Pavarotti y Discépolo: el Gordo y el Flaco

REBAR

BUENOS DIAS

Nadie puede discutirle a "Discepolín" la hazaña de resumir, en apenas tres minutos de tanto, todo un grueso volumen de filosofía. Recuerden aquel pasaje de Yira... Yira: "Cuando manyés que a tu lado/ se prueban la ropa/ que vas a dejar". ¡Qué gran verdad!... El tipo -podría haber dicho Wimpi- olfatea la despedida definitiva del pariente o el amigo y, como al descuido, echa un vistazo por la habitación del moribundo para ver qué pilchas pueden servirle. Algo parecido está ocurriendo con "la Operación Herencia" de Luciano Pavarotti. Al gordo le fue muy bien con el negocio del "bel canto": por cada aria cobraba más que yo en setenta años de andar entre diferentes yugos. Dejó, en números redondos, doscientos millones de euros, para que sus herederas reconozcan -sin sentir celos por Medea, Norma, Gioconda, Mimí, Violetta, Aída, Fedora, Gilda y demás mujeres a quienes adoró en los altares de la lírica mundial- cuánto sudó, empapando miles de pañuelos "Hermes" a 700 dólares la unidad. Con tan tremenda donación, el testamento se alza cual gigantesco muro construido únicamente con billetes, en medio de dos familias Pavarotti: la primera se fundó en 1960, cuando Adua Veronesi le retribuyó el DO de pecho que más aplaudió el mundo de los operómanos, con un SI enamorado. Sobrevino un trío de "chancletas" -Lorenza, Cristina y Giuliana- que conformaron con "la mamma" un cuarteto que, para Luciano, al andar del tiempo fue tornándose más complicado que el de "Rigoletto". Así se llegó a la "Separatta", en versión libre para tenor, tan libre que el hombre de la casa se emancipó y cambió de escenario, aunque abonando cien millones de euros por la mudanza, que la desairada Adua cobró en nombre suyo y con rebote en las descendientes, un método de consuelo que suele funcionar en grupos familiares distinguidos por su aromonía. Madre e hijas mantuvieron una relativa calma ante el segundo casamiento del cantante, con una mujer treinta años menor que él -Nicoletta Mantovani- a la sazón su secretaria y anexos, que a partir de entonces cambió esa función por la de administradora de todos los trinos del Emperador de la Ópera. Al enfermar éste gravemente a principios de año, Nicoletta -que no hace honor a su nombre de muñeca y tiende a parecerse a "Betty la fea"- se afirmó en los estribos y comenzó a varear en la pista del testamento... pero, no contó con la astucia de las anotadas para la competencia. Frente al previsible y lamentable desenlace del mal que aquejaba a Pavarotti, las damas de aquel cuarteto fueron acomodándose en las gateras esperando que sonara la campana de largada: la que sonó, realmente, fue la campana de llegada al cementerio de Módena... donde se inició una formidable carrera tras la victoria en el Clásico Gran Legado. En modificaciones introducidas en su testamento poco antes de morir, Luciano ubicó en un nutrido marcador a sus hijas del primer matrimonio, a su hermana Gabriella, a sus sobrinos, y hasta a un selecto grupo de amigos. De Nicoletta no se sabe si rodó al doblar el codo final, o si viene de lengua afuera y como vulgar matunga, en el fondo del lote.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar