A primera vista, parece un tema de política internacional, algo que a los uruguayos no tiene por qué parecerles importante. Pero que Estados Unidos haya puesto a Pix -el sistema de pagos instantáneos y gratuitos del Banco Central de Brasil en el centro de su propuesta de aranceles del 25% a los productos brasileños- dice más cosas de lo que a primera vista puede parecer.
Pix nació a fines de 2020 y, según el Banco Central brasileño, hoy lo usan más de 170 millones de personas, de las que más de 70 millones se incorporaron al sistema financiero a partir de esto. Solo en mayo de 2026 se procesaron 7.900 millones de transacciones por unos 650.000 millones de dólares. Es el segundo esquema de pagos en tiempo real más grande del mundo, detrás del UPI de India, y es gratuito para las personas y barato para los comercios. Un estudio publicado en 2022 por el Banco de Pagos Internacionales calculó que la comisión promedio para comerciantes era de 0,22%, contra alrededor de 1% de las tarjetas de débito y 2,2% de las de crédito.
Cada pago por Pix es un pago que no pasa por las redes de tarjetas ni deja comisión a las billeteras de las grandes tecnológicas como Apple Pay y Google Pay. Ahí está el problema. La Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR, por su siglas en inglés) planteó a partir de la Sección 301 de la Ley de Comercio que las políticas alrededor de Pix son "injustas y discriminatorias" porque Brasil favorece a Pix en detrimento de los proveedores de pagos estadounidenses, mediante topes a las comisiones y la obligación de que todo banco con más de 500.000 clientes lo ofrezca. Agregó su preocupación por el conflicto de interés detrás de que el Banco Central opere el sistema y a la vez lo regule.
Pero ese argumento es de dudosa credibilidad. Según el The New York Times, EEUU tiene superávit comercial con Brasil desde hace más de diez años y la India tiene un sistema casi idéntico, también sin comisiones, que la USTR no investiga ni investigó.
Pero esta columna habla de Pix sobre el convencimiento de que este caso es clave para América Latina, por lo que Pix representa. Desde hace décadas, la región es importadora de tecnología, desde los pagos, la nube, las plataformas, hasta la identidad digital están en manos de un puñado de corporaciones del norte global. Pix vino a romper este esquema. No es una copia adaptada ni una concesión a un gigante extranjero, sino infraestructura financiera crítica diseñada por técnicos de un banco central latinoamericano, pública, gratuita y masivamente adoptada. Con cada transacción demuestra que en algunos casos el Estado puede ofrecer una alternativa mejor a los monopolios privados y que la inclusión financiera puede ser un acto de política pública.
Pix es contagiosa. Colombia lanzó un sistema inspirado en ese sistema y existen conversaciones para llevarlo a Paraguay y también a Argentina. Si este virus comienza a expandirse, la región podría liquidar pagos entre vecinos sin pasar por redes estadounidenses ni, eventualmente, por el dólar. Tal vez por la preocupación que eso genera en el presidente Donald Trump fue que el precandidato brasileño Flávio Bolsonaro prometió en Washington impedir que Pix se vincule con sistemas de liquidación no occidentales si llega a ocupar la Presidencia.
Es por eso que la presión no es solo sobre Brasil. Organizaciones como Derechos Digitales advierten que el objetivo es aleccionar a los países de la región que quieran independizarse de los conglomerados que capturan mercados vitales como el financiero. La paradoja es que el ataque fortalece lo que busca frenar, en Brasil, defender a Pix se volvió una causa que atraviesa a todas las clases sociales e ideologías. La lección para la región tal vez sea que la soberanía digital dejó de ser una consigna que viene desde la academia y es el próximo campo de disputa geopolítica.
Y esta vez América Latina tiene algo que muy pocas veces ha tenido. Un caso de éxito que puede defender.