GUILLERMO ZAPIOLA
Es una de esas películas "chicas", inteligentemente pensadas y bien actuadas que suelen tener dificultades para llegar a los grandes circuitos y terminan directo en DVD. Se llama "Leo", la dirige el debutante Mehdi Norowzian, y vale la pena verla.
Oficialmente es una coproducción entre Estados Unidos y el Reino Unido, aunque el talento involucrado es mayoritariamente británico (excepto algunas figuras destacadas en el elenco) y la ambientación es totalmente norteamericana, más específicamente, uno de los estados del Sur, donde la película fue rodada.
El film cuenta no una sino en realidad dos historias, separadas por un período de treinta años, que se entrecruzan a lo largo del relato y convergen al final. De entrada, un hombre (Joseph Fiennes) que ha purgado una condena de quince años de prisión por homicidio es puesto en libertad, y consigue trabajo en un local de comidas propiedad de un veterano de la localidad (Sam Shepard) y manejado por una camarera atractiva (Deborah Kara Unger).
La otra historia ocurre tres décadas atrás, e involucra a una esposa frustrada (Elizabeth Shue) que experimenta una serie de eventos salpicados de celos, engaños, venganza y tragedia. No es difícil adivinar que ambas líneas anecdóticas están vinculadas desde que el personaje de Fiennes narra la historia de un niño, y hay un niño que le escribe a un preso. No es difícil sospechar que el personaje de Fiennes es, a la vez, narrador y narrado, pero hay algunos puntos que tardan en aclararse y no corresponde adelantar más en una nota que va a ser leída por quienes aún no han visto la película.
No se sabe mucho del director Mehdi Norowzian excepto que tenía a sus espaldas una carrera de diez años haciendo comerciales en Gran Bretaña antes de ser candidato al Oscar en 1999 por su corto Killing Joe, que narraba la historia de un adolescente fascinado por la personalidad del presidente John F. Kennedy. De ahí saltó a este largo, el único que ha rodado hasta la fecha.
Norowzian y sus libretistas Massy y Amir Tadjedin llevan a cabo un buen trabajo a la hora de definir personajes, explorar sus emociones y planificar algunos enfrentamientos decisivos. La propia fuerza de los acontecimientos lleva al personaje de Fiennes a ocupar un espacio si se quiere periférico, aunque esencial a la hora de que el espectador se entere de ciertas cosas (y por supuesto, todo el final se apoya en él).
El mayor peso dramático recae sobre el personaje de Shue, que está realmente bien en el papel de esa mujer que ha dejado de lado una carrera académica para ocuparse de su pequeña hija, y a cierta altura recibe un feo golpe del Destino. La actriz despliega realmente un sutil juego interpretativo al servicio de ese personaje frustrado y resentido, para quien la presencia de su hijo constituye el permanente recuerdo de "lo que no fue" y aparece obsesionada por el empeño de recuperar una juventud perdida.
La película exhibe, en su conjunto, una serie de cualidades que no van a garantizarle el interés de los cazadores de emociones fuertes y grandes despliegues de espectacularidad, pero que ciertamente no resulta nada despreciable en su discreto "bajo perfil". Personajes que ocultan algunos secretos, relaciones al principio borrosas que se descubren de a poco, una pátina de cultura literaria muy "british" (al fin y al cabo, el personaje Leo es llamado así por Leopold Bloom, del Ulises de Joyce). Pese al empeño de esta nota en no decir ciertas cosas, hay algún giro dramático un poco obvio, y no todos los personajes secundarios (eso sí, encarnados por intérpretes casi siempre estimables) aparecen trabajados a fondo: la camarera de Unger, el benevolente Shepard, el malevolente Dennis Hopper (cliente del local de comidas y que opera como la contrafigura del anterior), admitían un mayor desarrollo que se queda empero a mitad de camino.
Sin embargo lo central (Shue, su hijo, su frustración) está bien, y el director lo refuerza con un agradable estilo visual que hace lamentar que la película no haya sido estrenada en cine: este es uno de esos casos en que la original pantalla ancha resulta más disfrutable en una sala que en la pantalla del televisor. Por esmerado que sea el traspaso a DVD. Una película atendible, bastante ignorada por crítica y público cuando tuvo lugar su lanzamiento anglosajón, pero que justifica que se le eche un vistazo.