Tragos caros

Un amigo muy estimado y pensante, dijo una vez con tono de sentencia: "El niño que nunca se tragó un botón, no tuvo infancia". Me hubiese gustado que estuviera presente aún, en este mundo de los vivos (y de los vivillos), donde hay adultos que tragan cosas más importantes que un simple botón, cual si se tratara de una extensión de la niñez. No tendría más que confirmarlo leyendo "El País" del jueves 15 del corrienteen que, en el lugar habitual de la página de editoriales, mi querido Ruben Loza Aguerrebere ofrece en una de sus muy interesantes notas, una pincelada sobre la obra de Francis Scott Fitzgerald, para pasar a comentar un libro del notable autor ("Un diamante tan grande como el Ritz") que acaba de ser reeditado: el eje temático gira alrededor de una personalidad que, a medida que va desarrollándose, avanza en la búsqueda de una íntima revelación: descubrir la verdadera esencia de la riqueza singular por la que se deslizó su destino.

En la misma edición de nuestro diario (pág. 4-Internacional) se cuenta que tres ladrones salieron en noche de ronda por lujosos restaurantes de Madrid, para "hacerse la diaria". Se internaron en uno de los más famosos, pero no para consultar qué había en el menú, ni para cotejar precios con los de igual o parecida categoría, sino para operar, verbo que en la profesión que practican es sinónimo de robar. Pusieron su máxima atención en todos los movimientos que hacía una turista británica que lucía un hermosísimo diamante: con solo mirarse entre ellos, coincidieron en la intención. Actuaron con notable rapidez y despojaron a la dama de su alhaja, para huir sin dejar esperanzas sobre su captura: pero los agentes policiales que los persiguieron fueron más veloces, todavía, y lograron detenerlos en un control de carretera.

Revisados como corresponde hacerlo en estos casos, el diamante -valor 12.000 euros-no aparecía: hasta que uno de los integrantes del trío confesó, sin atorarse, que… ¡se lo había tragado! Increíble, pero cierto.

El asunto se transformó en objeto de investigación médica más que policial: el sujeto -bien sujetado- fue trasladado a una clínica, con la ilusión de que finalmente se sabría adónde fue a parar el diamante: le hicieron radiografías de frente, de costado, de adelante y de atrás, asumiendo ésta la mayor chance de dar con el misterioso destino… Pero, nada… Creo que no se quedaron cortos quienes le atendieron: se imponía, al menos, una colonoscopía…

Claro que esto representa una insignificancia si se le compara con una humorada que escribió nuestro compatriota Alfredo Mario Ferreiro, y tituló "El hombre que se comió un autobús". (Poemas con olor a nafta).

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