Un siglo del cubano Alejandro Carpentier

Alejo Carpentier había nacido en La Habana el 26 de diciembre de 1904 y murió en París en abril de 1980. Esa vida, de cuyo comienzo se cumplió ayer domingo el centenario, le permitió desplegar una obra literaria que debe contarse entre los ejercicios de estilo más esplendorosos de las letras latinoamericanas del siglo XX, caracterizado por un barroquismo expresivo que se apoyaba en párrafos enjoyados por una adjetivación opulenta, a través de la cual las frases viboreaban como arabescos interminables. Una prosa tan preñada de relieves participa del horror al vacío que caracteriza al barroco en cualquiera de sus campos de expansión, desde la arquitectura o la escultura hasta la narrativa, pero Carpentier supo convertir esa suntuosa herramienta en un instrumento de fascinación donde el lector quedaba largamente atrapado y particularmente fascinado. El perteneció a la misma raza que su compatriota Lezama Lima.

De joven, el escritor militó fervorosamente en grupos intelectuales que en Cuba se oponían a la dictadura de Machado, aliada del monocultivo azucarero. Esa resistencia juvenil enarboló una bandera de reafirmación de lo nacional, invocando esos valores culturales e históricos de un medio caribeño que Carpentier supo explorar y después exaltar en su obra, alzándose como uno de los redescubridores de esa realidad y como un antecedente insoslayable de la corriente que suele denominarse realismo mágico, donde los datos de la vida se cruzan con una infiltración de fantasía e imaginación torrentosa. En la producción de Carpentier deben mencionarse unos quince títulos mayores que se escalonan desde los años 30. Esa lista que lo convertiría en una referencia perdurable dentro del territorio literario del continente —y que en 1977 le permitió obtener el Premio Cervantes— incluye las novelas El reino de este mundo (1949), Los pasos perdidos (1953), El acoso (1956), El siglo de las luces (1962), El recurso del método (1974), Concierto barroco (1975) y La consagración de la primavera (1978), aunque la obra de Carpentier comprende asimismo otros relatos (La guerra del tiempo, El camino de Santiago, El derecho de asilo) entre los años 40 y los 60. Cuando la Revolución cubana se impone a comienzos de 1959, Carpentier integra la plana mayor como director de Publicaciones del Estado, cargo del cual pasaría a figurar como agregado cultural de la embajada de su país ante el gobierno francés. Se mantenía en esas funciones cuando murió en 1980, y pasó entonces a ser una de las vacas sagradas de las letras latinoamericanas del siglo que ya va a hacer cinco años que culminó.

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