Todos hemos hecho la experiencia de reclamar por una falla de lo que el otro nos está entregando —por venta o servicio— y recibir por respuesta... la negación de la falla.
—"¿Dónde lo ve podrido, doña? ¿No ve que es de la fruta..?" exclamaba el verdulero a quien mi madre le evidenciaba que había colocado en la bolsa manzanas con un costado inequívocamente blando y marrón verdoso.
—"¿Dónde pierde, don? Esto no es pérdida. El arreglo está perfecto: es el reflujo de la válvula, que en estos sistemas automáticos le mantiene una diferencia de presión del agua que..."
Quienes así niegan la evidencia transitan por el límite de la mala fe, no por una abierta voluntad de mentir —dolo directo— sino por el hábito de seguir las inconfesadas reglas de un juego de imprecisiones que en el Uruguay creció de manera alarmante, al proveernos de toda clase de pretextos para quedar muy por debajo de lo que todos sabemos que debe ser.
Curiosamente, la moda de medir en números —el grado de civilización en cifras del PBI, el resultado educativo en total de educandos y la opinión pública en cómputo de encuestados— no revirtió la tendencia a la imprecisión, que viene de décadas atrás. Al contrario: esa moda creó un manto de guarismos incontrolables por el común de la gente y un batallón de expertos y consultores que, por manejarlos técnicamente, suelen ser presentados con la actitud de "permiso, paso al que sabe".
Y debajo de ese manto del país en cifras-verdad-socioeconómica, seguimos cultivando la laxitud de nuestra cultura, el empobrecimiento del idioma, la flojedad de los propósitos, con lo cual terminamos proclamando que no se puede hacer nada en cada caso concreto porque habría que cambiar todo el sistema, lo que nunca está a nuestro alcance. La aceptación del mal en esa vía de "me entregué sin luchar", es consuelo de muchos... pero ¡vaya si ese consuelo se nos revela endeble cuando debemos enfrentar una crisis como la actual!
Es que las fuerzas con las que hay que contar para salir del pozo no pueden esperarse de un conjunto de actos impersonales que resulten de la cruza de hechos técnicos, buen clima y decisiones de un Estado que hoy nadie sensato quiere que sea todopoderoso. El clima de la ciudadanía y la vida de la sociedad dependen, en un país libre, de lo que cada uno toma a su cargo, irguiendo su conciencia y su acción por encima de lo que por costumbre "se hace entre nosotros. Porque ese "nos-otros" se usa como un diferenciante que para gambetear "aquí en la feria", "entre nosotros los plomeros" o "aquí en el Estado, que los que vienen de la actividad privada no entienden" o aquí en la agencia, que abre cuando quiere, porque le dieron el monopolio a esta actividad privada...
Ese mal no es ni del sector público ni del sector privado, que en esto, desgraciadamente, sectores incontaminados no hay, ya que estamos ante una verdadera pandemia. Nos hace perder el valor inmenso de esa suma de entregas, sacrificios, dolores e inmolaciones por ideales —Beltrán, Brum. No se sustituye por ninguna pasividad ni se justifica con la resignación de "total el país no va a cambiar": tal muletilla parece justificarse en el corto plazo, pero carece de esa universalidad y fecundidad que rebozaban los viejos refranes y las improvisadas décimas de los payadores que construyeron la sabiduría y la moral popular.
Esa sabiduría y esa moral por la cual otros vendedores de fruta, otros plomeros, otros funcionarios públicos y otros trabajadores privados, honran la vida reconociendo sin miedo lo que está mal, discutiendo con sus propias flaquezas y descorriendo los velos de misterio de las palabras y las cosas, sirviendo al prójimo de manera que la vida no sea un callejón de sueños muertos sino un festival del espíritu en lucha.