ENTREVISTA
Radicado en Buenos Aires hace décadas, vuelve a Montevideo a presentarse con su trío en Sala Camacuá este viernes 4
Lo primero que hace Daniel Maza -el bajista y compositor cerrense radicado hace décadas en Argentina- cuando vuelve a su Montevideo es comerse un masini; es así de uruguayo. Eso también está en su música que parte del candombe para terminar en otros ritmos. Ya se debe haber comido ese masini porque este viernes actúa en Sala Camacuá acompañado por su trío (con Fabián Miodownik y Alejandro Luzardo) y los que conocen su música saben que eso es un acontecimiento. Entradas en RedTickets. Hay que ir.
—¿Cómo eligió el bajo?
—El bajo me eligió a mi. Armamos en el Cerro un grupo al que le pusimos Stone Group. Hacíamos candombe, así que los vecinos empezaron con “déjense de cosas raras cómo le van a poner ese nombre”. Y tenían razón así que le pusimos Grupo Piedra y tocábamos en unos concursos que se hacían en el Teatro de Verano. Nosotros queríamos tocar y qué hacían los organizadores: cuánto más gente llevabas, ganabas, no importaba si tocabas bien o mal. Éramos muy queridos allá en el barrio y llevábamos dos camiones de gente que se llevaban refuerzos de mortadela, el mate, bizcochuelos. Era una fiesta y todo el mundo iba y pagaba la entrada. Igual perdimos. Cuando armamos el grupo Pancho, el hijo de Carmelo, y mi primo, el Rudy, tocábamos la guitarra. Y nadie quería tocar el bajo, así que a mi se me ocurrió hacer un sorteo y el que perdía tocaba el bajo sin pataleo. Perdí yo y empecé a tocar el bajo con una guitarra, hasta que un día me dijeron que me comprara un bajo. Eran caros pero mi madre me compró uno en 36 cuotas.
—¿Qué tipo de persona es un bajista?
—Por lo regular, son tipos más callados, están en un rincón mirando qué pasa con todo el grupos. Es el que primero se enamora de la cantante y el primero que echan del grupo.
—¿Cuál era la música del Cerro?
—Yo escuchaba mucho Totem, Los Delfines, Días de blues pero también me gustaban Zitarrosa y Los Olimareños. Cosas de salsa de Ray Barreto, Tito Puente. Conseguíamos discos que ni sé de dónde los sacábamos y nos poníamos en una esquina con un amplificador que había armado el Mono Castillo que era re-inteligente. En el Cerro pasaba un turco con un camión gigante cargado de electrodomésticos que los vendía a crédito. Mi padre había comprado un combinado estereofónico automático General Electric. Escuchaban música todo el día. Un día papá le regaló a mamá un disco de Nat King Cole pero mi vieja quería el que cantaba en español pero se equivocó y le trajo el del trío de jazz. Mi viejo quería devolverlo pero yo le pedí para escucharlo y se me voló la cabeza. Salí corriendo a lo de mis primos y les dije: “escuchen, este tipo toca lo mismo pero todo cambiado”. Estaba improvisando, claro, pero para nosotros era una cosa rarísima.
—¿Y cuál fue el primer bajista que lo marcó?
—Con Jaco Pastorius se pudrió todo. Tocaba armónicos, improvisaba con el bajo. Era de otro planeta. Ni siquiera me daba para ponerme a sacar cosas de él. Y escuchaba a Lobito Lagarde.
—¿Hay una forma nacional de tocar el bajo?
—Lo distinto es que nos criamos escuchando candombe así que siempre intentamos meterle un poco de eso. Todo lo que compongo siempre me sale en candombe y después le voy probando otras ropas a las canciones, les cambió el ritmo. Pero todo es candombero. Y eso es lo que me identifica.
—Usted ha trabajado con mucha gente importante. ¿Qué es lo que buscan de usted?
—Trato de hacer lo mejor que puedo, sin pretensión y manteniendo mi lugar. Y desde dar lo mejor que pueda para la música de ese artista y que lo enriquezca. Siempre ha sido así ya sea trabajando con Larry Carlton o con la primera artista conocida con la que trabajé en Argentina, Ramona Galarza. Siempre trato de hacer lo mejor posible: porque soy así y para que me llamen de vuelta.
—¿Cuál es su discurso de bienvenida a sus alumnos?
—Lo primero que hablamos es del entorno. Yo lo veo así: si uno se compra un taxi y lleva solo rubios se le va a cortar bastante el trabajo. Y lo mismo me va a pasar si solo sé tocar, digamos rock. Hay que saber tocar todo. Y lo otro es que a pesar de que hay músicos que vienen con todo el talento, es una de las profesiones en las que nunca se termina de estudiar. Yo me levanto a las seis, siete de la mañana, salgo a caminar, vuelvo, me preparo un mate y me encierro a estudiar hasta el mediodía. Componiendo, estudiando, haciendo ejercicios.
—¿Qué se verá en la Camacuá?
—Vamos a tocar algunos temas de los míos y del Ale (Alejandro Luzardo), un capo de la música uruguaya. supercompleto y al que la música lo vuelve loco: me encanta ver cómo lo disfruta. Con el Sapo (Fabián Miodovni) hace 10 años que venimos tocando y nos miramos y ya sabemos qué va a pasar: desde si va a ser una buena noche o no hasta ver que el músico que está con nosotros se toca todo y vamos a estar felices. Estoy supercontento.
—¿Qué es lo primero que hace cuando vuelve a Montevideo?
—Comerme un massini a la hora que sea.