GUILLERMO ZAPIOLA
La buena doctora ha vuelto. No en su mejor forma, tampoco en la peor. Los aficionados a la novela de misterio querrán echarle un vistazo a "Scarpetta", la más reciente novela de Patricia D. Cornwell que acaba de publicar Ediciones B.
Lo de "más reciente" se refiere, de todos modos, a la edición española. De hecho, Cornwell ha dado a conocer ya en inglés otras dos novelas dedicadas a la investigadora forense Kay Scarpetta (The Scarpetta factor, Post mortuary) que aún aguardan su traducción al castellano.
Scarpetta es la décimosexta novela de Cornwell protagonizada por la doctora, y los seguidores de la serie que no sean especialmente fanáticos (a éstos les va a parecer, como siempre, una obra maestra) van ha objetar con fundamento que la autora no ha logrado desprenderse aún de ciertos vicios que habían afeado algunas de las últimas entregas de una saga que en sus primeros títulos (Post mórtem, El cuerpo del delito, Extraño y cruel, Una muerte sin nombre, La granja de cuerpos, dos o tres más) había comenzado a un nivel realmente prometedor.
Los primeros libros de Cornwell sobre Scarpetta eran sólidas, compactas "novelas de procedimiento", concentradas en la investigación y narradas en primera persona por la protagonista, lo que acentuaba el grado de empatía del lector con el personaje y sus avatares. Las más recientes son por lo general más largas, más dispersas, con anécdotas cada vez más rocambolescas (los tres o cuatro libros en los que la doctora debió enfrentar a la siniestra familia Chardonne), contadas en tercera persona, a veces en tiempo presente y otras en pretérito indefinido (es el caso de esta última) por un narrador omnisciente, con más atención a las relaciones entre los personajes y menos a la intriga misma. Por ese camino, Cornwell pudo anotarse su único fracaso absoluto (La mosca de la muerte, literalmente una novela difícil de terminar), y viene proporcionando desde entonces unos cuantos libros medianos, unos mejores, otros peores, ninguno que pueda compararse con sus mejores antecedentes ni con los de los grandes del género (Chandler, MacDonald, Michael Connelly).
Es muy probable que a estas alturas Cornwell sea demasiado rica y famosa como para admitir un editor: sus libros mejorarían si alguien le cortara cosas. Scarpetta no escapa a esa objeción (son cuatrocientas ochenta y cuatro páginas que podrían ser trescientas cincuenta), pero incorpora elementos que hacen pensar que la autora intenta revitalizar la saga.
Uno de ellos es la comprobación de que ha vuelto a reunir a su equipo principal de investigadores luego de haberlos hecho pelearse hasta la humillación y la ruptura en algunos de los libros previos (La huella, Predator, o El libro de los muertos). Ha casado a la doctora con su viejo enamorado, el ex `profiler` del FBI y psicólogo forense Benton Wesley, ha comenzado a reconciliarla con el detective de homicidios Pete Marino tras el imperdonable comportamiento que este tuviera con ella (y que estuvo a punto de provocar la definitiva autodestrucción del hombre) en El libro de los muertos, y hasta parece dispuesta a concederle a la experta en helicópteros, genio en computadoras y lesbiana conflictiva Lucy Farinelli, la sobrina de Kay, algo parecido a cierto equilibrio (habrá que ver qué pasa en libros posteriores entre ella y la fiscal del distrito Jaime Berger, de todos modos; Lucy es como Ally McBeal: "denme una relación, y me la arreglaré para estropearla"). Dicho sea de paso; ¿alguien sabe qué pasó con el tumor benigno que Lucy tenía en la cabeza hace un par de libros? Había decidido no operarse, pero luego no se habló más del asunto.
Volvamos a la novela. Tarda en arrancar (sus primeras cien o ciento cincuenta páginas se pasean entre varios personajes y anécdotas aparentemente inconexas), pero luego las piezas comienzan a encajar. Hay una enana asesinada, otro personaje que forma parte de la "gente pequeña" que se convierte en el principal sospechoso y que solo acepta hablar si la doctora Kay lo escucha, un oscuro plan para desacreditar a la protagonista a través de una página web en Internet, algún otro crimen, y una revelación final acaso no tan impredecible.
En el camino, Cornwell despliega su conocimiento de las computadoras y las técnicas forenses (no es difícil sospechar que la autora se desdobla en la ficción en dos de sus personajes: es en parte Scarpetta y en parte Lucy), y se las arregla para que los tramos finales posean la dosis de suspenso que se espera de ella. Y por suerte no incurre en esos finales bruscos y contados por terceros que habían estropeado algunos de sus misterios anteriores. Algún hilo se le pierde por el camino, pero estamos lejos del caos narrativo de La mosca de la muerte.
Hay que suponer que Corn- well se encuentra hoy en una encrucijada como autora. La "fórmula Scarpetta" luce un tanto repetitiva, pero sus intentos de alejarse de ella (las novelas dedicadas al detective Win Garano) no han sido una alternativa demasiado feliz. Este libro sugiere que intenta mantener la saga atando algunos cabos y dejando otros para el futuro inmediato. Y acaso, también, volviendo a las fuentes: no es casual que su "Scarpetta 18", recién editado en inglés, se llame Post mortuary, estableciendo un claro vínculo con el Post mórtem que empezó todo.