JORGE ABBONDANZA
Hace mucho tiempo que una película no sirve un banquete de actuaciones femeninas como el de Pasión al atardecer, donde las viejas glorias (Vanessa Redgrave, Glenn Close, Meryl Streep, Eileen Atkins) se codean con jóvenes colegas (Claide Danes, Toni Collette, Natasha Richardson, Mamie Gummer), con la curiosidad adicional de que Richardson es la hija de Vanessa y Gummer es la hija de Meryl en la vida real. No todo queda en familia, sin embargo, porque conviene que tome estado público el rendimiento de esa tropa femenina. Las jóvenes están muy bien, en particular la camaleónica Collette, pero el verdadero espectáculo son las mayores.
Glenn Close compone a una matriarca de clase alta de los años 50, que domina con veladas sonrisas el cuadro doméstico en su caserón de Newport. El gran momento llega cuando se produce una inesperada tragedia, porque allí la actriz lanza unos aullidos que resuenan como los de una fiera. A ella siempre le gusta tener su pezzo di bravura, pero esa escena permite recordar otro de los picos de su carrera, que era la agonía de la reina en el final del Hamlet de Zeffirelli. Nadie consigue descomponerse como lo hace ella en esas culminaciones.
Meryl Streep es la mejor amiga de la protagonista, que al cabo de toda una vida se reencuentra con ella en una de las últimas escenas. Ambas están achacosas y Meryl no sólo coloca su máscara ya marchita sino el pesado desplazamiento con que sube y baja una escalera, como corresponde a esa edad. Durante el diálogo reservado y memorioso con la antigua amiga, su cara refleja toda la fatiga de recuerdos que no sólo resultan tristes sino también muy lejanos. El velo de esa distancia se transparenta en los gestos de resignación y la levísima ironía con que evoca algún amor que ha quedado tan atrás.
Sin embargo Vanessa Redgrave es la que aporta un prodigio en medio del elenco. Compone a la madre moribunda a partir de la cual este relato retrocede en el tiempo, para recrear episodios de juventud de media docena de personajes cuyas vidas estuvieron enlazadas aunque luego se dispersaron. Postrada en su cama y a medio camino entre la realidad y los delirios de su grave estado, Vanessa logra la maravilla de transmitir emociones apenas visibles, desde la mirada que se entorna para atraer los datos de una memoria casi borrada, hasta la boca que se entreabre para comenzar a decir algo que no llegará a escucharse. En el medio tono de ese umbral de la muerte, con gesto casi letárgico, la actriz revive de todos modos la alegría casi evaporada de un amor perdido que la ha acompañado por dentro a través del tiempo. En el diálogo final con Meryl Streep, ambas con la cabeza apoyada en la almohada, esa camaradería recuperada alcanza su intimidad más conmovedora.
Las señoras de ese reparto tienen un doble apoyo. Ante todo un libreto donde colaboran la autora de la novela original y el prestigioso Michael Cunningham, que antes había escrito Las horas. El otro respaldo es la dirección del húngaro Lajos Koltai (el fotógrafo de Encuentro con Venus) que seguramente fue el primer testigo deslumbrado ante el nivel que alcanzan las actrices bajo su cuidadosa batuta. Quien no haya visto Pasión al atardecer, y disfrute con las grandes labores, debe apresurarse a remediar esa omisión.