Antes de ayer tuvo lugar la séptima y última función con orquesta en vivo del espectáculo de ballet cuyo repertorio y dirección general tuvo como principal responsable al joven y experimentado director de escena James Amar, quien llegó de Francia para trabajar junto al cuerpo de baile estatal durante un mes.
Previo al estreno, Amar había definido el espectáculo que dirige como "una propuesta optimista, alegre, divertida, con mucha técnica y numerosos bailarines en escena". Y efectivamente, luego de terminada la hora y media de representación (dividida en tres partes) uno llega a la conclusión de que entre la idea previa de Amar y el resultado concreto no hay distancias, es decir, logró su objetivo.
Aunque para quien escribe, y aquí entra el problema del gusto, el punto débil del espectáculo es el sobrepeso de ballet romántico en su peor faceta: la optimista. Porque si en algo fueron maestros aquellos autores decimonónicos fue en darle un gran vuelo lírico y alto nivel estético a la tristeza.
Porque la sobre dosis de chin-pun-chin-pun de los aires de vals repetidos una y otra vez se vuelve insoportable para un escucha del Siglo XXI, y más con una sección de metales (el brillo y la chispa de la alegría orquestal) que no suena siempre ni afinada ni precisa rítmicamente ni con un volumen adecuado.
En otras palabras, y mirando el repertorio en perspectiva, sobró el ballet Napoli (1842) musicalmente hablando; aunque aportó, eso sí, un interesante despliegue escénico en el que predominaron los movimientos colectivos (unos 35 bailarines) en una coreografía que sobre el final encuentra su mejor momento.
Esta pieza, con música de cuatro compositores daneses y libreto del francés August Bournonville, presentó, al menos en esta versión, otro problema: si uno no conoce el argumento de la historia a priori, éste no se entiende. En ese sentido, su contrapartida es El sombrero de tres picos, que tiene la virtud de trasmitir con claridad una historia que también tiene como centro una peripecia amorosa protagonizada, al gusto romántico, por tipos populares (pescadores en Napoli, molineros en El sombrero...).
El único remanso lírico de la noche vino de la mano del archiconocido "pas de deux" de La bella durmiente, realizado notablemente por Rossana Borghetti y Sebastián Arias. Aquí el refinamiento sonoro de Tchaikovsky se vio correspondido por una coreografía (Petipa versión Nureyev) sobria, finamente diseñada, y con una buena cuota de ese sentido de la elegancia tan francés.
El set de solistas culminó con otro "pas de deux" muy trillado, el de El Corsario, que como se sabe es mucho más gimnástico y extrovertido que el anterior. Aquí brilló sobre todo Paulo Aguiar quien mostró un muy buen manejo técnico sin quedarse en un mero despliegue mecánico, atlético, algo que suele suceder a la hora de recrear este famoso fragmento cuya coreografía también pertenece a Marius Petipa.
Y por fin, en la tercera parte llegó la sonoridad más contemporánea del gran Manuel de Falla a través de El sombrero de tres picos (coreografía de Massime), que junto con el "pas de deux" de La bella durmiente fue lo mejor de la velada. Se completaba así un programa cuya estructura presentó las dos piezas más íntimas (fragmentos) enmarcadas por dos obras colectivas y completas. Por otra parte, la mejor perfomance de la Ossodre se dio en la recreación de una formidable partitura de Falla, que se inspira en el andalucismo sin caer nunca en la caricatura.
critica | eduardo roland
TEMPORADA DE BALLET DEL SODRE
Dirección. Eduardo Ramírez
Maestro invitado. James Amar (Francia)
Dirección musical. Fernando Condon
al frente de la Ossodre
Solistas. Rossana Borghetti,
Sebastián Arias, Andrea Tio, Paulo Aguiar,
Patricia Martínez, Luis Ramos
Programa. Napoli, La bella durmiente
(Pas de deux), Corsario (Pas de deux),
El sombrero de tres picos
l Lugar. Sala Brunet, lunes 2 de junio