RUBEN LOZA AGUERREBERE
Fugaz, apenas unas horas en Montevideo. Así de centelleante fue la visita del nuevo director del Instituto Cervantes, el escritor y periodista español César Antonio Molina (La Coruña, 1952), pero igualmente se hizo el tiempo para comprar en una librería montevideana un ejemplar de la primera edición de Poeta en Nueva York de García Lorca.
Es un hombre ligado desde siempre a la cultura. También un gestor cultural. Su larga carrera por el periodismo le ha paseado por diversas revistas y periódicos, ha sido durante mucho tiempo director del Círculo de Bellas Artes y ha escrito más de treinta libros: fino poeta, agudo y erudito ensayista y narrador enjundioso, ahora mismo tiene, en espera, cuatro libros, con lo cual su ansiedad creadora se ha calmado un poco para permitirle desarrollar su amplio plan respecto del imprescindible impulso que reclama la lengua española, esperando duplicar el número de sus hablantes.
El autor de Finisterre y de, entre tantos, "Viajes imaginarios y reales", ha asumido hace cinco meses en el famoso Instituto Cervantes, donde ya va dejando su sello y al cual desea convertir en auténticas embajadas culturales en todo el mundo, pues, para el idioma español, éste ya ha dejado de ser "ancho y ajeno" (como la novela de Ciro Alegría).
—Tenemos un diploma de español en lengua extranjera —señala Molina— que es el diploma que en todo el mundo se otorga a todos los estudiantes de español en diferentes estratos. Ya lo hagan la Cervantes o en otras instituciones. Y bien, se examinan para obtener ese diploma. Al año son unos 100.000 en todo el mundo. Pero nuestra idea, ahora, es la de llegar a un acuerdo con las grandes universidades americanas para que, o bien bajo este nombre u otro que nos inventemos, podamos entregar este diploma de enseñanza del español como lengua extranjera. Es decir, un gran diploma, que nos agrupe a todos, y que sea el referente universal del aprendizaje de nuestra lengua.
—¿Ha realizado ya contactos en tal sentido?
—He realizado numerosas conversaciones con universidades hispanoamericanas Y tenemos una avanzadilla con la UNAM de México, que es nuestro gran aliado. Con ellos hemos firmado ya el protocolo que corresponde. Y, de nuestra parte, hay un grupo que estudia cómo se puede llevar adelante esta idea en cada lugar.
El director del Instituto Cervantes, entusiasmado con su idea, señala que tiene en mente "un diploma unitario" ¿De qué se trata?
—Por ejemplo, si alguien se examinara en Montevideo, tendría ese examen características especiales. Aquí hablarían diciendo "me pongo el saco"; no le llamaría la "chaqueta". En consecuencia, habría que realizar una especie de adaptación, en cada lugar, pero naturalmente bajo esa idea colectiva de todos nosotros.
—¿Qué lugar ocupa nuestra lengua hoy, en el mundo?
—Nuestra lengua es la segunda en comunicación. Y está creciendo a pasos agigantados. Una empresa, entonces, de estas dimensiones, con miles y miles de alumnos, para los cuales necesitamos miles y miles de profesores, debemos de hacerla entre todos. Es una obra común. Solos, no podemos. Necesitamos del aporte de todas las Academias de la Lengua española, de la Academia Filipina de Lengua Española, la Academia Norteamericana de la Lengua... En fin, la idea de una empresa común en la que todos debemos colaborar porque el idioma es de todos.
—Una idea que ha estado presente en su labor de gestor cultural, de periodista, de escritor.
—Sí, pues en esta idea he participado siempre, por donde he pasado, y tanto como periodista, como profesor universitario o director de instituciones culturales. Yo creo que tenemos un gran futuro. Un enorme futuro en nuestra lengua. La hablan más de 400 millones de personas, sin haber hecho nunca un gran esfuerzo por ella. Y, bueno, creo que ahora ha llegado la hora de hacerlo, porque podemos duplicar ese número en pocos años. Pienso que, al ritmo que vamos, para el año que viene tendremos los acuerdos con todos los países.
—¿Por qué Brasil es un caso tan singular?
—En Río, el idioma español es la segunda lengua. Y es obligatoria, naturalmente. Pero luego, para pasar a la universidad, se exige el examen en una lengua extranjera. El ejemplo al que me refiero es el siguiente. En los últimos años se ha dado semejante proporción: 28 mil han elegido el español, 18 mil el inglés y 800 el francés. Luego vienen el alemán, el italiano. Tenemos la mejor perspectiva del mundo. Se ha hecho muy poco por la difusión de nuestra lengua, y, ahora, que somos conscientes de eso, si nos ponemos de acuerdo entre todos, nos va a beneficiar muchísimo trabajar por nuestra lengua. Para que se hable desde la Patagonia hasta Canadá. Y en Asia... En China, por ejemplo, hay una editorial que sólo publica obras de autores en nuestra lengua, y ya han editado ejemplares de todas las obras de Cervantes. Es un desafío y una empresa común la que tenemos por delante.
—¿Cómo funciona y qué necesita el Instituto Cervantes?
—El Instituto Cervantes tiene el mismo número de funcionarios españoles que hispanoamericanos, repartidos en todo el mundo. Y aspiro a que llegue a tener, también, directores hispanoamericanos. Es el último escalón que nos falta y una de las prioridades que he establecido en mi programa.
Le pregunto de qué manera, desde hace cinco meses, la tarea que tiene como gestor cultural, influye en su quehacer de escritor. Y César Antonio Molina sonríe, tranquilo, porque tiene una carta en la manga.
—Tengo cuatro libros pendientes, para publicar, con lo cual la angustia creadora hasta por lo menos dentro de un año no se reanudará. Pero prosigo mi quehacer como periodista, puedo desarrollar esa faceta en forma paralela. Y tú lo sabes, los periodistas somos capaces de arar hasta en las piedras.
—¿Cuáles son los libros?
—Publicaré mis ensayos sobre poesía española y universal en un caudaloso ejemplar de casi mil páginas que se llama En honor de Hermes. Luego se publicará mi último libro de poemas, que se llama Banderas de oración. Después vendrá un libro de relatos, Fuga del amor, y para el otoño venidero una antología de mi poesía. Como verás, tengo una especie de tregua, con lo cual, reitero, mi angustia está detenida. Yo sigo escribiendo, naturalmente, y no he renunciado a eso nunca porque sería renunciar a mí mismo.