Llamamos agenda al horario apretado de un día y al plan de trabajo de seis meses. Llamamos agenda al librito y al procesador de bolsillo. Llamamos agenda a la lista de temas a tratar en reunión formal. Y llamamos "razones de agenda" a un impreciso —pero "generalmente aceptado"— argumento de sobrecarga, que sirve de comodín.
Inicialmente, "agenda" no quiso decir nada de eso. Agenda es palabra latina, gerundio del verbo "agere", que en francés se calca como "agir" y en italiano como "agire", que en español genera actuar, accionar, reaccionar, agente, etcétera, y que en portugués, inglés y alemán proyecta varios derivados. "Agere" es hacer, actuar, mover hacia adelante, impulsar, crecer, obrar.
Hoy 2003, cuando tócanos revertir la marea de una crisis que vino a instalarse sobre un largo decaimiento, deberemos aprender, de un saque, a vivir nuestra agenda en imperativo... ¡para conseguir movernos precisamente!
Largas décadas en las cuales hemos mirado la vida colectiva como un distante proceso socioeconómico y hemos confundido el proyecto personal con la protección estatal al empleo público o al sector privado en que medrábamos, nos amputaron el sentimiento de que la vida es emprendimiento por cuenta propia y nos achicaron el horizonte cultural —y el económico por añadidura. Así, llegó a parecernos natural recortar nuestra responsabilidad, sin darnos cuenta de que con ello rebanamos nuestra propia persona; así, descendimos a conversar sobre adaptaciones sin sueños y a hablarnos de política como una administración sin ideales; y así, llegamos a aceptar pasivamente que nuestro destino lo diseñen los felices aciertos vecinos de un Duhalde que asumió trémulo, en el pretil de una institucionalidad trizada, o los augurados éxitos de un Lula, que llega con tal fuerza en la soberanía de las urnas que sólo es comparable a la Selva del Amazonas cantada por Vilalobos.
Tanto fue así que, parafraseando a Disraeli, podríamos decir que a fuerza de repetirnos que éramos chicos, hicimos pequeñas nuestras vidas. La aplicación a todo de un método único —el desmenuzamiento por análisis— nos privó de los frutos de la intuición —Bergson— y de la afirmación incondicionada de valores. Perdimos de vista todo lo que aportaron a la historia pueblos poco numerosos como fueron en la antigüedad los de Grecia y el Latio y lo han sido modernamente Suiza, Escandinavia y actualmente Costa Rica. Todos —incluyéndonos nosotros, que supimos estar a la cabeza del continente— se hicieron faro afirmando radicalmente ideales y empujando su pensamiento hasta crear respuestas propias, en vez de empacharse con los datos negativos de su comparación con terceros.
Un trasfondo mecanicista, determinista y antihistórico corroyó las bases mismas del sentimiento de lo que debe ser, colocando en la izquierda vagorosas y aplazadas esperanzas revolucionarias y generando una derecha política con más resignación que ideales. Con lo cual, hemos llegado a ser personas flacas de argumento interior y pueblo ambulante por el desierto.
De esa enfermedad colectiva del alma, nos podremos salvar si recuperamos el sentimiento de agenda: no como el proyecto rígido que se hace en un sólo golpe de razón sino como la actitud cada vez más respondente frente a la verdad de que no hay dos instantes iguales, pero todos nos instan... "a llenar el minuto implacable con el valor de 60 segundos de distancia recorrida", al decir de Kipling.
Debajo de los dolores, asoman hoy por todas partes brotes de salud. Tras el Uruguay de hombros caídos, nos renace un Uruguay con ganas, de aquí estoy y aquí me quedo. Requiere una teoría del hombre que le reponga el alma entera a la vida práctica, restableciendo el círculo dialéctico de pensamiento y acción. Pide personas que sean ellas mismas y no el mero promedio de las expectativas que creen encuestar en los demás. Pide agenda abierta que canalice la energía de la vida, en vez de taponearla. Pide nuevas síntesis de viejos ideales sin los cuales perdemos hasta la cédula de identidad.