El pragmatismo en el poder

Este verano tuve ocasión de leer un reportaje realizado por el diario ABC de Madrid al filósofo y periodista Jean-François Revel, autor de excelentes exámenes de la realidad política (Ni Marx ni Jesús y La obsesión antinorteamericana, entre otros libros). Me han impactado dos cosas: el pragmatismo de sus ideas y la referencia directa que hace a nuestro gobierno como ejemplo de ese pragmatismo que elogia y practica.

En todas las cumbres de mandatarios iberoamericanos de la última década los líderes de la región mostrábamos perseverancia y tenacidad en la defensa de la gobernabilidad. Los Estados latinoamericanos trabajaban intensamente en el perfeccionamiento de sus democracias. La Argentina, desde 2000, mostró al respecto un horrible deterioro en su sistema representativo e institucional, con una democracia debilitada por la inaguantable pequeñez del debate interno y la ineficacia olímpica de los gobernantes. El mundo no comprendió estos hechos, sólo comparables con los viejos golpes de Estado, y castigó al país con la indiferencia. Somos ejemplo global de cómo una cultura política compleja puede volverse deficiente, raquítica. En este punto, las ideologías, en vez de ser un puente entre la población y el Estado, son una enorme pared, un obstáculo. Dice Revel: "Los países que han alcanzado mejores niveles de vida han procedido pragmáticamente; las ideologías los llevaron a la ruina. Europa inventó los dos sistemas políticos más horrendos de la historia humana, el comunismo y el nazismo". América, siguiendo el mismo pensamiento, inventó el izquierdismo y el militarismo, que son versiones subdesarrolladas del odio cultural.

En sociedades con gran movilidad política como la nuestra no es aconsejable un sistema de doctrinas rígido. Más bien diría que ninguna doctrina es aconsejable en ninguna parte. El fracaso total del dogma mayor del siglo XX, el marxismo, es el ejemplo más dramático, con millones de personas empobrecidas y con hambre tras los muros derribados y en Cuba. "La izquierda debería ser la voz de la libertad, de la justicia social y el estado de derecho. Cosa que la izquierda nunca ha conseguido, sino todo lo contrario. La ideología nunca toma en cuenta los hechos cuando no le cuadran. Por eso llegan a la censura" (Revel). La libertad de pensamiento y la admisión continuada de la crítica, aunque sea muy fuerte o poco veraz, son preferibles a la más justa de las censuras.

Una sociedad práctica no se concibe sin medios de comunicación que ejerzan el poder de la opinión más diversa. La opinión pública está en la prensa y en la televisión, y ejerce gran parte del control político, junto con los parlamentos, los partidos, los órganos estatales de control, los jueces y las ONG. Por eso los medios deben ayudar a educar a la población.

Las elecciones libres siempre deben incluir gran variedad de opiniones, aún las más absurdas y antidemocráticas. Por eso vemos hoy cómo arde la campaña de mendacidad y cómo no termina de saberse quién es quién: es parte de la libertad que hemos escogido para vivir. En esa campaña hay que escuchar falacias, como los ataques a la libertad de mercado y a la globalización, que no son más que ataques a la libertad. Dice Revel: "La Argentina no ha fracasado por la mundialización o el liberalismo excesivo; ésas son tonterías. Menem tuvo éxito con prácticas liberales en estabilizar los precios: es una realidad. Con Menem, la Argentina consiguió tener moneda, un peso/dólar, y fue la primera vez que un país latinoamericano controló la inflación". Y añade respecto de mis sucesores: "Tras la salida de Menem volvieron a las andadas: culpan al FMI, al Banco Mundial, a los intereses abusivos".

La legitimidad del gobierno por venir debe estar en la racionalidad de sus actos. Todo está en el principio de gestión, es decir, en qué hará el presidente cuando se siente a decidir. Cuando se trata de proveer servicios, igualar el desarrollo social o luchar contra la pobreza, todos emparejan los diagnósticos. Pero yo estoy prevenido, después de gobernar diez años, contra los que se indignan demasiado pronto y en el gobierno no saben qué hacer. Es patético. Y desde diciembre de 1999 hasta hoy vimos bastante, de colores políticos variados y discursos penosos, actos de tremendas consecuencias y finales de zarzuela rústica, todos parecidos. El fracaso fue total, parejo. Es preciso un Estado que resuelva problemas. No se trata de su tamaño, sino de su calidad. Y la culpa no es, como está de moda decir ahora, de la injerencia del capital privado. Hay que recordar los servicios en las décadas del estatismo.

Toda república está asentada en la publicidad de sus actos. Pero es preciso sumarle órganos de control externo a cargo de organismos no gubernamentales que luchan por la transparencia, para que ellos establezcan libremente las pautas de la ética pública. Sólo una sociedad informada por expertos en políticas de transparencia va a responder y reaccionar a tiempo, con un Estado controlado por esos expertos externos. En el arte de la política sólo valen las ideas que son hechos, por lo que al abordarlas no hay que analizar el valor filosófico que revisten, sino para qué le servirán a la población puestas en práctica.

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* El autor fue presidente de la República Argentina

© "La Nación". GDA

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