Un Strauss sin valses de fondo

Rebar

U no escucha el apellido Strauss y piensa en valses y operetas: sobre todo si es bien pronunciado, y no como lo mencionaba la nueva rica: "A mí, me encanta la música de Strauch"... (que era, en realidad, famoso por su creolina "La buena estrella"). Los Strauss de marca en el orillo de Viena, fueron Johann (el viejo) y su hijo Johann (el joven). El que da tema para la columna de hoy -Neil Strauss- no es compositor ni director de orquesta, pero sí tiene que ver con la música -es crítico en la materia-; y, además o antes que eso, escritor.

Físicamente, Neil era un sujeto de esos que las damas más refinadas suelen calificar de auténtico asco: flaco, en un calco esquelético del finado Ninguno; estatura, de muestra gratis sin valor; con unos anteojos de carey que colaboraban eficazmente en el desastre, balanceándose sobre una nariz enorme y ganchuda... el pobre desgarbado era el niño de las monjas: no ligaba una. Cuenta él mismo que, de adolescente, sus rezos le perturbaban el sueño: "Por favor, Dios mío, no dejes que muera sin una noche de amor". En medio de tanta angustia, un día decidió transformarse totalmente, desde el nombre: se preguntó qué les gusta más a las mujeres, y una vez que respondió a su propio cuestionario montó la "Operación Seducción". Estudió magia -relata "Perfil"- aprendió a bailar, a cantar, hasta análisis caligráfico y tarot, "para hacer algo que a las mujeres les encanta; oír a los hombres hablar de ellas". Se empilchó: se afeitó el cráneo; se colgó unos aritos en ambas orejas ambas, y bajo el seudónimo de "Style" salió a la caza de la ballena, adoptando ciertos procedimientos cuya infalibilidad fue confirmando con paciencia y confianza. Llegó el éxito: y oyó el llamado de su conciencia, que le acusaba de egoísta y le proponía difundir sus tácticas para que todos los hombres del mundo aprendieran a enamorar a la mujer. Escribió y editó "El Método", un manual de seducción que ya vendió cien mil ejemplares en Estados Unidos. La razón del triunfo reside -según él- en aparentar indiferencia ante una mujer bella; no pedir el número de teléfono ni darlo; evitar mirar a la "presa" por más de tres segundos; no consumir drogas o tomar demasiado alcohol en el partido preliminar, a fin de estar fresco para el match de fondo... todo eso, y bastante más, incluido en el Decálogo del Ganador, que aconseja leer con atención, repasar con interés y practicar con fe, aunque en algunos aspectos pueda sonar un tanto ridículo por lo mismo que destruye los catálogos clásicos de la seducción. Hay, especialmente, una recomendación que rompe todas las reglas conocidas: es la número 5; "Jamás invitar a una mujer a la que se pretenda seducir. Tampoco un trago. Y no regalar nada hasta después de la primera cita". Curioso, ¿verdad?... Claro, puede haber en eso un trasfondo económico: hoy día, si el caballero, ya de entrada, tiene que cargar con ese muerto (menú, tragos, obsequio) empieza con déficit.

Volviendo al suceso de Neil ("Style") Strauss, tengo la impresión de que puede ser una feliz consecuencia de que se le achicó la nariz y le creció la estatura.

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