MATÍAS CASTRO
Los mismos productores lo dijeron. Rial también lo dijo en el primer programa. Y es más obvio que pelea de vedettes en temporada de verano. Una de las principales razones para participar en Gran Hermano es buscar fama. Algo de eso está pasando en el caso de la primera expulsada, Claudia Ciardone, de la que se confirmó que será la tapa de Playboy de febrero.
Habilidad, algo de maldad, suerte y carisma (además de atractivo físico), son elementos importantes en este camino. Los ansiados quince minutos de fama no se dan sólo cuando los participantes están dentro de la casa y todo el mundo comenta sobre si se pelearon, si estaban de buen o mal humor, o si se rascaron la cabeza más de lo necesario.
Como buena parte de los reality shows, los participantes los ven como una puerta al mundo de los medios, las pasarelas, los aplausos y el dinero. Esa especie de pecera panóptica (si se acepta el adjetivo inventado) es probablemente una de las invenciones más radicales que ha tenido la televisión. La audiencia mira con avidez a un grupo de gente discutir y generar grandes conflictos acerca de nada (exactamente como pasa con buena parte de la farándula). Pero los participantes disponen sus vidas para que éstas se expongan a un grado al que ni siquiera llegan los más famosos del planeta (por ejemplo Tom Cruise), con la salvedad de que se trata de un experimento de laboratorio.
Se dice que Gran Hermano es un juego, pero de eso no tiene mucho, aunque los participantes enfrenten desafíos y juegos todos los días. Es una carrera en la que ganar no asegura un premio duradero. Perder, como el caso de Ciardone, puede dar una oportunidad. Lo único que ella necesitaba para llegar a la tapa de Playboy era un poco de Gran Hermano. Tuvo más olfato para los medios que sus compañeros.