HUGO GARCIA ROBLES
El genio de Rossini tiene facetas múltiples. Dotado precozmente para la música, algunas de sus composiciones provienen de edad muy temprana. Sus seis sonatas para cuerdas, composiciones de una musicalidad exquisita son obras de sus doce años. A los catorce compuso su ópera Demetrio y Polibio y La cambiale de matrimonio, estrenada en 1810 en el Teatro St.Moisè de Venecia, cuando tenía dieciocho.
Su obra más difundida, El barbero de Sevilla, es una verdadera maestra de la comicidad que merece la fama ganada, después de un estreno fallido. Su popularidad ha sido tan poderosa que desplazó totalmente la versión que Paisiello había compuesto sobre el mismo tema y que es una obra de indudable valor, aunque no pudo evidentemente competir con la de Rossini.
Pero en el abanico de composiciones es preciso señalar que el género de la "gran ópera" y con su grandeza dramática es una verdadera coronación de toda la carrera del autor.
Sin embargo tampoco las obras compuestas para la escena lírica, sean serias o bufas, son el único reducto de la genialidad rossiniana. También compuso música religiosa de real interés como su Stabat Mater y la Pequeña misa solemne, entre otras del mismo género.
De modo que la amplitud de su talento no conoció terrenos vedados, salvo las grandes formas sinfónicas.
Por otra parte, colmado de honores, resolvió retirarse y dedicar no menos de veinte años finales de su vida a disfrutar de los placeres de la mesa y de la composición de pequeñas obras en las que su humor se manifestaba tanto como su talento musical.
Durante toda su vida Rossini había sido un "bon vivant" que amaba los placeres de la buena mesa y esta inclinación no lo practicó solamente como comensal. De hecho muchas de las recetas que invocan su nombre son realmente creaciones suyas, como los canelones y los "tournedos" a la Rossini, recetas en las que su pasión por las trufas se abre camino.
Infinidad de anécdotas ilustran sobre esta disposición proclive a las artes de la cocina, conciliadas con su buen apetito y excelente paladar. Por ejemplo, su amigo el Barón Rotschild, productor de un famoso vino de Burdeos, le envió cierta vez racimos de uvas que provenían del viñedo responsable de sus reconocidos caldos bordeleses. Rossini, rápidamente, contestó al Barón, "no me gusta el vino en píldoras".
En todo caso, esta relación del músico con el cocinero, no hace sino reforzar lo que todos sabemos: que el universo de la cultura es uno solo y que la pasión gastronómica de Rossini no estaba necesariamente reñida con su equivalente entusiasmo por el mantel. No sería ma- la idea, reunir en un acontecimiento, las dos aristas de Rossini, el músico y el "chef".