MATÍAS CASTRO
Si el nombre de Michel Ocelot no es demasiado conocido en Uruguay, el de su más famosa creación sí lo es. "Kirikou y la hechicera", de 1998, lo consagró como un referente de la animación francesa. Y días atrás estuvo en Montevideo.
Ocelot, de 65 años, llegó para presentar Azur y Asmar, su última película, en el marco del festival de cine para niños Divercine. Con este film reafirma su preferencia por temas exóticos, ajenos al mundo europeo en el que vive. Si en Kirikou y su secuela de 2005 se enfocaba en tribus de África, con sus tradiciones y encantos particulares, con Azur y Asmar se traslada al mundo de Medio Oriente para contar una historia que parece tener un aire de Las mil y una noches.
"Antes de Kirikou no había muchas películas de animación en Francia", dice. "Luego de Kirikou, que tuvo mucho éxito, aparecieron muchos familiares en el mundo de la animación francesa. El éxito de esa película contribuyó a que hubieran más películas de animación". Si bien su comentario parece cargado de arrogancia, tiene más bien un tinte de orgullo por el logro, que no es exactamente lo mismo. En especial porque habla con humildad sobre el método de producción que empleó en Azur y Asmar: convirtiendo su propia casa en un estudio de animación. "Una película de animación es más compleja que tener un bebé", cuenta, y agrega que, mientras tenía el equipo instalado en su casa, llegaron a sacar las puertas y usarlas como mesas de dibujo.
"Una vez que terminamos el trabajo la casa volvió a ser un salón burgués", comenta y se ríe. "Pero para arrancar cualquier proyecto necesito estar solo en casa, trabajando, para hacer bien y tranquilo las cosas. Para algo como Azur y Asmar se necesita mucho dinero y mucho tiempo". Le tomó seis años. Por eso mismo se propone hacer un proceso más contenido y rápido para su próximo film.
Si bien Kirikou y la hechicera le dio una base económica importante para los siguientes proyectos, fue el gran giro en su carrera. La filmografía de Ocelot se puede rastrear hasta 1980, año en que estrenó Los tres inventores, un corto sobre los personajes del título, incomprendidos por la gente. De ahí en adelante siguieron unos cuantos títulos, incluyendo algunos para la televisión.
Se nota que Ocelot siente una gran pasión por lo que hace, porque disfruta al extenderse en explicaciones detalladas sobre el proceso de animación. Desde el guión, pasando por los diseños en dos y tres dimensiones, hasta los animáticos (secuencias de dibujos con voces grabadas, que sirven de borrador al film), explica todo.
Pero todo empieza en la intimidad de su casa. "Yo he sobrevivido con la animación pero es un milagro que nadie ha podido explicar" dice riéndose, "Igual, ser maestro de escuela es más seguro", remata. Su trabajo abrió unas cuantas puertas en Francia y en el extranjero. Y sigue haciéndolo.
Paisaje actual
"No estoy tan interesado en películas sino en autores nuevos, en artesanos", dice. Se refiere a la tanda de films de animación franceses que han surgido en los últimos años, como Arthur y los Minimoys, Persépolis, Las trillizas de Belleville y Kaena, la profetiza, entre otras. Ocelot dice que la tradición de editar historietas (historias en imágenes) es un factor que ha ayudado al proceso.