EL MERCURIO
Ed Zikov, el autor del reciente libro Amarga victoria, se encarga de resumir su mirada a la vida de Bette Davis desde el prólogo: "Es la historia de su vida concentrada en su arte. Escribo más sobre sus películas que sobre, por ejemplo, sus matrimonios, porque me importan mucho más y porque definen su legado de una manera que una serie de maridos fallidos no pueden".
El libro, que en Estados Unidos se publicó a finales de octubre de 2007, salió el viernes en España, justo cuando se conmemoraba el centenario del nacimiento de una de las máximas divas de la historia de Hollywood. Zikov, quien también ha escrito biografías de Peter Sellers y Billy Wilder, entrega en las más de 400 páginas de su libro una imagen de la estrella que se asemeja bastante a la que proyectó en pantalla: un talento inigualable que contrasta con un carácter fuerte y una personalidad que raya en lo odiosa. De hecho, una de las anécdotas que se cuentan es que a la actriz le gustaba emborracharse en las fiestas, insultar a todos los invitados, y al día siguiente, como disculpa, enviarles un canasto de verduras podridas.
Según los críticos, "Amarga victoria" no trae revelaciones sorprendentes, especialmente porque sobre una leyenda como Davis se ha escrito de todo; incluso, ella publicó sus memorias. Pero sí se preocupa de desmitificar algunos pasajes de su historia e incluye un par de sorpresas. Por ejemplo, el hecho de que la actriz quería un marido homosexual e incluso le propuso matrimonio a varios, o que a pesar de lo que ella misma siempre dijo, no le puso "Oscar" a la primera de las dos estatuillas de la Academia que ganó en honor a su marido de entonces. Entre lo más chocante está el cruel contenido de su testamento, que dejó afuera a prácticamente todo el mundo, excepto a su secretaria Kathryn Sermak.
Rivalidad de película
No queda afuera su famosa rivalidad con Joan Crawford, que habría comenzado durante el rodaje de Peligrosa (1935), cuando Davis fue sorprendida teniendo sexo con Franchot Tone, un actor supuestamente devoto de Crawford. La conclusión del libro es: "A Bette Davis no le importaba nada. Nos desafía a odiarla, y muchas veces lo hacemos. Y por eso la amamos".