JORGE ABBONDANZA
Las texturas han ocupado durante décadas un protagonismo dominante en los trabajos de julia vicente de estol, desde su etapa como ceramista en los años 60 y 70 hasta sus obras escultóricas con piedras en los 90. En lo que muestra ahora (instituto goethe, canelones 1524) y a través del partido que ella extrae de los materiales, surge la evidencia de su tenaz dedicación, un valor a señalar porque solamente a través de una frecuentación obstinada y constante es que puede depurarse un lenguaje personal. En este caso la artista contrapone dos elementos de calidad, de peso y de aspecto muy dispares, para jugar con esos extremos y confrontarlos de manera que cada uno de ellos destaque al opuesto. Por un lado están los delgados paneles sobre el muro y por otro lado las formas rotundas en el espacio.
expresión. En el primer caso se trata de varias membranas de látex de notable levedad, que la artista rasga o arquea, agregándoles superficies rugosas o eruptivas y logrando en todos los casos una rica sensación táctil junto a la sutileza de las sombras que recorren esas planchas ondulantes, casi aéreas, apenas separadas del soporte que las respalda para el colgado. El arenoso tonalismo que recubre las piezas ayuda a destacar el labrado minucioso de las superficies y otorga a la serie un despojamiento de intencionada severidad. La expositora ya había trabajado con un material ligeramente traslúcido como éste en una de sus muestras en la Cátedra Alicia Goyena y el resultado era sugestivo, aunque ahora la manera en que interviene sobre él ha ganado en interés y en expresividad.
Lo que se opone a la hilera de esas películas discretas y casi ingrávidas, es el pesado dramatismo de varias piedras agrupadas en el suelo, cuya aspereza exterior dialoga con la tersura cristalina de la materia que asoma por algunas grietas y bocas de esas formaciones naturales. La tensión visual entre la flotante ligereza de los paneles y la reciedumbre del grupo rocoso, vigoriza la instalación como si produjera fricciones, mientras delata el meditado cálculo con que Estol recurre a ciertos materiales e indica el rigor selectivo del curador que operó en el caso.
Claro que esos atractivos rendirían mucho mejor en un espacio menos precario que el del sector para exposiciones del Instituto Goethe, cuyas limitaciones condicionan seriamente los alcances formales y el desahogo físico que requiere un montaje.