Pilobolus dejó su huella en Montevideo

Belleza. La compañía norteamericana de danza deslumbró con su lenguaje y su técnica

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CARLOS REYES

El escenario mayor del Teatro Solís fue protagonista de uno de los grandes espectáculos de danza contemporánea que están llegando a Montevideo: "Pilobolus". El grupo es de un nivel equiparable a las compañías Cisne Negro o Corpo, de Brasil.

La agrupación norteamericana exhibió en las dos funciones que dio en el Solís (la primera el martes último, organizada por el Centro Cultural de Música, y la segunda ayer, para público en general), un nivel técnico tan asombroso como el de las mejores compañías brasileñas, que son un parámetro en ese terreno. Además, a eso agregó un lenguaje directo, aunque cargado de sugerencias, que la hace accesible a un público mucho más amplio, incluso a aquel que no asiste con frecuencia a espectáculos de danza contemporánea.

Eso lo logra por medio de, por lo menos, dos elementos. Por un lado, la acrobacia, que seduce a un rango muy grande de espectadores, aun aquellos que no tienen la menor formación estética. Por otro, a través de técnicas vinculadas al antiguo teatro de variedades, que también atrapan a todo tipo de público, como las sombras chinas.

La buena danza y los efectos de alto impacto fueron juntos desde el primer número. Dos mujeres desproporcionadamente altas (los juegos de escala son otra característica de Pilobolus), vestidas de época, bailan unas danzas extrañas, hasta que de sus vestidos asoman dos bailarines, que interactúan con ellas en una dinámica cargada de sentidos.

Dos hombres desnudos, de cuerpos perfectos, completan el cuadro, exhibiendo un conjunto de sentidos que mezcla lo elegante y antiguo de los modales y los vestuarios, con las formas quebradas y absurdas de los movimientos. Lo deforme y lo armónico configuran un mensaje onírico, cargado de simbología, que se completa cuando los cuatro bailarines se instalan bajo los vestidos de la protagonistas femeninas.

Más allá de la belleza de los movimientos, y de la originalidad en la concepción general de la coreografía, los sentidos de esta primera parte son muchos y cargados de psicología.

Todo lo que significa una mujer cuya parte inferior está armada con un hombre. Y todo lo que puede interpretarse de dos hombres volviendo a la base de esa bailarina gigante. Las posibilidades de un análisis psicoanalítico son enormes, y en esa dirección (y salvando las distancias técnicas), este y otros cuadros de la compañía norteamericana recuerdan al grupo argentino El Descueve.

El segundo número, The Transformation, es de 2009 y por lo tanto, fue concebido tres décadas después del primer número, de 1975. Y la diferencia de lenguajes es evidente. En esta segunda coreografía el uso de sombras chinas permite un nivel de fantasía (y de absurdo) mucho mayor. La sombra de una bailarina se recorta junto al piso, sobre el foro del escenario. De pronto, una mano gigante irrumpe en escena. El sentido freudiano del cuadro es magnífico, y al mismo tiempo los efectos de humor son muy efectivos.

El juego de transformaciones precipita los sentidos y la comicidad. La mujer pierde la cabeza. Luego se transforma en un perro, que curiosamente conserva la trenza de la intérprete. El perro saca la lengua, y da la pata, mientras el partenaire va cambiando de tamaños, según la proyección de su imagen. El remate es genial: la bailarina, con cabeza de perro, se va con el bailarín, llevando un paquetito al hombro. La comicidad y la poesía en un gran cuadro de pantomima de unos cinco minutos.

La última coreografía de la primera parte (Duet, de 1992) deja los grandes efectos de lado para abordar un lenguaje más técnico, que trabaja con los pesos y contrapesos de las bailarinas. La historia también está cargada de significados: dos mujeres se profesan un cariño que se convierte en lucha, todo eso expresado a través del peso físico de cada intérprete y cómo asimila el peso del partenaire.

Luego del intervalo, dos cartas fuertes cerraron el espectáculo. Primero, Hapless Hooligan in "Still Moving", fue el más largo del show y el que ofreció mayor despliegue tecnológico. Mezclando dibujos, proyecciones, elementos del cómic y danza, los bailarines interactúan con las imágenes, con una sincronización muy precisa.

Gags de cine mudo, escenas veloces, y mucho humor se conjugan al presentar un tríptico con mucho movimiento, que llega a desbordar la capacidad de fijar detalles del espectador, que termina eligiendo qué mirar. Un hombre se encierra en un par de líneas negras -porque los bailarines y el dibujo entran en un mismo código-, hasta que esa protección se convierte en encierro. Así, durante casi media hora, las imágenes se suceden en una catarata de sentidos.

Una coreografía con música electrónica cierra el show. Redline, de 2009, ofrece un cuarto de hora de movimientos rápidos, violentos, en un despliegue de energía poco común de ver, que contrasta con el tono onírico y sensual con que abrió el espectáculo. Renglón aparte ocupa la música de todo el show, así como las luces, que forman un todo. En suma, Pilobolus dejó una huella en Montevideo, además de haber dictado un taller para profesionales.

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