Quedó abierta en el Museo Nacional de Artes Visuales una exposición en homenaje al pintor Clarel Neme (1928-2004) que permite reencontrarse con su notable producción artística.
Neme fue un hombre metódico, de manera que su pintura está resuelta con la pulcritud de una pincelada académica, enemiga de todo alarde pero dueña del aplomo que solo permite la maestría. Ese sello alejado de todo dramatismo, pero aliado de la agudeza y del aire burlón, reprodujo lo que era el propio artista en su manera de encarar la vida. Por eso optó por el ojo crítico con que su obra supo bromear sobre muchos rasgos de la sociedad humana, como la glotonería o la simulación, deteniéndose a observar la falsa idealización de la belleza femenina, la ridiculez de ciertas apariencias, o el aleteo angelical de algunas conductas a las que satirizó sutilmente. Pudo plasmar a unos músicos callejeros como efigie algo desvalida del arte en este mundo, o parodiar a la concurrencia de una boda o a los invitados de un vernissage, ribeteándolos de humor sin apartarse de su transparencia real.
En el hipertrofiado volumen con que resaltaba las siluetas y en su ocasional desborde de adiposidades, se observó más de una vez su parentesco con el colombiano Fernando Botero, a cuya humanidad de criaturas infladas se acercó con su abordaje sarcástico. Pero sin embargo hay una diferencia nada menor entre ambos enfoques. Mientras Botero es más caricatural y exteriormente espectacular en su manipulación del grotesco, Neme es de mano más leve y hasta más perversa en la ilustración del sobrepeso como reflejo de otros excesos y hartazgos. Allí la fauna del pintor uruguayo figura como una de las herramientas con que ironizó sobre las obsesiones, los apetitos y provechos de una realidad donde no todo es lo que parece, los valores no siempre están en el sitio debido, la apariencia no siempre respeta el decoro y la gente no muestra a menudo su mejor semblante.
Un relámpago de lo que era Neme en persona, puede descubrirse en la sonrisa solapada con que su pintura retrata el mundo. Es la misma mirada, un poco risueña pero cautelosa y ante todo sagaz, que él echaba sobre lo que ocurría a su alrededor y con la que juzgaba la conducta de la gente, haciéndola pasar por su filtro mordaz. La obra que produjo fue de corte social, poblada como está por una numerosa presencia humana ubicada en un escenario reconocible. Ese agrupamiento está pensado para multiplicar los filos del humor, deslizándolo como un hilo que pasa entre las figuras y hace circular la corriente de ironía. El hombre que manejó esos instrumentos había nacido en Rivera en 1928 pero se afincó en Montevideo desde su juventud. Asistió durante cinco años a la Escuela Nacional de Bellas Artes y obtuvo luego la beca Carlos María Herrera con la que viajó a Europa en 1962. El contacto con maestros de la pintura universal le produjo lo que él mismo calificó de "conmoción", cuyo reflejo sería la modalidad que desplegó en las cuatro décadas posteriores.
Neme realizó exposiciones individuales desde 1966 en varios espacios montevideanos y sobre todo en la galería Karlen Gugelmeier, con cuya directora Alicia Karlen estableció una alianza (primero matrimonial, luego profesional) que acompañaría casi toda su trayectoria. A mediados de los `90, Neme ya figuraba en una plana mayor de la plástica uruguaya y fue convocado para la primera edición del Premio Figari, instituido en 1995 por el Banco Central para recompensar el conjunto de una carrera. Allí compareció junto a Amalia Nieto, Jorge Damiani, Juan Storm y Américo Spósito, quedando inscripto en el renglón de los artistas consagrados.
Ahora a este pintor, que murió hace nueve años, le ocurre lo mejor que puede pasarle a un creador: perdurar intacto a través de su obra, para que amigos y admiradores se reúnan en torno a su trabajo, que es la parte de Clarel que sigue más viva por encima del recuerdo, la estima profesional y el afecto.