Una pareja desencontrada y singular

| Critica | JORGE ABBONDANZA LEE MIS LABIOS Sur mes lèvres Director. Jacques Audiard. Libreto. Jacques Audiard, Tonino Benacquista. Fotografía. Mathieu Vadepied. Sonido. Marc-Antoine Beldent. Elenco. Vincent Cassel, Emmanuelle Devos, Olivier Gourmet, Olivia Bonamy, Olivier Perrier, Bernard Alane. Francia 2001.

A la altura de su tercer película, el director francés Jacques Audiard propone aquí una heroína insólita: esa muchacha es sorda, feúcha y solteronil, está empleada en una gran empresa y se relaciona con un pillo recién salido de la cárcel que modificará su comportamiento, sus métodos de trabajo y hasta sus aspiraciones en la vida desde que comienza a colaborar en la oficina. Bajo un manto de lirismo noir, ese vínculo comienza con tensiones y disimulos a medida que el joven (casi marginal, bastante agresivo, muy desaliñado) se adapta a su nueva obligación laboral. Pero lo bueno vendrá después, a medida que los dos personajes demuestran complementarse inesperadamente: cada uno tiene lo que al otro le falta, de manera que esa alianza facilitará a la mujer el feroz enfrentamiento con un jefe corrompido y permitirá al hombre beneficiarse con la sagacidad de su amiga en medio de otras peripecias.

Porque en la segunda mitad de la película hay un hecho delictivo y salpicado de violencias, que puede rendir abultados dividendos a la pareja: allí son utilizadas las habilidades de la protagonista (que no oye pero puede leer los labios del prójimo a distancia) mientras su amigo opera en un lugar nocturno cerca de mafiosos que manejan demasiado dinero. Todo el final está lleno de sangre, de choques y también de ironía, mientras la película no pierde su gracia flotante aunque se sumerja en situaciones brutales. Parece difícil clasificar el resultado dentro de un género, cosa que ya fue señalada por Audiard, porque su película participa de rasgos del cine policíaco aunque también de la comedia de costumbres, por no hablar del tenue romanticismo que la envuelve, aunque la pareja central resulte un paradigma anti-romántico en apariencia, conducta, diálogos y sentimientos.

Audiard, que también interviene en el libreto, es un hombre sagaz, capacitado para insinuar cosas sin necesidad de aclararlas y dueño de un lenguaje bien equipado para dinamizar un relato con elipsis que permiten a la historia caminar velozmente, dando de paso al espectador la gratificante sensación de que se confía en su perspicacia. El director maneja además una estética de restallante modernidad, donde el juego de la cámara tiene sus relampagueos junto al oleaje de una banda sonora que se agita entre los silencios y el estruendo, respondiendo a dos cosas: al hecho mismo de que la protagonista es sorda (por lo cual el espectador escucha o deja de oir las cosas según ella se coloque o se quite los audífonos) y al otro hecho de que los vaivenes de la pareja joven cubren desde la placidez hasta el repentino estallido, ondulando así junto a una pista sonora que se hamaca igualmente entre el susurro y el trueno.

El resultado es siempre entretenido y a menudo seductor, explicando la ascendente notoriedad de Audiard en cine francés, los premios que ha obtenido y el respeto que merece su sello personal, sobre el cual los espectadores locales pudieron tener indicios en el estreno de una de sus dos películas previas (Mira a los hombres caer, 1994, con Trintignant y Jean Yanne), donde ya figuraban el tono zumbón y el ingenio a veces divertido que el realizador engancha en sus relatos. Un valor adicional en Lee mis labios es el trabajo de los actores, no sólo por la reserva emocional y la convicción de Emmanuelle Devos sino por el aplomo y la soltura con que Vincent Cassel compone a ese delincuente que habla en un argot impenetrable. Que ambos resulten creíbles es otro dato a favor del director y otra ventaja para saborear holgadamente esta comedia.

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