El turf ha tenido siempre un lugar importante en las preferencias de nuestros compatriotas y por más de un siglo constituyó para el Uruguay una usina de actividad económica y generación de fuentes de trabajo en todo el territorio nacional. El Hipódromo de Maroñas, su principal escenario hípico fue, concomitantemente, un centro de referencia regional en materia turística y un punto de atracción ineludible el día de reyes y las jornadas en que se disputaban grandes premios que despertaban el interés nacional y regional.
En su momento de auge esta actividad aportó fuentes de trabajo directas e indirectas para más de 60.000 personas, entre jockeys, cuidadores, veterinarios, herreros, vareadores, domadores, personal de las caballerizas y haras, empleados de los hipódromos, transportistas, y múltiples oficios vinculados directa e indirectamente con dicha deporte.
Significó también para el país un importante ingreso de divisas a través de la exportación de caballos nacidos en nuestras praderas que lograron triunfos singulares en distintas partes del mundo, y fue a su vez una vidriera importante para el Uruguay a través de la consagración internacional de profesionales, preferentemente jockeys, que descollaron compitiendo en los escenarios más exigentes del mundo.
Si Leguisamo fue grande y ahora es leyenda en la historia hípica del Río de la Plata, Falero también lo es hoy; ínterin decenas de profesionales han lucido en ambas márgenes del Plata.
A fines de 1997 el Hipódromo de Maroñas se vio obligado a cerrar sus puertas como consecuencia de la crítica situación económica que afectaba, no al turf, que mal que bien caminaba al ritmo que entonces lo hacía el país, sino al Jockey Club de Montevideo.
Tan es así que el turf ha sabido sobrevivir durante todos estos años merced al esfuerzo de criadores, propietarios, y profesionales, al entusiasmo de una afición que no se rinde, al trabajo de las organizaciones turfísticas del interior, y al destacado aporte de los sucesivos gobernantes municipales de Canelones que dieron vida al Hipódromo de Las Piedras.
Quienes conocen el mundo del turf son conscientes de la esperanza, el entusiasmo y la ansiedad que hoy ha ganado a todos quienes estuvieron o están vinculados a esta actividad, a raíz de las importantes inversiones que se vienen realizando en el Hipódromo de Maroñas con miras a una próxima y espectacular reapertura. Seguramente la inversión más importante que ha recibido el país en el transcurso de la presente administración, y que es deber del gobierno proteger y defender.
Desde el decreto de expropiación del Hipódromo, acertadamente dictado durante el gobierno del Partido Nacional, hasta las resoluciones de los últimos tiempos, todo ha contribuido a la concreción de esta suerte de "milagro" que va a significar un aporte importantísimo en materia de fuentes de trabajo y de inyección de actividad económica en una plaza deprimida y enferma de recesión.
En tales circunstancias el barrio que circunda el Hipódromo no puede quedar ajeno a la evolución en ciernes. Por eso hemos titulado esta nota simplemente, "Maroñas". Sería una gran injusticia que quienes habitan en el Pueblo Ituzaingó, en los Jardines del Hipódromo, en el propio Barrio Maroñas, no se vieran beneficiados por el aporte que esta inversión ha de significar.
Desde el Parlamento hemos hecho el esfuerzo por aportar soluciones a esta problemática cuyo eje principal pasa por la prolongación de la Avenida Larrañaga hasta las puertas del hipódromo. Hemos convocado al Intendente Municipal de Montevideo y al Ministro de Vivienda, conjuntamente, para madurar acuerdos que permitan concretar aquélla y otras tantas obras necesarias. Nos consta que los inversores están dispuestos a colaborar. Hoy los convocamos desde esta columna a concretar, porque esos vecinos se lo merecen.