Basada en hechos reales, esta fuga había sido contada por el argentino Claudio Tamburrini en una novela autobiográfica. Sobre ese texto se apoya ahora la película para recrear los padecimientos de varios muchachos retenidos y torturados en un centro clandestino de detención durante la dictadura militar que gobernó la Argentina entre 1976 y 1983. En ese grupo de cautivos hay militantes estudiantiles y también hay guerrilleros, pero la ferocidad del aparato represivo cae igualmente sobre todos ellos con un repertorio de apremios físicos que sólo en una escena son mostrados frontalmente. Esa sobriedad no rebaja el dramatismo del cuadro, porque la violencia también estalla en el trámite verbal entre los alaridos de los carceleros y el lamento de sus víctimas, y además porque las señales del tormento están marcadas durante buena parte del relato en el cuerpo desnudo de los prisioneros. El resultado es una vigorosa estampa del horror que se vivió en la época: el episodio narrado comienza en noviembre de 1977 y se cierra en marzo de 1978, cuando cuatro de los muchachos consiguen escapar de su encierro.
La capacidad más visible del director Israel Adrián Caetano, un uruguayo a cargo de este film argentino, consiste en la veracidad que logra arrancar de su reconstrucción.
En casi todo momento es estremecedor el clima con que Caetano envuelve esa batalla entre la intimidación y el miedo, no sólo porque visualmente hay un esmero en el escenario penumbroso y deshumanizado del lugar (una vieja quinta abandonada de la localidad de Morón), sino porque todo el elenco aporta además su propia convicción, que alcanza niveles intensos en el protagonista Rodrigo de la Serna y en el carcelero que compone Pablo Echarri. De esa calidad sólo debe descontarse la incapacidad de la actriz que retrata al comienzo a una madre espantada y más adelante unos pocos artificios en el diálogo. Pero todo el resto consigue conmover a su espectador y eso debe reconocerse doblemente, en primer lugar porque demuestra el empeño con que enfrentaron el desafío Caetano y su equipo, y en segundo lugar porque estos hechos forman parte de un necesario testimonio sobre épocas que a nivel regional no siempre se han evocado (en teatro ni en cine) con este control, esta fidelidad y esta energía expresiva. La calidad se mantiene cuando el cuarteto prepara y lleva a cabo su fuga de la oscura Mansión Seré, porque la película sabe eludir el sesgo aventuresco del caso, que pudo trivializar toda la propuesta, aplicando al operativo un nervio y una tensión que reflejan el constante temor de los personajes y el de la gente con la que se cruzan. Asombrosamente, esa huida tuvo éxito y las leyendas finales dan cuenta del destino que tendrían esos cuatro prófugos que hilaron habilidosamente su liberación. Uno pasaría a vivir en Francia, otro lograría escapar hacia Barcelona y otro se radicaría en Suecia, que es quien más tarde dejó constancia escrita del episodio.
La película acaba de obtener un premio en el Festival Latinoamericano de Lima. Esa recompensa es merecida, pero hay que agregarle el elogio que corresponde a su voluntad documental y a la sensibilidad con que Caetano se maneja, hasta una imagen final en la que hay señales de que la vida prosigue, acompañadas por un gesto del protagonista que parece tan elocuente como el resto de la historia.
CRITICA/J.A.
Crónica de una fuga
Dirección. Adrián Israel Caetano
Guión. Adrián Israel Caetano, Esteban Student y Juan Loyola sobre libro de Claudio Tamburini
Fotografía. Julián Apezteguia
Producción. Oscar Kramer, Hugo Sigman
Elenco. Rodrigo de la Serna, Pablo Echarri
Argentina. 2006