GUSTAVO LABORDE
El viernes se estrena Alma Mater, la segunda película del director uruguayo Alvaro Buela. Luego de ocho años de su celebrado debut con Una forma de bailar, el otrora crítico cinematográfico y ahora realizador regresa con un film que indaga en el fenómeno religioso en el marco de un país que gusta de verse a sí mismo como laico. Definida como una "historia iluminada" o una "fábula en tiempos de crisis", la película cuenta con la actuación protagónica de Roxana Blanco y las participaciones de Nicolás Becerra, Walter Reyno, Humberto de Vargas, Beatriz Massons y del actor brasileño Werner Schünemann.
—¿Cuál es el nudo argumental del film?
—El argumento es importante, pero en este caso diría que es una suerte de excusa para otras búsquedas, que tienen que ver con el lenguaje, la estructura, la forma, el relato y sobre todo con la atmósfera. La historia es sobre una mujer que va de un punto al otro, en ese sentido es un relato clásico. Lo que sucede que lo que ocurre en el medio tiene elementos provocadores, absurdos o incluso fantásticos. Digamos que lo que me interesó fue fusionar géneros, ideas e incluso personajes para hacer con eso un caldo de cultivo desde el cual pudiera generar otras cosas. El argumento es sencillo: Pamela es una mujer de 34 años, cajera de un supermercado y devota de una de estas nuevas iglesias. En determinado momento, ella empieza a recibir señales de un supuesto futuro maravilloso. Si esas señales son reales o maravillosas nunca queda claro. Lo que importa es meternos en la cabeza de esa mujer que puede ser una trastornada o realmente una iluminada. Acaso allí esté la pregunta de la película, el tema es saber, en el fenómeno místico, en el fundamentalismo religioso, dónde está lo auténtico y dónde la locura, aunque también habría que preguntarse por qué no va a ser auténtica la locura. Y hay algo de provocador en el hecho de poner como protagonista a una devota, a una creyente, en un país que se dice ateo. Creo es una forma de explorar ese imaginario, que creo falso o caduco, de cómo el país se mira a sí mismo.
—Su primer película, Una forma de bailar, fue muy celebrada por la crítica porque no tenía otra pretensión que la de contar una historia. ¿En esta tomó más riesgos, se planteó desafíos más altos?
—Totalmente. En Una forma de bailar la anécdota era importante, el guión era importante. En esta el guión fue una guía para algo que se iba a construir en la puesta en escena, en el encuadre, en la música, en la producción, en el ritmo, en el manejo de los tiempos. Yo creo que dentro de Alma mater está Una forma de bailar. No es contradictoria. Me parece que estoy más yo, en esa convivencia de la alta cultura y la cultura popular. Alma mater es una confluencia de los sobrenatural y lo natural sin contradicciones. Fusiona géneros, fusiona códigos, cosas que a veces se ven como excluyentes y que en mi cabeza no lo son.
—¿En qué espectador pensó al momento de hacer la película?
—En mí, totalmente.
—Es válido entonces eso de que hizo la película que le hubiera gustado ver.
—Hice la película uruguaya que me hubiera gustado ver. Porque es una película hecha para acá, para Uruguay. Sólo pudo haber sido hecha acá, y ahora. Las preguntas que se hace esta película tienen que ver con el momento actual. Las preguntas que se hacía Una forma de bailar eran otras. Aquella fue una película en la que sanee los conflictos y los traumas que había entre el cine que se hacía en ese momento y el espectador. Bueno, una vez saneado eso creo que estamos todos, espectadores y realizadores, un poco más aptos para contar otras cosas. Lo que me interesa es contribuir al enriquecimiento y no al empobrecimiento de esa esencia uruguaya tan preocupante para mucha gente.
—¿En verdad existe tal empobrecimiento?
—Hay un empobrecimiento del discurso sobre el Uruguay. Desde el momento que el director de Cultura de la Intendencia de Montevideo dice que Montevideo es el barrio, y que lo único que le interesa es el barrio hay un discurso retrógrado y retardatario. Miremos el barrio, pero miremos el mundo. ¿Hasta cuándo vamos a seguir aislados? Uruguay es mucho más que Maracaná, el 50 y esas otras boludeces que configuran un folklore reduccionista. Dejémosnos de vivir del folklore
—¿Cuál es su vinculo con los fenómenos religiosos o espirituales?
—Ninguno. Pero hay preguntas que me obligaron a hacer una forma fílmica en la que hay determinados elementos y determinados protagonistas con los que me interesaba fascinar al espectador, llevarlo por caminos inseguros para su razonamiento y preconceptos. Lo que me interesa es la fusión de cosas que en la realidad las presuponemos, pero que en la película no están presupuestas. De hecho, conviven, y conviven porque ese mundo está construido para que convivan. Lo que los vuelve contradictorios es la cultura, no la vida.
—Uno de los protagonistas del film es un travesti. ¿Qué papel juega?
—Katia es una suerte de guía espiritual de la protagonista hacia su femeneidad. Es quien la impulsa a aceptar su destino maravilloso. Son dos cosas que me interesaba mucho plantear. Me interesaba crear ese frágil equilibrio entre todas estas cosas, ideas, formas y códigos, de manera que pudieran convivir en este universo. Esa es la creación, juntar cosas que antes estaban separadas.
