Cambios de ministros

La reciente renuncia del Ministro de Salud Pública plantea una serie de interrogantes importantes. Algunas de ellas se refieren a las causas directas de la decisión del titular del cargo, otras son más fundamentales. Si bien no se llegó a poner en funcionamiento el procedimiento previsto en la Constitución de la República para la remoción de un secretario de Estado, en los hechos se produjo el equivalente material o político de aquel mecanismo. El Frente Amplio ya había expresado severas críticas en más de una oportunidad, el Partido Nacional, luego de una cuidadosa evaluación había retirado su apoyo y, además, algunos sectores del Partido Colorado dieron a conocer, con gran discreción, su disconformidad. El Presidente de la República comprendió perfectamente el mensaje y aceptó la renuncia.

Lo que debería dar motivos para pensar es la poca esperanza de vida en el cargo que parecen tener los ministros del actual gobierno (con algunas excepciones notables, que merecerían un comentario aparte) y, especialmente, los de Salud Pública (un problema que también se dio, aunque en menor medida, en el caso de gobiernos anteriores). Además, en el caso del sistema político uruguayo, a la poca duración en el cargo, debe sumarse el hecho de que, en la mayoría de los casos, con el ministro también caen su subsecretario y otros cargos de particular confianza. Se decapita la cabeza política del Ministerio correspondiente.

Nuestra época le plantea exigentes demandas al Poder Ejecutivo y, por lo tanto, a los Ministros. Pero, ¿se encuentran estos en la posición de responder adecuadamente a esas demandas? Muchas veces no es así. Por dos grandes motivos. Primero, en un escenario como el actual, donde los Ministros cambian continuamente no se puede aspirar a que una persona, ya tenga un perfil predominantemente político o técnico, tenga suficiente tiempo como para concentrar su tiempo y energía en la formulación y aplicación de políticas de real trascendencia. Segundo, el resultado de esta situación es menoscabar la importancia de la función de creación de políticas, para darle un mayor peso político, a lo permanente, a la Administración. La cual, en cualquier caso, no puede funcionar si no está liderada por secretarios de Estado enérgicos y que conozcan a fondo su Ministerio (y esto también toma tiempo).

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