenzó a explorar los antecedentes de su familia germano-americana. Le llamó la atención que algunos de sus parientes habían muerto en el campo de Auschwitz, pero otros habían servido en la Wehrmacht, el ejército del Tercer Reich. Entonces resolvió profundizar su investigación.

Las conclusiones que sacó de ese trabajo podrán sorprender a unos cuantos. Porque Rigg comprobó finalmente que unos 150.000 judíos sirvieron en las fuerzas armadas de la Alemania hitleriana. Claro que —según las clasificaciones de las leyes raciales de Nuremberg— se trataba de "medio" judíos, o de "un cuarto" de judíos, según tuvieran un abuelo, dos abuelos o tres abuelos de esa ascendencia. Entre esos judíos militarizados, Rigg encontró a muchos que llegaron a obtener destacadas condecoraciones por su comportamiento en los frentes de batalla. El libro que escribió entonces, Hitler’s Jewish Soldiers: The Untold Story of Nazi Racial Laws and Men of Jewish Descent in the German Military, habla de los judíos en el ejército alemán e incluye abundantes referencias a la Primera Guerra Mundial, donde hubo oficiales superiores, generales y almirantes de sangre judía.

El propio Hitler había recibido en 1915 la Cruz de Hierro de Primera Clase, gracias a la recomendación formulada por su superior, el teniente Hugo Gutmann, que era judío. En 1940, Gutmann acompañado de su mujer y sus hijos pudo emigrar a Estados Unidos y allí —según el historiador Werner Maser— recibió una pensión pagada por el Tercer Reich hasta el final de la guerra, beneficio logrado mediante la intervención de Hitler en persona. Esa curiosidad debe anotarse entre las ironías y contradicciones del régimen nazi, donde también figuraron los Befreiungs-schreiben (Pases Libres) firmados por el propio Führer, que permitían a los judíos con distinguida foja militar eludir la deportación y la muerte en los campos, junto con sus mujeres y demás familiares.

En una categoría aparte aparecen —siempre en la recopilación realizada por Rigg— los judíos que adoptaron otra identidad para integrar el ejército y hasta simular una afiliación al nazismo, como ocurrió en el caso real de Shlomo Perel (oculto bajo el nombre de Josef Perjell) que peleó en el frente oriental y cuya increíble historia fue relatada en cine por la directora Agnieszka Holland en 1990 (Europa, Europa, también conocida como Hitlerjunge Salomon). Ahora, en el material seleccionado para Los soldados judíos de Hitler, Mundzeck y Rigg incluyen "historias personales donde el cinismo con que los nazis implementaron su política de arianización, deja al espectador sin aliento". Sería interesante que esa película documental, cuyo friso histórico incluye declaraciones de sobrevivientes y testigos directos de la época, y que tuvo rodaje en varias ciudades alemanas y en Dallas (Texas) llegara a una distribución internacional y pudiera ser vista por aquí. Cabe pensar si el Instituto Goethe sería capaz de gestionar y lograr esa exhibición en Montevideo.

Otros datos curiosos vinculados a relaciones entre militares alemanes y judíos, pueden verse en El pianista, la película dirigida por Roman Polanski sobre el caso real del pianista polaco Wladislaw Szpilman, que sobrevivió a la guerra escondido en Varsovia a pocos metros del ghetto. En ese refugio lo descubre el oficial alemán Wilm Hosenfeld, ante quien Szpilman se identifica como pianista y toca un nocturno de Chopin. Ese virtuosismo conmueve al soldado, que le ofrece alimento y abrigo, invitándolo a seguir oculto. Siete años más tarde, Hosenfeld murió como prisionero de guerra bajo las rigurosas condiciones de un campo de concentración soviético.

Un punto de vista alternativo acerca del tema

El rigor del libro Hitler’s Jewish Soldiers: The Untold Story of Nazi Racial Laws and Men of Jewish Descent in the German Military, de Bryan Mark Rigg, que sirvió de punto de partida al documental del que se habla en esta misma página ha sido ampliamente cuestionado en una nota firmada por Daniel Kluger, de la publicación ucraniana Jewish Observer fechada en el mes de octubre de 2002. El autor sostiene que las más sensacionales conclusiones de Rigg son "por lo menos dudosas" y agrega: "No hubo ciento cincuenta mil soldados judíos, Hitler no tenía raíces judías, y la historia de Heydrich resulta demasiado similar a las que han atribuido un origen judío a Torquemada o Stalin, el mito de que los más crueles perseguidores de los judíos fueron los propios judíos tiene mucha fuerza en la mente de alguna gente".

Kluger señala que Rigg entrevistó a 480 antiguos combatientes de la Wehrmacht y reunió evidencia acerca de mil doscientos soldados y oficiales con raíces judías. A partir de allí practicó algunas "extrapolaciones estadísticas". Kluger se permite algún escepticismo al respecto: "Solo Dios sabe qué fórmulas utilizó en su extrapolación, pero la transición entre mil doscientos soldados y doce divisiones plenas de combatientes no me convence Por otra parte, ¿qué son están cifras sin evidencia documental?". Lo que más inquieta al objetor no es empero el libro de Rigg sino su utilización (quizás ilegítima) por parte de los usuales revisionistas, simpatizantes más o menos desembozados del nazismo y negadores del Holocausto: "Si había seiscientos mil judíos en Alemania antes que Hitler llegara al poder, y ciento cincuenta mil parientes sirvieron en las fuerzas armadas alemanas y hasta ocuparon altas posiciones (incluyendo las de almirante y mariscal de campo) quién puede atreverse a hablar de la Catástrofe?".

Uno de los aspectos del libro de Rigg que Kluger discute es la afirmación de que cientos o incluso miles de judíos recibieron la Cruz de Hierro por heroísmo en combate. Según él, sería más correcto señalar que algunos miles ("no cientos de miles") de combatientes con sangre en parte judía permanecieron en la Wehrmacht tras haber sido condecorados por su comportamiento en la Primera Guerra Mundial, cuando el nazismo no había sido aún inventado. Por otra parte, el crítico recoge del propio texto de Rigg el dato de que muchos "medio judíos" o "un cuarto de judíos" aprovecharon su enrolamiento en las fuerzas armadas para ayudar a parientes en peligro.

También subraya que algunas de las confusiones en la materia surgen de los vaivenes de la aplicación por parte del Tercer Reich de las leyes raciales de Nuremberg: "La Alemania de Hitler no fue una estructura monolítica y osificada. Era una extraña mezcla de Utopía racial y estado ordinario. Al principio, algunas afirmaciones predominaban sobre otras, y luego las cosas fueron cambiando. Por ejemplo, al principio Hitler creía que el elemento ario debía sobreponerse al semítico en el carácter de los "mezclados". Con el paso del tiempo llegó a pensar exactamente lo contrario". Kluger concluye que, como judío asimilado, el autor del libro tiene "serios problemas de autoidentificación".

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