CASA CERRADA

Un hogar entre Uruguay y Argentina: la travesía de cruzar el río en pandemia 

Vivió 27 años en Montevideo y decidió volver a su país. En febrero de este año lo logró: cerró un negocio, armó las valijas, puso en alquiler su casa y se fue. Las cosas no salieron como planeaba.

Marcela y la decisión de volver a casa.
Marcela y la decisión de volver o no a casa. Ilustración: Florencia Sityá.

"Ya sabés”, me dijo mi exsuegro, “si todo está mal, se vienen”. Todavía recuerdo sus palabras que en el momento parecieron lejanas pero que después se hicieron realidad. Era 1995 y en Argentina la estábamos pasando mal, no conseguíamos trabajo y la inflación en los productos era abismal. Recuerdo ir a comprar algo en la mañana, volver en la tarde y que el costo fuera cuatro veces más alto.

Mi expareja era uruguayo así que decidimos venirnos. Yo tenía 20 y pocos años y dos hijas. La partida fue muy triste. Fuimos en un taxi al puerto con mi familia y lloré. Lloré tanto. Pensé en mis hijas, en dejar atrás a mi familia, a mis amigos, a las calles transitadas durante tantos años, a los olores de mi ciudad.

Los primeros años en Uruguay fueron de mucho sacrificio, de esperar a que el esfuerzo diera sus frutos para empezar a estar mejor. Mi vida acá en Uruguay siempre fue dedicada a mis hijas mientras hacía cursos de estética. Después que se independizaron, yo me divorcié. Fue otro momento difícil porque lo viví bastante sola, acá no tenía muchos amigos, pero las ganas de salir adelante fueron más fuertes.

Tras 27 años en un país que no era el mío, en 2018 tomé la decisión de volver a Argentina. Tenía miedo, pero se iba disipando a medida que internalizaba mi decisión. Muchas veces recordaba ese llanto en el taxi cuando dejé mi país y creo que ese llanto me hizo crecer o fue el principio de mi evolución. Tenía claro que mis hijas tenían su vida independiente y que lo afectivo siempre iba a estar.

A fines de febrero de 2020, con muchas ilusiones, lo hice. Vendí muchas cosas, cerré un negocio, preparé mis valijas, puse un cartel de “se alquila” en mi casa de Montevideo y me fui. Volví a Argentina muy contenta a pesar de tener a mis hijas y mi nieta no tan cerca, con la ilusión de estudiar en la universidad. Me quedé en la casa de una mis hermanas que vive en La Plata. Me recibió y me brindó lo poco que tiene. Para mí era tan noble su actitud que me hacía todo tan fácil.

Enseguida salí a repartir mi currículum y me llamaron para trabajar como encargada en una peluquería. Estaba todo listo para que empezara cuando comenzaron a circular noticias sobre el coronavirus. Primero mirábamos en la televisión cómo crecían los casos en Italia, después llegaron los primeros a Argentina y, aunque eran en Buenos Aires, desde la peluquería me dijeron que había que esperar a ver cómo evolucionaba todo. Y entonces empecé a sentir incertidumbre y un vacío muy grande. De repente todo había cambiado.

No me dio tiempo a tomar una decisión final. No sabía si quedarme o irme. De golpe cerraron las fronteras y sentí una angustia muy grande. Mi hermana y su familia me contuvieron mucho. Decidí volver a Uruguay porque nadie sabía qué iba a pasar y no quería estar lejos de mis hijas. Pero cuando tomé la decisión ya era tarde. En Buquebus era imposible conseguir pasajes, sacaban comunicados por Facebook, daban mil vueltas, cambiaron dos veces las fechas.

Cuando logré tener los pasajes y ya iba camino a Puerto Madero, me pararon dos veces en la calle para pedirme documentos y pasaje. Al llegar al puerto estaban los pasajeros en fila con barbijos y tomando distancia. Pude observar ojos grandes como queriendo ver todo: algunos estaban alertas, como buscando la tranquilidad para estar bien; otros ojos eran chiquitos como si estuviesen abatidos por la situación.

Desde allí miré hacia la ciudad: no era la misma, se había apagado, tan solitaria, tan austera.

Subí al barco en el medio de una llovizna de olor fuerte que me salpicó. Nos hicieron sentarnos distanciados; para ir al baño había que levantar las manos. Era como estar en guerra con algo que no podías ver ni oler ni tocar. Teníamos la sensación de estar acorralados.

Llegué a Uruguay a estar en cuarentena, y unos vecinos me traían alimentos. Reencontrarme con mi casa que estuvo a punto de alquilarse me hizo bien. Sabía que cualquier cosa que pasara podía abrir la puerta y salir corriendo al encuentro con mis hijas. Cuando finalmente nos vimos, una sonrisa grande se nos dibujó en el rostro con abrazos incluidos y el grito de mi nieta de “¡viniste, abuela!”. Sentí alegría y paz.

Ahora me imagino quedándome en Uruguay. Soy una trabajadora independiente, sobrevivo, puedo seguir adelante. Estoy tranquila por mis hijas y mi nieta. Como vivo cerca de la playa voy todos los días, miro al horizonte y pienso: soy de aquí y de allá, tengo esa dualidad porque Uruguay me da esa tranquilidad propia del lugar, y Buenos Aires, mi Buenos Aires querido, la locura que emana de la gente y del entorno.

*Edición: Soledad Gago y Rosalía Souza

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