JORGE ABBONDANZA
Durante buena parte del siglo XX, el Uruguay se destacó en el marco sudamericano por el nivel de sus actividades culturales y sus logros artísticos, desde la pintura o el teatro hasta la música académica o el periodismo especializado. A pesar de los altibajos institucionales, económicos y políticos, ese rasgo distintivo no se extinguió, permitiendo conferir un sello respetable al más pequeño y más despoblado de los países de la región. El Uruguay tenía su pabellón propio en la Bienal de Venecia y hasta una clase política capaz de fundar certámenes artísticos y establecer premios nacionales cuya aureola ha perdurado hasta hoy.
Pero los años y el desgaste cultural han terminado por barrer aquel país, y lo que persiste hoy es un residuo que puede apenar a los viejos observadores de aquel proceso. Ayer se inauguró en Porto Alegre la 8ª Bienal del Mercosur, un encuentro de artes visuales cuyo nombre parece sugerir que al menos reúne manifestaciones de los cuatro países integrantes de ese mercado común en el que, como se sabe, figuran desde su fundación Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay. Pero no es así, porque el Uruguay no está presente en la gran exhibición. Según parece, los delegados de esa bienal consideraron que aquí no hay creadores calificados para integrar ese espacio artístico, cuyo lema en la oportunidad es "Ensayos de geopolítica".
La responsabilidad de que el Uruguay esté excluido de la bienal no debe recaer en los artistas sino en las autoridades correspondientes, y quizás en su falta de vínculos con los vecinos brasileños, en su despreocupación ante el descarte, en la ausencia de una respuesta o una reacción frente a una importante convocatoria, en su aparente desinterés ante esa marginación. Si se recuerda el intenso y múltipele intercambio con el exterior que enriqueció al Uruguay de los años 50 y 60, el gradual aislamiento de la cultura nacional de hoy es un hecho alarmante, sobre el cual debería opinar -o tomar medidas- algún funcionario jerárquico, si es que tiene el ánimo de cumplir con esa obligación. Es improbable, luego del embarazoso incidente en torno al último Salón Nacional o a la ausencia uruguaya en la Bienal de San Pablo y a los problemas del envío a la Bienal de Venecia.
La coalición que gobierna el país, que se define como progresista y cree estar atenta a los asuntos culturales, debe demostrar que su conciencia artística no se ha evaporado y decir -o hacer- algo al respecto, en momentos en que tanta gente está afligida por el episodio de Porto Alegre. Esa gente, y los artistas uruguayos ante todo, merecen una explicación.