BAGDAD . Al grito de "¡Vosotros queréis la guerra!" un grupo de pacifistas irrumpió ayer en el centro de prensa de Bagdad para acusar a los periodistas de favorecer con sus informaciones un ataque contra Irak.
"¿Estáis locos o qué?, ¡callad y dejadnos trabajar!", fue la respuesta de un informador que vio interrumpida su conversación telefónica por el sonido de los instrumentos con que los recién llegados acompañaron su clamor: guitarras y panderetas.
El suceso refleja el distanciamiento que se ha producido en los últimos días en esta capital entre los activistas por la paz y la prensa, a la que los primeros responsabilizan de no ofrecer una imagen fidedigna de la opinión del pueblo iraquí.
La gota que colmó el vaso fue una crónica publicada esta semana por el New York Times en la que los corresponsales de ese diario en Bagdad afirmaban que "el pueblo de Irak quiere la guerra".
En la publicación se recogían testimonios de habitantes que dejaban entrever su acuerdo con una campaña militar debido al rechazo que les causa el régimen de Saddam.
Prácticamente nadie en esta capital quiere identificarse cuando critica de manera pública al gobierno, pero lo cierto es que esas voces disidentes son un fenómeno nuevo, incluso bajo condición de anonimato.
"La mayoría queremos que Saddam se vaya, lo cual no significa que apoyemos que los (norte)americanos nos invadan y luego se queden", explica un joven que pide ser conocido como Abdu.
Este interlocutor asegura que "excepto una minoría, los iraquíes acogerían bien la caída del régimen", pero expresa a continuación su preocupación por el futuro de Irak, "sin la presencia de un poder fuerte".
No falta tampoco quien manifiesta su fidelidad a las actuales autoridades.
"A nosotros nos va bien con Saddam Hussein. Es un buen hombre que ha devuelto el orgullo a Irak y todos estamos dispuestos a defenderle con nuestra sangre", afirma Rita Haddad.
Entre lo que dicen unos y otros y a falta de datos fiables —la última referencia es el plebiscito del pasado octubre, cuando el cien por cien de la población voto a favor de Saddam, según el régimen—, es difícil sacar una conclusión.
En ese ambiente incierto, lo seguro es la aparente tranquilidad con que los habitantes de Bagdad siguen una crisis que en cualquier momento puede situarlos en el epicentro de una conflagración armada. Algunos lo explican con el argumento de que la mayor parte de ellos confía en el derrocamiento del régimen, frente a varios que insisten en que los iraquíes tienen fe ciega en el poder de su Ejército.
Existe, sin embargo, también la posibilidad de que ya se hayan acostumbrado a los bombardeos y aprendido a convivir con el síndrome de ansiedad que padecen pacifistas y periodistas hasta convertirlo en su caso en hábito. EFE