JORGE ABBONDANZA
Actualmente hay 725 sitios culturales en el mundo que figuran en la lista del Patrimonio de la Humanidad establecida por la Unesco. Allí aparece Colonia del Sacramento en medio de otros lugares sudamericanos como Machu Picchu, Cartagena de Indias o las cataratas del Iguazú. Claro que los más famosos son los europeos, desde El Escorial o el Coliseo hasta Versalles con su parque, Venecia con su laguna, el Kremlin con su Plaza Roja o la Acrópolis de Atenas. La Convención sobre Patrimonio Mundial fue firmada en 1972 y la suscribieron 188 países, pero en 2003 se creó también la Convención para la Salvaguarda del Patrimonio Cultural Inmaterial, con la intención de demostrar que los valores a preservar no son solamente piedras.
Entre esas riquezas inmateriales figuran cosas tan variadas como la gastronomía francesa, el Teatro de Títeres de Indonesia o el Ballet Real de Cambodia. En esas categorías están incluidas algunas tradiciones orales, oficios religiosos, músicas tradicionales y ritos sociales, sin impedirles que evolucionen con el paso del tiempo, aunque invitando al gobierno de cada país a comprometerse en esa tarea de preservación de sus mejores herencias. El riesgo que corren los valores patrimoniales es el de evaporarse o corromperse, pero también hay peligros que amenazan a los monumentos más célebres, como el fanatismo talibán que dinamitó los Budas gigantes de Bamiyán o los conflictos armados que pueden afectar a ciudades como Bagdad o Jerusalén. Entre esos riesgos figuran asimismo las catástrofes naturales, como la inundación de Florencia o el terremoto de Asís.
Pero allí cuentan además los robos, la contaminación ambiental, las invasiones militares, el desarrollo incontrolado o el turismo de masas, todo lo cual puede ser devastador, como el saqueo del Museo Arqueológico de Irak, los deterioros del Duomo de Milán, el crecimiento urbano que envuelve a las Pirámides de Egipto o los 200 hoteles que funcionan en torno a los templos de Angkor Wat, sin olvidar el diluvio de turistas que invade diariamente el Foro Romano o las ruinas faraónicas del Nilo. Más reconocidos que nunca, y probablemente más cuidados que en cualquier otro momento del pasado, los sitios patrimoniales no se salvan sin embargo de amenazas de todo tipo.
Entre esos riesgos debe contabilizarse la negligencia oficial, por culpa de regímenes inescrupulosos, autoridades distraídas o funcionarios ignorantes. Bajo ese peligro burocrático se han perdido muchos bienes preciosos, sin saltear -salvando las distancias- los que perdió Montevideo por culpa de demoliciones imperdonables (Mercado Central, Palacio Jackson, Bazar Colón) cometidas por culpa de una Intendencia Municipal irresponsable. Es útil recordarlo cuando se habla de otros patrimonios mayores, que no siempre están a salvo de los depredadores o los indiferentes.