—¿Tuvo miedo de ser demasiado pretencioso en el planteo?
—Totalmente. En el diario de rodaje muchas veces me pregunto si no estaré cayendo en el ridículo, si no me estaré pasando de rosca y cómo hago para transmitir al espectador un sentimiento al mismo tiempo muy abstracto y vivo para la protagonista. Ahí tuve que recurrir a todas mis reservas culturales, porque no se excluye nada, en especial no se excluye nada del cine, porque nada del cine me es ajeno: desde la clase B hasta lo más culto, pasando por lo bizarro, Lynch o Bergman.
—Hay muchos casos de críticos cinematográficos que en un momento determinado decidieron ponerse una cámara al hombro. ¿Pero en su caso, cómo lidia con el crítico que convive con el director? ¿Estuvo el crítico mirando todo el tiempo por sobre el hombro del creador?
—Yo me preguntaría dónde estaba el creador cuando era crítico. Cuando yo ejercía la crítica, trataba de no trabajar el texto de una manera no administrativa, lo que no quiere decir que siempre lo lograra. Lo que sí me dio el trabajo de periodista y de crítico, es el rigor y el respeto en el manejo del material. Si escojo tal encuadre, no está hecho al azar. Yo no soy un animal técnico, no sé mucho sobre todos los chiches de la cámara. Sé qué es lo que quiero, la profundidad de campo y las cosas que quiero que estén en foco, porque hay mucha reflexión sobre eso. Y he logrado que el crítico y el creador convivan, porque tanto el crítico como el creador tienen la misma raíz, que es la del espectador.
—¿Es una película para críticos?
—No, al contrario. Es una película que no excluye a nadie. Y no sólo no excluye, sino que deja en libertad al espectador. Tiene muchos niveles de lectura y va a depender de tu bagaje cultural para leer una cosa u otra. Es una película para la gente, y cuanto más querés atraparla, más se te escapa. Creo que cuando creés que entendés el juego, la película hace un vuelco y cambia el sentido. Pero no hice una película referencial, porque el cine se ha vuelto muy referencial, lo que me molesta mucho. No me gusta que una obra se pueda leer únicamente como el refrito de un conjunto de ideas de otros. Es una forma de romper lo más puro y bestial del arte. El arte, si es referencial se domestica.
—¿Cómo se va a bancar la crítica?
—Ya me lo han preguntado y voy a contestar lo mismo. Me banco cualquier cosa de gente que la haya visto. Lo que no me bancaría es la mecánica perversa del rumor ni que la acusen de algo que la película no es. Que el crítico se enfrente a la película, y a partir de ahí, que haga todas las críticas que quiera. El crítico tiene que ir hacia la película, no la tiene que traer hacia sus propias concepciones. Pero creo que a esta película no podés destrozarla fácilmente, porque te pone en aprietos. Tiene algo incontrolable. La película te pone en un terreno que no conocés, te va llevando hacia algo, como sin avisarte. Por eso, espero que el crítico responda a su honestidad intelectual. La gente va a sentir lo que tenga o lo que quiera sentir.
El crítico que se puso la cámara al hombro
Alvaro Buela nació en Durazno, en 1961. Si bien se recibió de psicólogo, nunca ejerció esa profesión, al menos formalmente. Se inició en el periodismo publicando ensayos en revistas alternativas como Smog o académicas como Relaciones, y también fue cronista cultural (en especial del área cinematográfica) de los semanarios Aquí y 20/21, del mensuario Punto y Aparte y del diario La República. En 1990 comenzó a colaborar en El País Cultural (fue incluso corresponsal desde Estados Unidos, en 1992), hasta que en 1994 ingresó al equipo coordinador de este suplemento de los viernes. Su obsesiva pasión por el cine, lo llevó a fundar la revista M Cine, junto a Fernando Martín Peña y Christian Kupchik, que duró seis números. También impulsó el festival cinematográfico de Cine Bizarro, donde se exhibían films que de otra manera nunca se hubieran visto en el país. Actualmente, Alvaro Buela se desempeña como docente y coordinador académico del área audiovisual de la Universidad ORT.
Como creador también publicó la novela breve Alka-Seltzer en 1993. Con un capítulo de una novela aún inédita (Frío y naranja) figura en la antología La cara oculta de la luna.
Debutó en cine con la película Una forma de bailar, ganadora del concurso del Fondo Nacional para el Fomento Audiovisual (FONA, en 1996), que se estrenara en 1997. Esta película, realizada en video, contó con las actuaciones de Leonardo Lorenzo, María Elena Pérez, Diego Wajner, Susana Castro, Alejandra Wolf, Luis Orpi y hasta Cristina García Banegas y su coro De Profundis.
Alma Mater, que se estrena esta semana, fue seleccionada por el Festival de San Sebastián en la sección Nuevos Horizontes. Luego será exhibida en una muestra de Casa de América en Madrid. También será presentada en competencia en el Festival de Biarritz, en Francia y más tarde irá al Festival de Rio de Janeiro, de Brasil. El film cuenta con la música de Silvia Meyer (que incluso termina cantando a dúo con Roxana Blanco), y temas de Maximiliano Angelieri y el grupo Ojos del Cielo. En breve, el sello Bizarro editará en disco la música de este film.