Montevideo, domingo 18 de noviembre de 1984
O hay todavía transferencia de poder. Ni siquiera han sido electos quienes van a ser sus futuros titulares. Pero ya, con el ensanchado respiro de quien ha soportado una pesadilla, podemos anunciar el despertar que nos libera del torturante ensueño.
Ahí está, bien próximo, el 25 de noviembre. Ahí está en la calle, enfervorizado y combatiente, un pueblo que tiene en sus manos la tarea de forjar su destino, empresa que nada podrá entorpecer.
¡La dictadura se va! Siempre hemos afirmado que la imperfección del hombre, impide que sus actos, por antagónicos que sean los caminos que los inspiran, constituyan la suma de lo bueno se erijan en la acumulación de lo peor. Siempre de un lado se hallará motivo para algún tizne, y siempre del otro, un rasgo positivo.
Cuéntase que los antiguos persas, cuando fallecía el soberano reinante, dejaban que durante los cinco días siguientes existiera en el reino la más completa anarquía, con el propósito de que los desbordes, latrocinios y asesinatos sin límites, que se desencadenarían, constituyeran un inolvidable antecedente, para que los ciudadanos se sintieran más obligados a guardar fidelidad a su nuevo monarca.
Hacemos la cita, para extraer de ella su verdadera lección. Que no es la de excitar la adhesión hacia fórmulas o métodos inconciliables en absoluto con nuestra filosofía, sino la de subrayar la fuerza de las reacciones frente a la recia pero esclarecedora enseñanza de la experiencia. A veces los argumentos se estrellan contra la ignorancia o la razón no puede doblegar la testarudez. En mentes con visión deformada por estas causas, o por particular conformación mental, sólo el garrotazo de los hechos les hace crear conciencia sobre su error.
¡Cuántas veces en plena, vigencia de nuestra democracia, ante los asedios económicos, las agitaciones sociales, frente a las reales o supuestas irregularidades en la administración del Estado, o las duras confrontaciones políticas, hemos tenido que soportar la necedad de las frases que reclamaban el imperio del despotismo, o el ascenso de la fuerza sobre la ruina de las instituciones democráticas! ¿Y podemos desconocer que el doloroso estigma del golpe de junio de 1973 se consolidó sobre el indiferentismo, ciudadano, cuando no, sobre la complacencia jubilosa de tantos?
Al decir esto, no aportamos causales legitimadoras, o por lo menos, con proyección atenuante, sobre un episodio que no tuvo nada, que no tendrá nada, ante el juicio histórico, que lo exculpe.
Pero pese a lo que significó este período, siguiente la ley de la imperfección que apuntáramos, podemos expresar que algo favorable ha dejado. Puede que lo sufrido no enseñe nada a los pocos, poquísimos formados en la escuela de servilismo similar a la de los que, cuando Fernando VII, volviendo del exilio napoleónico, reingresó a Madrid, liberaban del yugo a los caballos del carruaje que en él iba, para tomar las varas, y seguir tirando, al grito de "vivan las cadenas". Pero lo que se padeció en estos diez largos, larguísimos años, tiene que haber atacado, y a fondo, la frigidez de los incrédulos, la laxitud de los apáticos, la molicie de los cómodos, la óptica de los confusos, para arrancar hasta el último vestigio de una esperanza en cualquier solución de fuerza y encender el fuego de una determinación de hierro. La experiencia del caos, en el pasado enseñaba. La experiencia de la dictadura, hoy, no deja ojos ciegos.
¡La dictadura se va! Reconocemos que salvo la insuperable torpeza y la inconcebible arbitrariedad del caso Wilson Ferreira Aldunate, ha habido un proceso de lucha electoral en estas últimas semanas, en el que se abrieron las compuertas para, con alguna excepción, se produjera el franco choque de las ideas, la crítica amplia, las movilizaciones no entorpecidas; para que los medios de expresión, con libertad, opinaran, polemizaran y enjuiciaran. No admitirlo, sería exhibir un negativismo censor que no está en nuestros hábitos.
¡Pero se va! Incluso, con la cabal comprensión de sus gestores, que las vocaciones y las aptitudes mandan, lo que les ha de explicar uno de los por qué del insuperable fracaso con que cierran su gestión, y además con plena conciencia, del juicio unánime adverso que los acompaña en la hora del alejamiento.
¡La dictadura se va! Y empieza el reintegro a la democracia, que tendrá su primera vital expresión en los comicios del 25, que deben constituirse en abrumadora y categórica manifestación de un pueblo que nació libre, que vivió libre, y al que si un día se le cercenaron los derechos, está decidido a que nunca más ello ocurra, a que nunca más se encarame la prepotencia, se engrille la libertad, se encarnezca la justicia, se comprometan los horizontes de ventura que reclama.
Que nunca más vuelva una dictadura. Y para afirmar ese compromiso, comencemos por no votar a aquellos que sabemos que si un día llegan a triunfar resucitarán, multiplicado, el despotismo que hoy se retira, y que en sus manos se perpetuará. Sin término.
Que nunca más vuelva una dictadura. Y como prenda de un maravilloso destino que no demandará ni reclinatorios ni espinazos de goma, votemos por quienes encarnan, en sus ideales, el antagonismo a las tiranías. Y nosotros queremos y reclamamos ese voto para el Partido Nacional, cuyas divergencias que en grado mayor o menor no se distancian de las que exhiben otras colectividades, no alcanzan tampoco a romper esa unidad que está por encima de la variedad de las plataformas, porque se asienta en conductas que la avalan a través del programa que traza su historia, con su devoción inalterable por la libertad, con su empeñado sentido de la dignidad, con su encarnizada defensa del terruño y los valores que lo exaltan, y con su visión humanista, que toma al hombre integral como meta y fin de sus luchas.
¡La dictadura se va! Que nunca más vuelva. El juramento que en cumplimiento de nuestro deber cívico hagamos el próximo domingo, al depositar el sufragio, hermanados, los uruguayos, volveremos a renovarlo el 1º de marzo de 1985.
WASHINGTON BELTRAN